Palomas

Me dieron ganas de darte un consejo, de pedirte unos segundos de tu atención o un té caliente para los nervios.

No tenía puestos mis zapatos para caminar, calamidad para una vagabunda como yo que no tiene rumbo.

Te mandé un beso, uno tibio que arrojaste a la fogata por culpa del frío.

Seguí con la mirada a las palomas suicidas que transitan sin compromiso los tejados de mi abandonada capital.

Ellas me miraron con esos ojos rojos que me gritaron rencor. Osaron enfermarme con su angustia y esas alas cortas que Dios les dio.

Me sentí con ganas de espantarlas y poner fin a esta isla discreta, arrojarles migajas y que coman de mi puño para ver si me llevan con ellas.

Intenté dormirme a tu lado bajo los periódicos que juntamos. Se inclinaron a vernos celosas como si fuéramos un par de soñadores enamorados; pero no lo éramos… a penas y éramos un par de locos.

La vida de los sueños

Hacía mucho que no me despertaba al alba. Escuchar como se van levantando los grillos y ver como desaparecen las últimas estrellas. La ciudad está tranquila, como si no tuviera idea de lo que ocurre. Sin tener la certeza de que alguien la observa, me escondo entre las sombras para que no me encuentre.

Espero entre otras cosa la primera taza de café. Me alimento del sonido de los autos fantasmas que transitan por la ciudad de Faray. La emoción es abismal, el sobresalto de la cama y la necesidad de una profunda reflexión antes de seguir con la vida para que podamos saborear los triunfos que nuestro empeño nos ha logrado. Soñar es la ventana más pura que se puede encontrar un poeta. La realización no es el instante en el que se alcanza algo y se sigue adelante. Yo me permito ir admirado el trayecto, acercarme con un paso más a eso que tanto deseo. Soñar al punto que esa sea mi vida y no algo momentaneo. Vivir un sueño es eterno, el yo es pasajero. Ser tan grande como este universo y a la vez ser un simple mortal es la contradicción más grande de este planeta. Transcender es algo que sé logra con convicción, régimen, andar. Nada que llegue fácil se queda y sin querer nos perdemos sino teníamos rumbo desde el inicio.

Aún me quedan cien fracasos y mil glorias antes de partir, gozaré cada uno de estos eventos que he de procurar para sentirme viva. Que el sueño sea siempre vivir más, aprender. Que la meta sea clara y que el destino me deje en donde nacen las estrellas para brillar aunque todo se termine. Que prevalezca el deseo, que se construya el mundo de acciones y no de intentos desmotivados.

La ciudad despertará en cualquier instante. Dejo el corazón sobre esta mesa y lo observo palpitar, ensancharse. Hoy comienza igual que ayer y lo que aguarda es completamente distinto. Yo seré otra persona, pero ese corazón que está vivo es el mismo y lo abrazo.

En el pasado tuve mucho miedo de sentir, de fracasar, de reír, de enamorarme. La vida así no tiene sabor, estar dormido y desaparecer junto con todo eso que decían nos haría diferentes. Si me recriminaron por ir en busca de mi propia voz hoy los perdono. Si en ese camino los herí, les pido disculpas. Hoy declaro con todo mi ser que soy feliz porque entre tanta desventura me encontré.

Mañana dirijo

Me anticipé a sus rostros. A los silencios alargados que cargan bajo las faldas. A esas miradas tímidas a las que tendré que robarles candor para mostrarle al mundo su lucha.

Sin victimismo ni retratos blandos, no son miserias que puedan idealizarse o curarse con una pieza de pan. Si hablar de golpes o de sus desgracias, que el mundo las vea y se conmueva por su fortaleza y sus ganas de salir adelante.

Sin preparación me acercaré a contar verdades. Con los brazos abiertos abrazaré la realidad que las mueve, porque saber que gente sufre en este mundo es muy diferente a comprenderlo.

Durante el desayuno un triste y alejado hombre alzó la mano para contarnos una corta historia. Era sobre un mundo donde la gente carecía de comprensión a profundidad, una sociedad que no da respuestas y busca culpables. Dar limosna y organizar bailes es considerado salvar vidas, porque nos hace falta caracter para sentir verdadera hambre y desesperación. ¿Qué haría yo si de pronto nos quitaran todo? ¿Cómo sobreviviría?

Me senté del otro lado y lo miré. Para él yo era una extraña y al final incomodó más ese ente que la verdad que dejó resvalar de sus labios. Se marchó. Sin embargo allí siguió la misma sociedad, las mismas apatías, las mismas quejas. Me sentí aliviada cuando volteé a mi teléfono y ya no vi más esos correos de locos ni llamadas, a veces hay que saber decir no gracias a los tiranos y a los egos. De nadie es la culpa que estén sueltos por allí sin saber para donde caminar. Que así como parece obvia la pobreza, que también sea reconocido el trabajo de los triunfadores.

Nada cala más que la felicidad de otros. Escucharlos reír, saber que disfrutan y que respiran. La envia de no tener esa simpleza pone montañas entre dos hermanos, genera fronteras entre países, nos etiqueta en clases sociales y busca la manera de terminar con la hermandad.

A veces creo que sé como tejen esos tapetes de los que tanto me platican. Sus ojos color miel son dos gritos de guerra y en el pecho la marca del héroe. Que las brechas se desdobles y abran nuevos caminos cuando se desborde la marea. Que la igualdad sea por añadidura y que la motivación la ponga el corazón. Que aquellos que no tengan idea de quienes son, las escuchen cantar mientras tejen a ver si así se curan.

Mañana dirijo por primera vez y será una confrontación entre la verdad y la cámara. Todo lo que pueda hacerme falta tendrán que ponerlo ellas y yo me limitará a guiarme de los instintos. Estoy emocionada porque la nobleza del documental es su naturalidad, reportar el impacto que ha tenido este suceso en sus vidas y espero hacerlo con la dignidad que se merecen. Que me hablen de duelos sus manos y sus danzas, que se escuchen las sonrisas de los niños en el fondo y el marco de las montañas nos de escenarios. No hará falta nada porque todo lo que tengo de pasión lo aviento al aire para que cuando vean a traves de mis ojos les quede solo su reflejo.

El Cassette

Todo fue culpa de ese casete. Empuje con ahínco la reja del jardín, estoy segura que era primavera porque aún no se podían tronar los gusanitos de las flores. El jardín se sentía tímido, joven como mis pisadas y mis sueños.

Los adultos estaban sentados en la terraza del otro lado. Sus voces eran distorsiones agudas de sus quejas y el miedo del cuero grabado con violencia bajo las rodillas. Yo jugaba a las escondidas con las sirenas imaginarias mientras volcaba las manecillas del reloj en espera de que fuera navidad para salir del escondite predilecto de mi abuelo. Las notas del piano antiguo ya no escucharon más ese año ni algún otro. La perfección de la vida se termino demasiado pronto; antes de saber que el fuego quema y que la edad no presta sabiduría.

De nuevo me encerré en la caja del piano y espere a que la marea se calmara. La furia de sus puños lastimó mis oídos más de lo que se imagina. Ahora reconozco a distancia el olor del cuero mojado contra la piel de un inocente. Mi pedestal se derrumbó junto con esos días en familia, ahora era cada quien por su parte.

Quería cumplir quince para ser grande, para hacer cosas sorprendentes y en la promesa de verdades me desprendí de la infancia. Desconocí a mis padres, su conducta irracional y la falta de valores. Dejé el coro de la iglesia, no hacía falta ir, nuestra situación incomodada a los otros feligreses.

Mi padre me aseguró que todo lo que necesitaba era tener edad para escuchar el casete y así que esperé. El odio encontró su oscura esquina y se alojó en mis pensamientos. El dolor de crecer condicionada a las respuestas, creer que la casa esta llena de fantasmas y mentiras; cuando para otros es tan simple caer en la categoría de normales.

Llegué a los quince. Nada de chambelanes ni pasteles con betunes de colores. El único festejo fue una cena apresurada y un regalo que no se me permitió abrir hasta que llegué a casa. Nadie pudo ver mis lágrimas de desilusión al darme cuenta que me habían timado; las respuestas no yacían dentro de la caja de madera. La vida no se simplificó, me defraudó la fantasía o la imaginación de un manipulador. La adolescencia fue turbulenta y escarbando las heridas me remonté en ese jardín diez años atrás.

Recordé lo mejor que pude a lo que olía la grama recién cortada. Mis sandalias creo que eran blancas. El pasillo me parecía inmenso, jugaba a no pisar las líneas que dividían el piso. No sabía cuantos años tendría al morir, pero estaba segura que lo tenía todo. Las corrientes de aire levantaron el último aliento de ese lluvia de oro. De haber sabido que ni el árbol era infinito hubiera reído con más fuerza, hubiera cantando alrededor a Doña Blanca sin sentir vergüenza. Hubiera disfrutada de ser una niña porque ahora no la encuentro y eso me duele más que no saber nada de ese casete.

El ladrón de morado

Hoy no fue un buen día. No esperas que a la hora de la comida entre un hombre a escondidas a tu casa, esas cosas no pasan en el mundo de la gente buena y menos a plena luz del sol.

Se llevan lo que pueden. De seguro ni era profesional. Aún me imagino sus dedos pegajosos revolviendo con angustia los libros de odontología sobre la mesa. La sala y el comedor huelen a desesperación; es como si los años de resección hubieran acabado con la economía y la moral de la gente. Los sueños son una paradoja, hay que pasar despierto 20 horas al día para remotamente alcanzar a completar la lista de pendientes.

La comida es cualquier cosa enlatada que te encuentres en la alacena y al final; el hijo de puta que se metió se llevó hasta el abre latas. Las cosas malas pasan en triadas y cuando vi que un extraño se coló por la puerta sabía que sería solo el inicio. Sobre las demás cosas tengo que guardar un poco la apariencia, es vivir sentada frente al reflejo de la desilusión humana y sus carencias. Permití y con esa cortesía me abofetearon en la otra mejilla. Me dieron ganas de dar menos, de flagelar toda esa apatía. De tirar una chuleta en el piso para ver si se arrastran los perros falderos que crié y que ahora voy a matar.

No me hace gracia la impuntualidad ni los malos modales. Los ojos blancos como lienzos frescos y sin candor me dan asco. Ya no he pintado desde hace tiempo por las náuseas que me da el vértigo que siento entre el vacío y yo. Me pregunto porque no se llevó eso también el intruso; que me dejara en paz o con algo de cambio para el parquímetro.

Se llevan el dinero y la dignidad se regala. Los valores son palabras nostálgicas y los ideales estandartes de guerra para voluntariosos modernos. Si tan solo cupieran en aquel saco los latidos de mi corazón, si un poema se fuera con él; lo más seguro es que me lo devolvería todo porque en verdad estoy agotada.

Sin reproches

Soy feliz, en muchos sentidos me siento satisfecha con la vida que tengo.
Normalmente no diría este tipo de cosas en voz alta, pero hoy me di cuenta que parte de vivirlo es aceptarlo.
Sentirse bien con uno mismo no es algo que tenemos que ocultar bajo la cama como las ocasionales envolturas de golosinas o los primeros rasgos de pubertad en el rostro. Sentir que estas todos los días luchando por las cosas que te hacen sentir vivo me hace notar que estoy orgullosa de las decisiones que he tomado en la vida; a pesar de ser joven y rebelde.

Hoy fue la primera vez en muchos años que me detuve a mirar el pasado.
Desde hace tiempo deje ese hobby, cuando tenía 16 y no tenía mucha suerte con los chicos ni era popular.
Siempre fui rara, me gusta escribir y pintar… leía, que se puede esperar de adolescencias así.
Mis amigas de la secundaria, a quienes aún recuerdo con cariño, me metieron la malicia y me sacaron lo ñoña con las uñas y las lentejuelas. Conocí un par de cosas para las que no estaba preparada, entre ellas un chico que intentó suicidarse y venció. Me hice la pinta varias veces para ir a tomar chela y a fumar atrás de la cancha de fut.

Viajé, vi el mundo y me sentí diminuta. Me avergoncé de mi porque nunca tube sentido de la moda y muchas veces sólo me sentía gorda y fea. Por mi mente cruzó la idea de que jamás amaría o peor aún, sería amada. Dejé que personas sin autoridad me menospreciaran y me hicieran sentir a viva piel mis inseguridades. Me perdí un poco entre el tiempo y las luces de colores. Desafié al destino en más de mil formas para ver si soy inmortal; sentía que sí lo desafiaba con ganas me salvarían si valía la pena.

De muchas cosas nunca estuve segura, entre ellas mi carrera y hasta mi propia vida. Me cuestioné acerca del futuro, varias noches en vela y otras de juerga intentando olvidar lo evidente, desentenderme de mi locura. Todo eso que me hizo sentir como un monstruo me dio la fuerza que necesitaba para conocer al amor de mi vida. Para acercarme sin escudos y decir bien fuerte – aquí estoy – y ya no sentirme invisible. Así es la vida: un instante. La transformación inexplicable de la materia y su espíritu. Dejar de ser alguien y decir con orgullo quien eres.

Me siento feliz. No me siento como esa niña tonta que busca la aprobación de otros o excusas para pedir abrazos. Soy dueña de mi tiempo y vivo para ser y estar con la gente que más amo. Siento que mi barco tiene dirección y que mi corazón tiene un lugar en esta ruleta rusa donde aunque apuesto no pierdo nada porque todo se vale. Me rio de las presiones mundanas que tendría otros días y me impiden dormir. He aprendido a tomarme la vida como es y gozar porque es corta.

Ayer tenía 16 años y una caja de inseguridad. En poco meses cumpliré 25 y me siento bien, en paz. No es que tengo todo lo que quiera, pero sé que tengo todas las herramientas para construir mis sueños; incluyendo esa casa del árbol.

Felicidades

Fue una semana difícil. Me abatí por culpa de lo inevitable y creí que mis sueño no se volvería realidad jamás porque un pequeño obstáculo se opuso.

Me vi proyectada en un niño de 7 años con peinado de honguito. Recuerdo que el niño no paraba de llorar porque la madre de su amigo no sabía de sus planes. Sus ojos eran puro dolor y tormentos de mares que no se aplacarían con el tierno sonido de una voz maternal. Afligido repetía que sería su última oportunidad para invitar un amigo. Gritaba y se aferraba a la falda de la madre ajena como un desahuciado se aferra a sus últimos minutos de vida en la tierra. La madre no tuvo otro remedio que tomar su cara entre las manos y explicarle que la vida continuaría.

Yo era ese pobre niño. Alguien aún muy joven que tendrá miles de oportunidades de hacer lo que le plazca y no tiene que correr tras los corceles blancos. Me impacienté cuando la madurez me iluminó y encontré la oportunidad de mejorar mi propia obra para que fuera extraordinaria.

Los sueños toman tiempo para materializarce, al menos por los que vale la pena luchar. Que importa si me tomará otro año completar el mio, si lo que necesito es tiempo para que este escrito refleje quien soy hoy y ustedes puedan verlo meses después en una pantalla grande. Les cuento esto porque mi sabia madre esa noche que fracasé abrió un vino rosado y juntas brindamos por la vida y las segundas oportunidades. Con lágrimas en los ojos me dijo que creceré y me convertiré en una mujer paciente y elegante que tendrá certeza de su camino. Tomó su copa y dio un sorbo a la alegre vida que burbujea y colorea el cristal; se detuvo unos segundo y subió la mirada a la altura de mis ojos… La vi grande y dorada como un ángel; sin pena me dijo que su sueño le ha tomado construirlo 16 años.

Hoy es la graduación de mi madre, no cualquier festejo, ahora ella es una doctora. Una mujer que representa el temple y la lucha de su generación por la liberación de todas nosotras. A ella le tomo tanto tiempo encontrar una oportunidad, dejó a su marido que la guardó en las tinieblas y conoció gente maravillosa que la llevo de la mano hacia su destino.

Ya no lloré más. Como ese niño tendré que esperar un poco para invitar a ese amigo. Valdrá la pena esa tarde de juegos. Seré diferente, mejor… seré una mujer como mi madre.

La Luciérnaga

Ahora que la miro a los ojos no puedo dejarla escapar.
Mugrienta luciérnaga que traes con la noche la inspiración de esta disfrazada turbulencia.

Encaro a los personajes con maestría. Los conozco, veo sus rostros y me saboreo sus diálogos entre las sábanas.

Abordo de un brinco el barco de la locura. Me entrego a las voces de mi memoria y dejo que la colección de mis vivencias rellenen los renglones en blanco.

Algo me dice que ponga notas secretas entre las almohadas a ver que tipo de seres mágicos responden mis plegarias.

Que les regalen tus ojos

Siempre descubro primero a través de tus ojos, luego veo la verdad con los míos.
A pesar de todo nunca comprendo la realidad y termino mi tarde de copas cuestionando la justicia.

Nos empeñamos en memorizar modelos que no funcionan. Aplaudimos a los maniquíes acomodados en las vitrinas.
Buscamos un ser idéntico que podamos reproducir en varios colores; no queremos ser acusados de racistas porque ya no nos quedan tantos blancos.

Ondeamos banderas de sal sobre torres de marfil. Segregamos extraños para cerrar círculos y reinventar cierta figuras geométricas. Basamos naciones enteras sobre poesías románticas que terminan como tragedias. Los literatas han muerto sobre este suelo sin dueño, arránquenme la patria del pecho y después incineren mis restos; no puedo vivir sin el aliento que guarda la libertad.

Hemos quitado las nubes del cielo, las mandamos a vivir dentro de una mente en tinieblas. Dejen que los descalzos se acerquen a Dios o al stand de cupones donde puedan canjearlos por arroz y frijoles.

Fotografía: Diego Caballero

Punto Final

Busqué la forma de ponerle punto final a la historia. Me esmeré en crear personajes que fueran creíbles, los huecos que tengan serán evidentes para los espectadores.

Me abrí con el cuchillo más filoso de la cocina y corté una circunferencia sobre mi estómago. Comencé a jalar mis intestinos poco a poco mientras presenciaba el lento desangrar de mis entrañas. La verdad me produjo náuseas que inundaron la cocina con restos de mi desayuno y mi pubertad. Me fui quitando todas las costras de mis heridas para ver si llegaba al fondo del misterio, deseaba confrontar mi carne trémula y putrefacta; ver si sería capaz de poner un final a este cuento.

Los escenarios fueron justo los mismos. La memoria es un terrorífico lugar para dejar guardados los recuerdos. Podía olor el ático donde acumuló todas sus pertenencias y repasé con la yema del dedo el polvo sobre los muebles. El tiempo se suspendió y ahora duerme sobre la amaca que él construyó con cuidado y metodismo. Cubrió las paredes con dibujos preescolares y me mando a cenar con la barriga vacía. Me dijo que iría a darme las buenas noches pero pasaron 20 años de eso.

Me torturé con el pasado como hice cada noche antes de rezar un padre nuestro. No me comí las uñas porque serían mi única herramienta para escarbar el agujero por el que escaparía. Procuré que no se hiciera tarde para terminar de contarle a todos como terminó mi relato. Imaginé como sería su rostro al grado que se ha convertido en pesadilla latente. Transito a medias las calles que fui armando para seguirte hasta la casa donde he de abandonarte y con eso a mi locura. Concluí sin cobardía sabiendo que tendría que enfrentarte otro día en el infierno.

Fotografía: Diego Caballero

Adolecer

Tenía miedo de caer por el abismo, el espacio entre las horas lastima las heridas que intento cerrar.

Lucho para no derrumbarme contra el soplar de los vientos. Me acuclillo juntos a los niños que temen a la oscuridad para aprender lo que significan las tinieblas.

Sé que todo estará bien, sólo no sé cuando. Sé que seré libre algún día , sólo no sé donde encontrar ese momento.

Quiero sentir que estoy viva, quiero sentir que vale la pena existir. Temo que si me quitan la miseria, deje de ser real.

Duele adentro, duele de tanto adolecer, duele madurar.