La vida de los sueños

Hacía mucho que no me despertaba al alba. Escuchar como se van levantando los grillos y ver como desaparecen las últimas estrellas. La ciudad está tranquila, como si no tuviera idea de lo que ocurre. Sin tener la certeza de que alguien la observa, me escondo entre las sombras para que no me encuentre.

Espero entre otras cosa la primera taza de café. Me alimento del sonido de los autos fantasmas que transitan por la ciudad de Faray. La emoción es abismal, el sobresalto de la cama y la necesidad de una profunda reflexión antes de seguir con la vida para que podamos saborear los triunfos que nuestro empeño nos ha logrado. Soñar es la ventana más pura que se puede encontrar un poeta. La realización no es el instante en el que se alcanza algo y se sigue adelante. Yo me permito ir admirado el trayecto, acercarme con un paso más a eso que tanto deseo. Soñar al punto que esa sea mi vida y no algo momentaneo. Vivir un sueño es eterno, el yo es pasajero. Ser tan grande como este universo y a la vez ser un simple mortal es la contradicción más grande de este planeta. Transcender es algo que sé logra con convicción, régimen, andar. Nada que llegue fácil se queda y sin querer nos perdemos sino teníamos rumbo desde el inicio.

Aún me quedan cien fracasos y mil glorias antes de partir, gozaré cada uno de estos eventos que he de procurar para sentirme viva. Que el sueño sea siempre vivir más, aprender. Que la meta sea clara y que el destino me deje en donde nacen las estrellas para brillar aunque todo se termine. Que prevalezca el deseo, que se construya el mundo de acciones y no de intentos desmotivados.

La ciudad despertará en cualquier instante. Dejo el corazón sobre esta mesa y lo observo palpitar, ensancharse. Hoy comienza igual que ayer y lo que aguarda es completamente distinto. Yo seré otra persona, pero ese corazón que está vivo es el mismo y lo abrazo.

En el pasado tuve mucho miedo de sentir, de fracasar, de reír, de enamorarme. La vida así no tiene sabor, estar dormido y desaparecer junto con todo eso que decían nos haría diferentes. Si me recriminaron por ir en busca de mi propia voz hoy los perdono. Si en ese camino los herí, les pido disculpas. Hoy declaro con todo mi ser que soy feliz porque entre tanta desventura me encontré.

Mañana dirijo

Me anticipé a sus rostros. A los silencios alargados que cargan bajo las faldas. A esas miradas tímidas a las que tendré que robarles candor para mostrarle al mundo su lucha.

Sin victimismo ni retratos blandos, no son miserias que puedan idealizarse o curarse con una pieza de pan. Si hablar de golpes o de sus desgracias, que el mundo las vea y se conmueva por su fortaleza y sus ganas de salir adelante.

Sin preparación me acercaré a contar verdades. Con los brazos abiertos abrazaré la realidad que las mueve, porque saber que gente sufre en este mundo es muy diferente a comprenderlo.

Durante el desayuno un triste y alejado hombre alzó la mano para contarnos una corta historia. Era sobre un mundo donde la gente carecía de comprensión a profundidad, una sociedad que no da respuestas y busca culpables. Dar limosna y organizar bailes es considerado salvar vidas, porque nos hace falta caracter para sentir verdadera hambre y desesperación. ¿Qué haría yo si de pronto nos quitaran todo? ¿Cómo sobreviviría?

Me senté del otro lado y lo miré. Para él yo era una extraña y al final incomodó más ese ente que la verdad que dejó resvalar de sus labios. Se marchó. Sin embargo allí siguió la misma sociedad, las mismas apatías, las mismas quejas. Me sentí aliviada cuando volteé a mi teléfono y ya no vi más esos correos de locos ni llamadas, a veces hay que saber decir no gracias a los tiranos y a los egos. De nadie es la culpa que estén sueltos por allí sin saber para donde caminar. Que así como parece obvia la pobreza, que también sea reconocido el trabajo de los triunfadores.

Nada cala más que la felicidad de otros. Escucharlos reír, saber que disfrutan y que respiran. La envia de no tener esa simpleza pone montañas entre dos hermanos, genera fronteras entre países, nos etiqueta en clases sociales y busca la manera de terminar con la hermandad.

A veces creo que sé como tejen esos tapetes de los que tanto me platican. Sus ojos color miel son dos gritos de guerra y en el pecho la marca del héroe. Que las brechas se desdobles y abran nuevos caminos cuando se desborde la marea. Que la igualdad sea por añadidura y que la motivación la ponga el corazón. Que aquellos que no tengan idea de quienes son, las escuchen cantar mientras tejen a ver si así se curan.

Mañana dirijo por primera vez y será una confrontación entre la verdad y la cámara. Todo lo que pueda hacerme falta tendrán que ponerlo ellas y yo me limitará a guiarme de los instintos. Estoy emocionada porque la nobleza del documental es su naturalidad, reportar el impacto que ha tenido este suceso en sus vidas y espero hacerlo con la dignidad que se merecen. Que me hablen de duelos sus manos y sus danzas, que se escuchen las sonrisas de los niños en el fondo y el marco de las montañas nos de escenarios. No hará falta nada porque todo lo que tengo de pasión lo aviento al aire para que cuando vean a traves de mis ojos les quede solo su reflejo.

El Cassette

Todo fue culpa de ese casete. Empuje con ahínco la reja del jardín, estoy segura que era primavera porque aún no se podían tronar los gusanitos de las flores. El jardín se sentía tímido, joven como mis pisadas y mis sueños.

Los adultos estaban sentados en la terraza del otro lado. Sus voces eran distorsiones agudas de sus quejas y el miedo del cuero grabado con violencia bajo las rodillas. Yo jugaba a las escondidas con las sirenas imaginarias mientras volcaba las manecillas del reloj en espera de que fuera navidad para salir del escondite predilecto de mi abuelo. Las notas del piano antiguo ya no escucharon más ese año ni algún otro. La perfección de la vida se termino demasiado pronto; antes de saber que el fuego quema y que la edad no presta sabiduría.

De nuevo me encerré en la caja del piano y espere a que la marea se calmara. La furia de sus puños lastimó mis oídos más de lo que se imagina. Ahora reconozco a distancia el olor del cuero mojado contra la piel de un inocente. Mi pedestal se derrumbó junto con esos días en familia, ahora era cada quien por su parte.

Quería cumplir quince para ser grande, para hacer cosas sorprendentes y en la promesa de verdades me desprendí de la infancia. Desconocí a mis padres, su conducta irracional y la falta de valores. Dejé el coro de la iglesia, no hacía falta ir, nuestra situación incomodada a los otros feligreses.

Mi padre me aseguró que todo lo que necesitaba era tener edad para escuchar el casete y así que esperé. El odio encontró su oscura esquina y se alojó en mis pensamientos. El dolor de crecer condicionada a las respuestas, creer que la casa esta llena de fantasmas y mentiras; cuando para otros es tan simple caer en la categoría de normales.

Llegué a los quince. Nada de chambelanes ni pasteles con betunes de colores. El único festejo fue una cena apresurada y un regalo que no se me permitió abrir hasta que llegué a casa. Nadie pudo ver mis lágrimas de desilusión al darme cuenta que me habían timado; las respuestas no yacían dentro de la caja de madera. La vida no se simplificó, me defraudó la fantasía o la imaginación de un manipulador. La adolescencia fue turbulenta y escarbando las heridas me remonté en ese jardín diez años atrás.

Recordé lo mejor que pude a lo que olía la grama recién cortada. Mis sandalias creo que eran blancas. El pasillo me parecía inmenso, jugaba a no pisar las líneas que dividían el piso. No sabía cuantos años tendría al morir, pero estaba segura que lo tenía todo. Las corrientes de aire levantaron el último aliento de ese lluvia de oro. De haber sabido que ni el árbol era infinito hubiera reído con más fuerza, hubiera cantando alrededor a Doña Blanca sin sentir vergüenza. Hubiera disfrutada de ser una niña porque ahora no la encuentro y eso me duele más que no saber nada de ese casete.