La Princesa

Luna era una princesa que todo lo tenía. Una de esas de cuentos de hadas, con caireles rubios. Sus ojos eran del color del alma y su piel de porcelana; pecas cubrían sus hombros y la adornaba una sonrisa maravillosa. Luna era un tesoro oculto dentro de una torre arrumbada en el fin del mundo donde todo era oscuridad.

Sus noches eran largas y sus pesadillas densas. Las estrellas no le alcanzaban al alba para despejar las nubes del pasado. Abandonada a su suerte por un rey y una reina que no sabía si regresarían de su misión en las frías tierras de Neptuno.

Ella miraba por la ventana del faro. esperando noticias de sus queridos padres. Nunca pasaba nada, pero ella igual subía y se ponía a escuchar el mar. Si al menos no regresaban, podía entonar la melodía que le susurraba.

Una de esas veces, después de muchos años, llegó una gaviota con malas noticias: su padre había enloquecido al perder a su madre en medio de un laberinto. A la reina se le escuchó gritar por un par de días, pero después su voz se apagó y ahora es el silencio el que reina en esas tierras de melancolía.

El rey, se había vuelto un vagabundo que quería regalar las joyas de la corona a un grupo de hienas y les decía que nada valía su vida; que nada valía la pena. La joven princesa se sintió herida. ¿Cómo aquél hombre aseguraba que no valía nada, si allí estaba ella esperándolo?

A falta de abrazos y cuentos para dormir, la niña se acurrucó entre dolores y espejismos del pasado. Sufrió la muerte de un padre y de una madre, hasta que creció y ese dolor se convirtió en odio. Odio porque era injusto que ella, no había tenido nunca lo más importante que era el amor.

El castillo se volvió un lugar lúgubre y escabroso. Se perdieron los días y los años debajo de los anticuados muebles. Su piel se tornó dura por culpa de la oscuridad y sus ojos perdieron la inocencia para construirle una muralla. Sobre ese muro fue edificando su persona, cubierta en lamentos y reproches. Torres inmensas de ladrillos y ladrillos que terminaron uniendo esa construcción con el laberinto aquel del que venía huyendo. Tan perdida como esos monarcas, tan sola como cada loco…

Sin ver el sol, sin conocer el mundo exterior, se topó un día con la parte más ancha del muro. Le llamó la atención porque tenía grietas porosas como si fuera el mar que las había carcomido. Al pensar en eso le vinieron recuerdos de cuando vivía cerca del mar y escuchaba como tronaban las olas. Olió la sal en cada roca y acercó su rostro para sentir el contacto entre su piel y el mar que tanto había extrañado. Lloró, porque del todo esa imagen era pasajera. Esa no era la libertad, ese no era el amor.

Mientras corrían de su rostro las lágrimas, sintió que había escuchado un quejido del otro lado. Su corazón revivió al pensar que podía ser su madre o su padre, cualquier persona dispuesta a escuchar su tragedia y a ofrecerle un abrazo. Se paró. Se limpió el rostro y respiró tan profundo que en su interior sintió que era capaz de todo.

Con el peso de su cuerpo y el de todos los planetas que le habían regalado su piedad, ella empujó y empujó. Al primer intentó cayó al piso. Notó que se había raspado las rodillas, pero se limpió con un poco de saliva y siguió. Al segundo intento nada ocurrió; el quejido parecía alejarse y sintió ganas de dejarlo ir. Molesta se alejó también. Se regañó por haberse permitido una ilusión, ella ya sabía que la vida siempre le daba su peor cara y que esta no sería la excepción.

Se quedó sentada, molesta y distante. Se quedó haciéndose más daño, pensando que jamás lograría nada. Le vinieron a la mente muchas razones para rendirse; peleas del pasado y reproches tontos y juveniles. Esa ira sin embargo le reveló que también habían tenido tiempos mejores. Que no muy atrás se habían abrazado y habían sido una familia. Repasó pasajes ocultos y se vio capaz de seguir viviendo a pesar de todo. Sus padres habían creado una princesa que estaba lista para reinar su propia vida. Una mujer que sería capaz de derribar muros y de seguir adelante; de amar y de formar algún día su propia familia.

Esa princesa vio brillar algo en su interior que le dio el poder que requería para empujar esas paredes. Con cada centímetro que la pared se movía, su cuerpo entero se estremecía y siguió luchando hasta que se derrumbó, creando una nube de polvo que le impidió mirar de inmediato.

Se disipó la polvareda. Apareció otro mundo; era el paraíso. Sí, aún estaba sola y sí, aún estaba algo triste pero estaba en calma y se sentía segura fuera de su fortaleza de roca; era el momento de respirar y aprender de memoria el aroma de las flores. Quería correr por los interminables pastizales y cantar a todo pulmón pues sabía que al fin había comprendido que por más lejos que pudieran estar el rey y la reina; ellos siempre estaría con ella, dentro de ella. 

Medellín

– Señorita, despierte. Ya llegamos y se tiene que bajar.

 

A penas y escucho esa tenue voz. Parte de mí no quiere creer que eso está ocurriendo. Me aferro a mi almohada y respiro hondo; ha llegado la hora.

– Ok… ok… no tardo.

 

El resto de los actos ocurrieron más o menos fluidos. Nada de contratiempos y pocas filas para pasar la inmigración.

Me subo a un taxi después de asegurarme que la tarifa ha quedado pactada y me desentiendo entre toda la vegetación. Me recibe un Medellín lleno de neblina y de oscurantismo. Se siente húmedo, denso y un poco frío… me voy alejando de lo conocido, me voy perdiendo.

 

Dan las 7am. No creo que sea una hora apropiada para llegar a tocar a casa de nadie, así que me bajo en el mero centro de la ciudad y comienzo a vagar con todo y mi mochila y mi maleta. La gente me pasa y me identifican como un extranjero, por más que intente ocultarlo ellos saben que yo no soy de aquí. Creo que me delatan el semblante ingenuo, el acento foráneo y el espíritu fatigado.

Me dejo guiar por la música. La ciudad suena y suena con una sabrosura que nunca antes experimenté. Me coloco en una banca para disponerme a disfrutar de esa bienvenida. De inmediato me toma por sorpresa un tufo alcoholizado… Su voz imploraba mi atención, en sus ojos pude ver el vacío y el dolor de un desaventurado.

 

– ¿Sabe usted que es lo que más duele loco?

 

Su nombre era Javier. En sus buenos tiempos solía ser un adicto a la bazuca, la marihuana, las pastillas y al alcohol. Para dar abasto a sus placeres mundanos sobrevivía dando clases de matemáticas en la facultad de Medellín. Él dice que su genialidad fue lo que ocasionó sus problemas, que él de lo único que había pecado era de sensible y enamorado. Dolores, era nombre de esa mítica mujer que le bailaba hasta el alba mientras él bebía y bebía. Entre el dictado de fracciones y las inyecciones, decía que ella era la que le devolvía el aire. Sus caderas eran amplias como las mujeres de Botero, dijo que eso la enamoró. Que al él no le interesaban las proporciones de ninguna modelo, él prefería que hubiera algo de carne para agarrar mientras se fajaban salvajemente.

 

Cuando Dolores quedó embarazada ya no quiso saber más de Javier. Dejó de llegar a la banca de su encuentro y ya no se le escuchó el taconeo en las veladas de baile. La perdió por completo, la dejó ir entre las brisas de las noches húmedas de verano. Él deambulaba perdido sin saber en dónde podría estar ella, sabiendo que cargaba en las entrañas a su hijo; ya con la sospecha de que jamás lo conocería.

 

Lloramos… lloramos porque era domingo y en la plaza no había nadie más que nos acompañara. Era sólo bachata lo que se escuchaba y se suponía que no sería triste, pero era inevitable. En medio de toda esa emoción, él cogió sin anuncio mi mano y la puso sobre su camisa.

 

– ¿Lo siente parce? Dígame por favor que lo siente…

 

Yo lo miré extrañada pero Javier seguía sosteniendo esa angustia que me impidió responderle. Indignado me soltó la mano y se abrió la camisa para mostrarme una herida justo en el corazón. Era la cicatriz de una apuñalada. De sorpresa me toma de nuevo, pero esta vez ya no me siento asqueada por su olor, al contrario, está vez sentí la herida dentro de mí.

 

– Imagine parce… ahora voy por la vida a corazón abierto.

 

Nos abrazamos… la música seguía sonando, el climax se acercaba.

 

– ¿Pero quién te hizo eso Javier?

 

Él decía que fue Dolores con sus manos santas, que esa mujer era una asesina. Que ocho meses después de que lo dejó, él se fue buscándola por toda la ciudad. Preguntó a su madre, a sus primas y hasta en la tienda en la que va al mandado; preguntó por ella a cuanto ser humano logró acercarse. Al fin, una noche alguien se apiadó y le dijo que podía encontrarla en el lote baldío junto a un kinder nuevo en la colonia centro. Él esa tarde se bañó y se perfumó para reencontrarse con su amor. Llevó con él un par de tragos con la intención de compartirlos; brindarían a la luz de la luna; se dirían “te amo” nuevamente…. Cuando al fin llegó ella le quedaba de espaldas. Contemplaba las llamas de fuego que salían de un basurero. Entre que lloraba y no… el fuego seguía contenido e hipnotizante. Ella debió reconocer la pestilencia de Javier; volteó… se miraron. Dolores no le devolvió la sonrisa, sólo le mostró el cuchillo en su mano que reflejaba por un lado la luna y por otro la sangre derramada.

 

– Lo siento parce… tenía que matar al condenado engendro; ese hijo suyo era la reencarnación del mismo demonio.

 

Pobre Javier; ir por la vida sin hijo y sin corazón. Pobre de todo aquel que se expone, que ama…

Pobre de mí, que no tenía ni idea que estaba a punto de encajarme una daga en el alma.

La vida de los sueños

Hacía mucho que no me despertaba al alba. Escuchar como se van levantando los grillos y ver como desaparecen las últimas estrellas. La ciudad está tranquila, como si no tuviera idea de lo que ocurre. Sin tener la certeza de que alguien la observa, me escondo entre las sombras para que no me encuentre.

Espero entre otras cosa la primera taza de café. Me alimento del sonido de los autos fantasmas que transitan por la ciudad de Faray. La emoción es abismal, el sobresalto de la cama y la necesidad de una profunda reflexión antes de seguir con la vida para que podamos saborear los triunfos que nuestro empeño nos ha logrado. Soñar es la ventana más pura que se puede encontrar un poeta. La realización no es el instante en el que se alcanza algo y se sigue adelante. Yo me permito ir admirado el trayecto, acercarme con un paso más a eso que tanto deseo. Soñar al punto que esa sea mi vida y no algo momentaneo. Vivir un sueño es eterno, el yo es pasajero. Ser tan grande como este universo y a la vez ser un simple mortal es la contradicción más grande de este planeta. Transcender es algo que sé logra con convicción, régimen, andar. Nada que llegue fácil se queda y sin querer nos perdemos sino teníamos rumbo desde el inicio.

Aún me quedan cien fracasos y mil glorias antes de partir, gozaré cada uno de estos eventos que he de procurar para sentirme viva. Que el sueño sea siempre vivir más, aprender. Que la meta sea clara y que el destino me deje en donde nacen las estrellas para brillar aunque todo se termine. Que prevalezca el deseo, que se construya el mundo de acciones y no de intentos desmotivados.

La ciudad despertará en cualquier instante. Dejo el corazón sobre esta mesa y lo observo palpitar, ensancharse. Hoy comienza igual que ayer y lo que aguarda es completamente distinto. Yo seré otra persona, pero ese corazón que está vivo es el mismo y lo abrazo.

En el pasado tuve mucho miedo de sentir, de fracasar, de reír, de enamorarme. La vida así no tiene sabor, estar dormido y desaparecer junto con todo eso que decían nos haría diferentes. Si me recriminaron por ir en busca de mi propia voz hoy los perdono. Si en ese camino los herí, les pido disculpas. Hoy declaro con todo mi ser que soy feliz porque entre tanta desventura me encontré.