La Nave

Hoy al despertar ya no me sentía derrotada.

Había sobrevivido a una noche de pesadillas y lamentos,

que al sonar del despertador desaparecieron

como toda la ansiedad y la preocupación.

Un momento antes de abrir lo ojos todo era tan lúcido, 

como si por un instante el mundo de ambas realidades

coexistieran en un mismo punto y luego perdí la memoria.

Esa claridad me abandonó,

olvidé quienes éramos y al empezar este día

sucumbí ante la idea de que éramos sólo extraños. 

Al salir de la cama abandoné la nave,

ahora era sólo otro mortal,

sólo otro cansado viajero

que no sabía si se había perdido o si este era su destino.

De un momento a otro la rutina ya no me cayó tan mal,

no añoré los desiertos que me prometieron

ni las profundidades del océano que conocí.

Había hecho las pases con todas las cosas que no logré.

Había tenido una racha de reproches

y de lamentos que por fin terminaron.

Que importaba si no era ligera como una pluma,

o una estrella en el cambiante firmamento;

aún si miraba al espejo veía mi rostro

y si me esforzaba más veía mi alma y con eso tuve.

Me prometí que no me rendiría,

aún cuando hubieran desventuras.

La vida es lo que vale la pena,

no las metas cotidianas

ni los premios ni los halagos.

Si algo no me sale a la primera

habrá otra oportunidad y

hoy era eso: otra oportunidad.

En el camino al trabajo una mariposa se paró en mi hombro. Me llamó la atención porque ni los animales ni los insectos se me acercan. La miré con cuidado y podría jurar que con ojos cariñosos ella me dijo que este era el fin de mi maldición. Quería preguntar sobre que maldición hablaba, pero del miedo no me atreví. ¿Qué tal si esa suerte antes no me hizo falta y menos ahora? ¿Qué tal si de esa pesadilla no me despertaba?

Pensé que se iría volando cuando cruzara la calle pero no, se mantuvo aferrada a mi blusa sin apartarse. Le dije muy quedito que ya podía irse, pero no me hizo caso. Dejamos de comprendernos y simplemente se quedó. Toda esa tarde me acompañó en mis tareas hasta que murió de pie. Lo supe porque parte de mi también se esfumó. La delicadeza de su cuerpo, su mortalidad, me hizo guardar sus alas dentro de mi cuaderno de notas.

Acuerdos en silencio hicimos, yo usaría su libertad para alcanzarla esta noche cuando regresara a la nave. ¿A quién pretendía engañar todo este tiempo? Nunca he sido sólo humano. Pero una parte de mi no sabía si podría traicionar a la especia y me terminaría quedando. Apague la luz y cerré los ojos. Me volví ella, lo sentí, levitaba. Pasado querida amiga… tiempo atrás o quizá circular que me recordó ese mal augurio del que antes hablaste. Reí, porque no era nada malo ser de carne y hueso; ya habría oportunidad después de ser de nuevo fuego.

La Carnicería

Me esperaron con reloj en mano para empezar a comer.
Cuando abrí la puerta sabía que era demasiado tarde y no habría manera de salvarme de mi castigo.

El ruido de las llaves me delató o quizá fue el sonido de mis temblorosos tacones, el perfume natural de mi pelo sobre mis hombros.

Me esperaron pacientes a que abriera la puerta, soy una mujer de palabra y no huiré por más miedo que tenga.

Me acompañaron hasta el calabozo que tenían preparado para la tortura, un lugar lleno de cierras eléctricas y torsos de vacas colgadas que se desangraban de forma perversa sobre el frío piso de cemento.
Sentí lastima por esos pedazos de carne, no faltaba mucho para que yo formara parte de su culto.
Un silencio morbosos que haría que otros me saborearan suculenta como una chuleta de primera. Previamente me disculpo por el sabor de mi carne, siempre he sido una mulata de tercera y esas cosas nunca se esconden bien para el paladar. Así como una gata mojada por un carro que se encuentra un charco en su camino, así he sido marcada con la terrible maldición del vagabundo.

El camino de la puerta a mi destino no duró mucho. Como un bolado se decidió la cosa, como irrelevante se tomó mi vida y a manos de un carnicero he de terminarla. Espero de menos servir de entremés, un suculento bife que puedan degustar la realeza y sus acompañantes. Que de algo sirvan todos estos años y el sufrimiento, que no sea todo tan pasajero como mi forma humana.

Tomé mi lugar, el jefe del grupo tomó su hacha más filosa. Me miró con emoción, la única vez que sentí que alguien estaba orgulloso de mi. La piel se me enchinó y sentí mis bragas mojarse un poco por toda la pasión que se desató. Si me hubieran dado permiso me hubiera masturbado una última vez.

Suspiré, dejé ir todo. Conté hasta 3.

3, 2, 1…

Toma el llavero Abuelita

Toma el llavero abuelita,
quiero que me enseñes tu ropero.
Dicen los otros nietos que tienes collares de perlas.

Desempolvo los albumes de fotografías en blanco y negro,
difícil no darse cuenta que se trata de un pasado lejano;
uno sincelado de secretos sobres las rocas que el río no se llevó.

Quito de la silla tus sombreros,
huele a mar, a ese mar que cruzaste una vez en barco
en busca de otras tierras.

Toma el llavero abuelita,
dicen que ha llegado la hora.
Irreversible el destino de tu cuerpo
que pierde rápido su calor frente a mi.

Guardo las dos lágrimas que me sobran
en tu bolso de mano, que te acompañen en tu nuevo camino.
Te ponen los zapatos junto a la camilla,
afuera se acercan las luces de los distantes faros.

Toma el llavero abuelita,
anda, no hagas la espera más larga,
que aguardar lo inevitable nunca ha sido mi fuerte.

Postrada en esa camilla de hospital,
tan muerta, tan carente de alma, tan sin tí.
Comienzo a desconocerte abuelita,
simplemente no quepo en ese ropero.

Los secretos se derraman sobre las flores,
su perfume impregna la duda, la pérdida.
Adiós abuelita; no digas nada con gusto te cuido el ropero.

Fotografía por stikoe

Cuando los robots conquisten el mundo

Que nos dominen, que vengan por nosotros.
Titanes de hierro, máquinas que nos destruyen.

Arranquenme el corazón,
después de todo ya he amado.
Finalicen esta era dorada,
muchos ya no tienen la motivación para continuar.

Usurpadores de destino y tierra,
fríos seres que nos quitaron lo imperfecto.
Explotemos en mil pedazos antes de que sea oscuro
y no me de tiempo de ver sus ojos amarillos
mientras nos desintegramos.

Rey

Quería que fuéramos a jugar al parque,
que me compraras un helado de limón.

Decidí ir a darle de comer a los patos,
ellos también te extrañan abuelito,
es como si supieran que no vas a regresar.

Mi madre dice que nos mandas saludos,
que nos miras desde el cielo a donde te envío besos…
Azul eres en mi memoria, azul serás hasta el último de mis días.

Te quiero Rey.

Despedida

La vida se le resbala con prisa
de la dura cama donde descansa ,
Sus ojos se apagan como un par de estrellas
fugaces que han terminado su cansado recorrido.

El arrepentimiento ha llegado muy tarde,
y ahora le vela el sueño con un hacha entre las manos.
No existen perdones, ni glorias, ni gardenias…
No queda nada más que el amargo grito de la soledad,
y la desgastante espera que termine por llevarsela lejos.

La realidad es un pasado distante en retrospectiva,
la culminación de una vida que deja un vuelo sin aliento.
Desvacenerse hasta desaparecer y ser sólo un recuerdo…
Un suspiro que tenga la intención de hacerse inmortal
en otra vida.

En llamas

El teléfono suena en la otra habitación. Nadie contesta, estoy sólo y la casa está en llamas. El fuego arrancó mi piel en cachos, las yagas sangran manchando el piso, mis gritos son inútiles, se consumen como el aire entre el humo. Me desvanezco lento, la muerte rápida nunca ha sido trágica.

 

Rezo, ya sin fe, todos mis miedos se destapan al ver caer el techo encendido; bombas y mísiles caen sobre mi cabeza, el infierno está en llamas.

Veo como se desangra mi vida sobre mis brazos; afuera llueve, mis ojos no distinguen su color, es roja eso lo sé.

 

El teléfono sigue sonando, ¡me muero tan lento!, soy sólo restos de existencia. Quisiera atender, podrías ser tú; o quizá la vida que se despide de mi y yo sólo puedo vomitar sangre. Posiblemente me queden diez segundos más de vida, nueve arrepentimientos, ocho caras que recordar, siente ventanas y seis puertas, cinco historias me caen encima, escucho cuatro canciones para tres palabras de amor, dos por un momento, ahora sólo quedan uno.

Ya no tengo rostro, ni piernas ni vida.

 

Ahora nadie me tendrá que levantar por la mañana, ya no existiré. Me estoy cayendo bajo las escaleras, ya no tendré de que preocuparme en confiar, ya ni siquiera volveré a escuchar el teléfono.

 

La casa es una ruina encendida, yo desaparezco sin misericordia. Ya no tendré que dormir, estoy explotando a falta de oxigeno, ya ni siquiera tengo ojos que cerrar.