Para Mirthes

Me recordó a mi abuela, a la única.

Su departamento era acogedor. Cada rincón tenía un toque maternal. El comedor me produjo cierta nostalgia por el pasado. Como una larga tonada clásica que se transforma en una modernidad que ahora contemplo en tonalidades moradas.

Recorro los coloridos surcos del tapete con los tentáculos de mi imaginación. Aspiro hondo en busca de su perfume, de sus verdes ojos que se han azulado en el rostro de mi querida Gabriela.

Me alejé del cuadro. Brinqué del precipicio de este alto edificio. Me ausenté de la cena porque lo que más me cautivó fue su normalidad; los entrelazados caminos del destino a quienes regalo girasoles.

La busqué. La busqué en medio de un mundo de extraños. En sus detalles y los cuchicheos. Descifré su verdad y les escribí un soneto para cantarlo antes de dormir.

Me dieron ganas de abrazarla, de contarle que me he enamorado. Quisiera que pudiera hablar con él a pesar de no poder escuchar bien sus palabras. Me dieron ganas de traer mis colores; de ponerle dorados y naranjas al cielo gris para pensar que ella me sonríe mientras nos besamos.

El Príncipe Azul

Escuché tu voz entre el cantar de las gaviotas,
el olor a sal se impregnó en mi ropa.
La arena se abrió paso entre la alfombra de la alcoba
y erizó la piel que murió junto con la tristeza.

Destrocé el mundo y sus locuras,
me volví demente e intenté quitarme los ojos
para ver la realidad en colores rojizos.

Atardeceres te regalo único amado,
juego entre las olas que han de arrebatarme la juventud.
Desaparezco y me transformo mientras exhalo,
mientras respiro el aliento de nuestra primer día sobre este universo.

El cuarto de al lado

Perdí la noción de la realidad. La noche y el día se encapsularon dentro de esa habitación. Las cosas estaba perfectamente acomodadas sobre la repisa. El cuarto tenía el olor de esa persona que fuimos inventado con el tiempo.

La luna de papel celofán se asomó por las rejillas de la ventana, la cama sin dueño de pronto se sintió mía, tuya, de todos. Me cautivó la forma en que tomaste ese mundo y le diste sentido. Fuiste tintando la luz de colores para transformarme. Azul se volvió mi piel, como la de un mutante que no puede existir fuera de tu cámara.

La dulzura con la que trataste cada momento me enamoró. Me hizo hervir de celos cuando vi al lente enfocarse en otros elementos. Me dieron ganas de ser uno de esos discos, la cobija, el papel tapiz… cualquier cosa que pudiese coexistir en este planeta.

Me hice maestra de las sombras, de los fondos. Escabullirme entre los cortes para tocar tu pelo. Quería que no notaras mi sueño para que no te detuvieras, sin ti este mundo tan medido ya no tendría espectadores.

Llegabas al final de la historia, coqueteabas con las horas ya contadas. Te despedías con una suave sonrisa que sólo vi a través del lente para regresar a tu tierra.

Esperé paciente a que terminaras lo tuyo, a que te confundieras y olvidaras cual de las dos era la realidad.

Romance a Color

Orgía de colores denominados emociones.
Sistemas electrizantes de carne y hueso,
pedazos de metal disueltos en campos sanguíneos incompatibles.

Danzas de amantes sin rostro para olvidar el amor verdadero,
desdenes de corazones rotos que prefieren no sentir al cálido cuerpo,
presas de la carne en vez del amor que te tengo.

Impersonal la forma en que hacen de la suyas,
sin mirarse entre ellos porque no existe más la inocencia.
Falacias fálicas de media tarde y agrios genitales,
tabus que explotan sin repuestas frente a mi cara…

Que puedo decirte amado si sólo te amo a tí
y ya no tengo forma de participar en este daltónico romances a color.

4 días de aquí

Delineo el horizonte con acuarelas,
para difuminar el principio del fin.

Entierro mis pies en la arena,
es mi manera de decirle que no ire a ninguna parte.

Cuento los caracoles que quedan vacios,
y rejunto las piedras que son partes de meteoritos.

La brisa me roba un beso celoso,
un abrazo de mi amante
que se guarde en las profundidades del mar.

Nos miran con reselo las gaviotas
que no conocen el amor,
el amor de nosotros que hace real este sueño.

Cántame océano azul, océano morado, lila, trasparente.
Que olvide las ciudades y sus rascacielos,
regálame una noche bajo las palmeras.

Soneto

Te miro de lejos con ganas de no quebrar tus alas, de no robarte el aire que ha de empujarte otro día lejos de mí. Aún aguardo paciente por noticias que traerá el viento a su debido tiempo, si es necesario tomar un píldora, que elijan por mi.

Yo estoy agotada y sin comprender a quien debo ocultarle las cosas que siento. Camino con los ojos cerrados por una vereda angosta con temor de caer al río del que nadie ha de rescatarme. Lucho contra dragones en los intermedios de las películas, ironía que sean románticas, infame que haya dejado que otros las escriban para mí. En el fondo ya había perdido la esperanza de encontrarnos porque no estaba segura si tendría que mostrarme honesta o viviríamos montados en una farsa.

Inerte como una hoja que cae de los árboles muertos de mis otoños, te rejunto con cuidado para no hacerte polvo antes de que toques el suelo. Te acerco a mis labios para empaparte con sus recuerdos, para mentirte sin tregua acerca de su verdadero paradero.

Apago la luna para que no nos moleste esta noche antes de que aúllen los lobos. Te transformas de camino a tu estudio en 20 criaturas distintas. Quieres engañarme y confundirme con tu verdadera naturaleza, dices ser un hombre pero a veces te observo y no estoy tan segura. Mi fascinación por ti y tus largas extremidades me ha trastornado de tal forma que no se si podré querer a otros después de ti. Si aprenderá a separar el tiempo y conocerte real sin cuestionarme.

Quiero entender que has hecho y donde has estado. Darte la oportunidad de que me muestres tu alma sin antes juzgarla para que no te sientas en desventaja. Hablaré con tus secretos arrumbados en los cajones que iré desempolvando para guardar nuevos que puedas contar a tu madre.

Sin querer me haces salir de mis casillas, de ese centro cómodo donde no pueden herirme aquellos que me adoran. Me resigno y dejo mis zapatos junto a la puerta. Tengo que ser de carne y hueso para poder morir, tengo que llorar durante el verano para que germine la cosecha en los áridos campos, tengo que ser vulnerable si quiero algún día volver amar.

Te dejo a solas en la otra habitación para que medites acerca del silencio. Dormiré en tu cama como la guardiana de tus sabanas y lo demás lo ocultaré bajo la cama.