Migraña

Las ideas se ven apretadas en lo profundo de mis membranas.
Turbulentos los caireles que se desvanecen entre nosotros.
Enojos y frustraciones que no tengan nombre, que repito acostada en mi cama en lugar de gozarte.

Me desintegro, ha sido tan pesado el aire que cargo sobre mis hombros que voy y te olvido.
Busco respuestas dentro de frascos con pastillas y camino por habitaciones sin fondo a ver si nos reencuentro.

Quiero decirte lo siento, pero en su lugar veo que me hizo falta una de tus disculpas.
Mal entiendes mis depresiones con caramelos y te burlas de mis preocupaciones.
Las responsabilidades se duermen ahora comigo y todos mis sueños son burdos…

¿A quien quieres que odie? ¿Quien pudiera ser mi enemigo si no conozco otra cosa?

Me rio de los siniestros, de los apuros, me rio de las antiguas bromas y
dejo escapar el sonido del tren que se cuela en medio de la siesta.
Quiero amarte lunares con puas, quiero dejar ir los rencores…
decirte que te extraño, que estoy lista para una aventura; lista para que me leas una de nuestras historias.

Fotografía: Diego Caballero

La Inesperada Visita

Titubeas cada vez que te apareces frente al timbre de la puerta.
Te intimida el espacio, los fantasmas del pasado que nos persiguen.

Me miras con tristeza buscando reconocerme,
escuchas voces de niñas juguetear en el jardín de esa vieja casa.
Caminas despacio y guardas la distancia,
es como si creyeras que podemos explotar,
como si debiéramos morir y empezar de cero.

Me siento junto a ti y dejo que el silencio nos hable.
Lo escucho con cuidado y no interrumpo su curso,
acaricio su rostro y soplo con cuidado el polvo que nos separa.

Te digo que te amo, a pesar de que sea a mi manera, a mi tiempo.
Dejo que la vida me cante; que me haga recordarte tal y como eres;
si no podemos olvidar al menos dejar ir;
mojarnos en la lluvia sin que la ropa nos pese,
ni el mutuo abandono.
Te quiero… ni el espacio ni el dolor podrán quitarnos eso.

Partes, desapareces… te voy desintegrando en mi memoria.
Si regresas te pido que no traigas más silencio,
que me regales lo áspero de tu voz
y entienda porque te ha tomado tanto nuestro reencuentro.

Araña

Suaves medias satinas color negras como sus fantasías.
Labios rojos Chanel que no dejan rastro para que los sigan las ratas
y que no se despintan de tus mejillas cuando me voy de tu lado.

Me cubro el rostro como la viuda negra para nadie me vea llorar…
para que no vean como te extraño mientras sólo te encuentras en la otra habitación.

Me avergüenzo de mi pasado, de los otros hombres que frecuenten mientras te esperaba,
el autoengaño que eso provocó y que ahora me han vuelto una mujer despreciable.
Me tomas de la mano de cualquier forma y me sacas a pasear aunque lo que dicen es lo peor.
Susurran a mis espaldas esos falsos lamentos de nostalgia,
hombres que nunca supieron amarme como tú, hombres que sólo me humillaron.

Descarados los que aún osan marcarme para gritar mi nombre,
mentiras que pudren esa dulzura tuya,
déspotas, malditos, hijos de puta… condenados rabiosos que por culpa de su complejo de Electra
creen que yo soy igual de piruja que su madre.

Fea y podrida como una tarantula es mi alma sin ti.
Grises son mis días y mi vida vacía.
Sin tí, ni el café de la mañana tines sabor…
sin mi sol, sólo soy una araña… una maldita obsesión.

Danilo

Perdió la razón. Desapareció la realidad. Pobre Danilo, su madre no lo encuentra.

El reloj marcó la misma hora que aquella tarde cuando mi padre se decidió. Un disco rayado, una repetición tras otra, el mismo instante, lo peor.

La cargo en sus propios brazos porque ella no respondía al llamado del loquero. No lo culpo, desde que lo contrataron dijo que él no se metía en disputas familiares. Se hizo a un lado cuando ella comenzó a gritar, a culparlo de la misteriosa desaparición de su hijo el más pequeño.

– Señor, no se enfade con ella; llevarle la contraria no la hará reaccionar.

– Absténgase de comentar cualquier cosa si no piensa hacer algo al respecto. Con lo que cobra debería usted mismo hacerla entrar en razón. Un profesional como usted debería tener vergüenza de dejar a mis pobres hijos pasar por esto.

No puedo soportar la conversación. Dejo la mochila en el vestíbulo y abro la puerta para verla antes de que le haga daño. Antes de que se perdiera su figura dentro de ese obscuro sótano.

– ¡Madre!

Ella no volteó. Estaba como muerta sobre el hombro de mi padre. El loquero con su bata blanca se interpuso entre mi frágil cuerpo y el barandal.

– ¡Madre!

– ¡Carajo Adela! ¡Deja de gritarle a tu madre que no te escucha!

– Pero papá… ¿qué le has hecho que no responde?

– No me acuses de cosas como esa Adela.

No hay explicaciones. No hay nada más que cojines blancos dentro de la nueva celda de mi madre.
Las escaleras están cubiertas de un material esponjoso y resbaladizo como si quisieran que alguien rodara por ellas. Una tumba perpetua donde la enterraríamos en vida.

Danilo, hablan de un tal Danilo que no conozco. Me atrevo a desobedecer a mi padre y bajo un escalón más. Quiero retarlo, que confiese su tremendo pecado.

– ¿Quién es Danilo? Te escuché hablando de él. ¿Qué es él de mi madre?

– ¡En verdad quieres saber la verdad! ¿Me estás retando? Primero que nada que quede claro que la encierro en este agujero por tú bien y el de tus hermanos. Que tu madre sea una mala madre no es culpa mía; para tu información el puto Danilo es el bastardo imaginario de tu madre. El único de sus hijos al que recuerda y la pesadilla que me sigue durante el día.

La ira en sus palabras, sus ojos azules destrozándose como un vidrio que se acaba de romper contra la paredes, la desolación… Esa confrontación de realidades y de mundos incomprensibles para mí. Una madre que ama a un hijo que no existe y que olvida una familia. Una madre que olvidé ese mismo día según me cuenta el loquero que estuvo frente a mi todo el tiempo.

No la recuerdo, no puedo. Sus ojos perdidos, su lánguido cuerpo postrado sobre mi padre; su olvido mi más tremendo dolor.

Sálvame

Con un bisturí abrieron mi pecho,
me dejaron suspendida entre la vida y la muerte
mientras se robaban mi corazón.

Sobre esa camilla de hospital de tercera
hubiera preferido una lobotomía,
un cambio de rostro, hasta la amputación de una pierna.

Me despojaron de lo único que me permitía amarte,
de lo que me daba ilusión al despertar en esta pesadilla.
Perdí el instinto para permanecer de pie,
para atravesar el desierto amarillo de tus ojos.

Me dejaron con heridas que el tiempo no cura,
a carne viva se van pudriendo abandonándome.
Arraigadas heridas que me muerdo cuando la enfermera voltea;
¿Qué más puedo hacer cuando no tengo otra cosa que me haga sentir?

Desvaneciendo

Irreal tenía que ser para separarme de mí.
Mentiras tenía que creer para encontrar la verdad.
Calabozos donde guardara recuerdos para que no se me escapen como palomas.

No existo para ser libre, soy invisible,
luminosa como los rayos lazer de las galaxias lejanas.
Desaparezco entre las multitudes porque no sé quiénes son ustedes.

Desvaneciéndome voy entre los azules y verdes.
Clamores y ocasos de mañanas sin historia me quedo
para mirarte de nuevo sin ojos y sin escrúpulos.

Pesadilla

Monstruos que viven el en fondo del closet,
fantasmas que acechan bajo la cama
y mutantes escondidos entre mis bragas
aúllan por las noches en busca de carne fresca.

Me acorralan en cueros en la esquina de la alcoba.
Se sacan los ojos con sus uñas gigantes,
se comen entre ellos sus podridos órganos
y juegan adivinanzas conmigo.

Atormentan a mis vecinos desde el baño
y ahuyentan a las cucarachas que creí eran mi amigas.
Mencionan un desértico oasis
al que intento ir todas noches en mis sueños.

Se burlan de mi y mis vagos intentos de sanidad;
de la horrorosa realidad que no sé va cuando amanece.

La bola de cobardes teme a la sucia política,
a las enfermedades incurables, al mal de amores,
a los traidores, a los asesinos, temen a mi mundo…
Me temen a mí.

A estos pobres termino por dejarlos asomarse por la ventana.

Un Mundo Ideal

En un mundo ideal las corcholatas sería monedas de oro
y los pedazos de cristal respetables seres sociales.

En un mundo ideal yo no sería yo, sería un árbol,
tú dinosaurio serías un ventrílocuo y
nunca envejeceríamos.

En un mundo ideal no habría que morir,
no habría que ser de carne y hueso,
no habría nada escrito.

Nos iríamos a la cama una noche y
luego partiríamos hacia donde el río
lleve su agua o quizá a otra galaxia.

Descorazonada

Quítamelo, arráncamelo, lámelo.
Cómetelo y arrojalo contra la pared.

Toma anda, te lo regalo para que escupas sobre él.
Para que lo mastiques y quizá
te crezca uno dentro de ese vacío pecho.

Envídiame porque se amar,
porque soy vulnerable y puedes destruirme.
Recuerda también, que dentro de ese dolor que siento
siempre podré volver a nacer.

Rey

Quería que fuéramos a jugar al parque,
que me compraras un helado de limón.

Decidí ir a darle de comer a los patos,
ellos también te extrañan abuelito,
es como si supieran que no vas a regresar.

Mi madre dice que nos mandas saludos,
que nos miras desde el cielo a donde te envío besos…
Azul eres en mi memoria, azul serás hasta el último de mis días.

Te quiero Rey.