Cierro la Puerta

Recorro en silencio el mismo camino de todos los días. Paseo entre los comunes mortales que aun no han descubierto la verdadera belleza de esta ciudad. Recorro en cámara lenta esas cosas cotidianas que han hecho de mi vida algo espectacular.

Busco en mi morral azul floreado las llaves del edificio. Miro con melancolía la puerta de madera que tantas veces pasó desapercibida, el código para entrar que se de memoria y he de olvidar sólo el día en que muera. Siento tristeza al subir al diminuto elevador, los vecinos dicen que el mes que entra lo cambiarán. Al igual que yo sólo será otro vago recuerdo.

Por fin, el cuarto piso a mano izquierda, la puerta rota que jamás terminaran de arreglar, mi sello personal supongo; todos saben que no se cuidar bien mis cosas.

Aún recuerdo la primera ves que lo vi, tan frío, tan pequeño, tan poco mío. Recuerdo bien mis primeros sentimientos, mis miedos, las dudas; ¿seré feliz?, ¿quiero estar aquí?, ¿y si mejor buscamos algo más? El rostro de mi madre afligida leyendo mi pensamiento, casi llorando por no poderme dar exactamente lo que quería; sentirme asustada y dudosa.

Heme aquí una última noche, parada en la entrada mirando al balcón, sentir mi aroma en cada rincón, saber que es mío y de nadie más. Quedan pocas cosas que llevarse, pero como puedo guardar en las maletas todo los recuerdos, como puedo llevarme en bolsas de basura las risas y el llanto, como puedo seguir adelante sin soltar una lágrima.

Miro a mi alrededor y cada centímetro cuadrado me dice algo distinto. Se que es estúpido si quiera pensarlo, pero siento que hasta las paredes extrañaran mi voz. La cama añorará sentirme desnuda por las noches como sólo los buenos amantes pueden. La bañera no será más testigo de aquellos largos baños en búsqueda del clímax. En verdad intenté sacar las manchas de vino tinto de la alfombra para que no quede rastro de mi existencia. Siempre será un engaño pensar que esta limpia porque su textura es distinta.

Pienso en los vecinos de enfrente. En todas las veces que camine desnuda frente a la ventana en busca de mi ropa interior, siempre tan libre y sin nada que ocultar, un verdadero libro abierto que no carga secretos. Recordar todas las personas que alguna vez estuvieron aquí, los compañeros de juegos y de platicas interminables. Verlo ahora tan grande me hace imposible verme en otro lugar que no sea aquí.

Me pregunto cuantas noches pasaré soñando con este lugar. Si algún día lejano recordaré aun su decoración. Ser parte de la historia de un lugar que ha de albergar a otras personas y sus manías, saber que mis secretos estarán seguros. Quiero brindar en silencio con este viejo amigo que me ha traído dicha y esperanza, que me ha mostrado una calle colorida y alegre, que siempre ha estado cerca y listo para protegerme. No hay nada más bello que un hogar.

Los cigarros ya no saben igual, el té aún esta caliente y mi alma helada. El futuro es incierto y la vida aún emocionante para darme ánimos; puedo ser lo que quiera, ser un trotamundos sin destino más cercano que el fin del mundo, pero siempre llevaré París en mi corazón.
Generalmente esta calma me comería los huesos, el silencio dentro del apartamento me atormentaría, pero hoy no tengo ganas de compartir con nadie este momento, saborear este adiós es lo único que quiero.

Abro la puerta una última vez. Miro por el balcón a la gente pasar, la tarde cae con gracia sobre el río despidiéndome con una sonrisa; reflexionar un momento hace bien al alma, decidir que he cambiado y ya no hay vuelta atrás. Agradecer a cada cosa que hizo que valiera la pena despertar, saludar por última vez a esas personas que en pocos meses serán sólo extraños, dormir en esa cama que tanto me añora.
Nada es para siempre, ni si quiera yo… momentos, eso es lo único que nos queda al final de día. Que sueño más hermoso es la realidad. Que difícil despedirse y empezar de cero… a eso me dedico, ser una estrella fugaz que ilumina su paso; deslúmbrate y extraña, hermosa y apasionante, no he de despreciar mi naturaleza.

Hasta pronto querido confidente, hasta nunca quizá. Esas cortinas color salmón que hacen juego con la alfombra color vino serán para siempre parte de mí. Es hora de cerrar la puerta y partir. La vida continuara mañana que te deje en manos otro que leerá nuestra historia tan llena de magia. Buscaré consuelo en otras paredes que serán testigos de mis nuevos personajes, pero siempre ha de quedarnos París.

Adiós….

Memorias de Cuba

Me sonrió con esa forma despreocupada para ahorrase un par de palabras. Tartamudeaba de forma insólita mientras buscaba en su vocabulario la coherencia requerida. Se agarraba los pantalones para evitar que se le cayeran y nosotros pensáramos que ese pobre infeliz no era un verdadero hombre.

Me dibujó en el aire una fantasía. Me habló de la mujer que llama su madre. Quien fuera esa dama que puede no existir, quien fuera ella si no una fotografía. Su voz flaquea mientras la describe, me pregunto si siempre dice lo mismo de ella. Si para cada turista su madre trabaja de locutora en Miami o si otras veces será enfermera o cabaretera.

Se acercó más y yo me di cuenta del obtuso símbolo, la lejanía de nuestras vidas y nuestro pobre entendimiento. Mi corazón no guarda en sí la compasión para quienes han vivido una miseria que no comprendo.

Con sus cansados pasos me construyó a una hija perdida. Un alma blanca que transita a solas las calles de la Habana. Una pequeña que creé conocer lo que significa una oportunidad, alguien que sospecha que existen otros colores y quizá otras formas de vida.

De mi mochila sólo salió una triste pasta dental que di en ofrenda de mi ignorancia. Una forma personal de deslindarme del hecho y fingir que quiero hacer las pases con el injusto demonio quien arrastra a ese pobre hombre con su andadera.

Mitómano, loco, vagabundo, buen hombre que jamás revelaste tu nombre para ver si rezamos por ti. Sé que navegas las calles buscando quien pueda escuchar tu historia, sé que vas en busca de otros que tengan más corazón. Alguien que pueda apreciar una lágrima verdadera.

Fotografía: Diego Caballero