Mi vida está cambiando

Mi vida está cambiando, puedo sentirlo.
Mis pies se están separando de la arena que antes los cobijaba.
Mi mirada hoy fue más dura que de costumbre,
no dejé que se asomara esa niña que solía ser.

Que fácil se olvida el mar y la libertad.
En ese muelle de nuevo añoré la simpleza del pasado,
los tiempos en los que no tenía idea de lo que era bueno o malo.
Pensé que eso solo le pasaba a las gaviotas que se enferman de locura por volar siempre en círculos.

Ya no hay palmeras danzantes entre mis sueños,
La realidad tiene una oscura forma de presentarse
Aún en medio de las fantasías más color de rosa.

Con respeto bajo la mira para no ver a los ojos sus demonios,
cuerpos dolidos de una soledad y una violencia que no tiene aún palabras que los describan.
Luego me abrazan y me voy tropezando con abrazos que no están rotos,
con personas llenas de entrega y de pasión por la vida.
Personas como yo, que entienden que la vida ya no será la misma después de estas luchas.

Las realidades que tenía tan bien divididas,
ahora se han entrelazado dejándome ver que el mundo siempre tuvo algo de amargo
y a aún así, a mí siempre me supo dulce.
Me ha confrontado una gratitud tan grande que no me cabe en el cuerpo
y ahora transito entre laberintos escapando minotauros, de esos demonios que no vi.

Puede sonar trillado, pero en efecto mi vida hoy es diferente:

Con casi treinta,
Con el amor conquistado y la cotidianidad sin terminar por aterrizar,
Con enemigos cegados por la envidia,
Con el alma expuesta sobre las manos,
Con un hermano nuevo llamado riesgo,
Con un poco más de certeza;

Así hoy. Con todo por delante.

El imaginario

Después de un inimaginable terror pude mirar el cielo y fue cuando por fin comprendí todo. Sabía que estaba por terminar y que sólo me quedaban unos cuantos segundos porque así es esto siempre… Cuando al fin comprendes, abre los ojos y lo olvidas todo de nuevo.

Esa ansiedad que me incitaba a aferrarme a lo terrenal, a lo que en un momento tenía sentido, me jugó sucio y se escondió entre las sombras para sacarme un susto. Yo y mi ego, asegurándonos que teníamos que permanecer en control de una verdad que de la nada ya no me pertenecía.

Sentía que al arrojar los remos al mar me perdería en un viaje del que no podría volver ni aunque quisiera. Sentí miedo, porque de pronto me vi con tantas cosas que podía perder… Recordé las otras veces que también me sentí aterrada. Cuanto resentía la falta de realidad, esa vulnerabilidad absoluta de no saber si existes o si apenas y sabes cómo gatear.

Era deslumbrante ese amanecer. Ese renacer de la oscuridad que alguna vez sintió mi mente. Ahora corría, galopaba, intentaba con todo mi ser llegar hasta donde sabía que se encontraba mi mente, con otro cuerpo y con otras extremidades que me brotaron.

Mi cerebro se estremecía, pero de una forma divina y alegre de la cual se exprimían colores que pintaron los cielos. Me liberé, salí sin querer de esa cárcel propia a donde incluso intenté llevar a quien me amaba con todas sus fuerzas. Porque a veces hacemos eso, nos jalamos en lugar de empujarnos para poder respirar. Nada tiene que ver el espacio en los sentimientos, se pueden estar cruzando universos y fronteras pero nunca separaremos dos almas que se han encontrado.

Lo demás fue todavía más disparatado, porque ahora en medio de esa playa virgen sólo caminábamos los dos. Entre las olas y arena había una cama del tamaño perfecto para nosotros, en donde nos recostamos y miramos el cielo que nos habló. Ya no éramos sólo tú y yo, ya no éramos sólo este cuerpo material; era la perfecta explicación para alguien que sabe qué se siente estar flotando en el espacio.

Nuestros ojos eran las ventanas ideales para esos movimientos cadenciosos de las nubes que creamos para decirnos en toda la expresión de la palabra: TE AMO.

Era feliz, era inmensamente feliz de saber que esto estaba pasando aunque no lo entendiera. Adueñarme de la confianza que sabía que llevaba dentro, para conquistar todas esas fronteras que plantaron en mi cerebro cuando era niña. Ya no tenía que ser esos miedos de mi madre o de mi padre, ya no era esas frases hechas por mis abuelos, ni lo que la sociedad quería de mí. Era yo, una hija rebelde, alguien que estaba mal y en el mismo sentido estaba bien. Amelia… ese era mi nombre y el mar lo gritaba.

Me sentía tan valiente que aprendí a caminar. Mi ego se fue y admití en voz alta que extrañaba a mis ancestros y a mis antecesores. Esperaba con ansias reunirme con los astros y volverme polvo, aunque no entendiera nada de eso.

Amaba. Con los dedos cursaba las imaginarias montañas del horizonte. Cantaba con júbilo una canción que le dediqué a la vida y, sólo me abracé de él, como si el mundo pudiera acabarse en ese momento… Lo único que terminó pasando fue el sentimiento, fueron las visiones; los brincos que da el estómago cuando siente que está por subir la culebra y ataca el veneno de la mente. Era como si de ahora en adelante lo fuera a hacer una vez cada tanto para recordar cómo nacimos y moriremos algún día.

Cuando desperté ya no éramos los mismos, aunque nos costara trabajo acoplarnos, ya no éramos esos individuos de la noche pasada. Eso que vivimos nos unió en una completa gratitud.

La Princesa

Luna era una princesa que todo lo tenía. Una de esas de cuentos de hadas, con caireles rubios. Sus ojos eran del color del alma y su piel de porcelana; pecas cubrían sus hombros y la adornaba una sonrisa maravillosa. Luna era un tesoro oculto dentro de una torre arrumbada en el fin del mundo donde todo era oscuridad.

Sus noches eran largas y sus pesadillas densas. Las estrellas no le alcanzaban al alba para despejar las nubes del pasado. Abandonada a su suerte por un rey y una reina que no sabía si regresarían de su misión en las frías tierras de Neptuno.

Ella miraba por la ventana del faro. esperando noticias de sus queridos padres. Nunca pasaba nada, pero ella igual subía y se ponía a escuchar el mar. Si al menos no regresaban, podía entonar la melodía que le susurraba.

Una de esas veces, después de muchos años, llegó una gaviota con malas noticias: su padre había enloquecido al perder a su madre en medio de un laberinto. A la reina se le escuchó gritar por un par de días, pero después su voz se apagó y ahora es el silencio el que reina en esas tierras de melancolía.

El rey, se había vuelto un vagabundo que quería regalar las joyas de la corona a un grupo de hienas y les decía que nada valía su vida; que nada valía la pena. La joven princesa se sintió herida. ¿Cómo aquél hombre aseguraba que no valía nada, si allí estaba ella esperándolo?

A falta de abrazos y cuentos para dormir, la niña se acurrucó entre dolores y espejismos del pasado. Sufrió la muerte de un padre y de una madre, hasta que creció y ese dolor se convirtió en odio. Odio porque era injusto que ella, no había tenido nunca lo más importante que era el amor.

El castillo se volvió un lugar lúgubre y escabroso. Se perdieron los días y los años debajo de los anticuados muebles. Su piel se tornó dura por culpa de la oscuridad y sus ojos perdieron la inocencia para construirle una muralla. Sobre ese muro fue edificando su persona, cubierta en lamentos y reproches. Torres inmensas de ladrillos y ladrillos que terminaron uniendo esa construcción con el laberinto aquel del que venía huyendo. Tan perdida como esos monarcas, tan sola como cada loco…

Sin ver el sol, sin conocer el mundo exterior, se topó un día con la parte más ancha del muro. Le llamó la atención porque tenía grietas porosas como si fuera el mar que las había carcomido. Al pensar en eso le vinieron recuerdos de cuando vivía cerca del mar y escuchaba como tronaban las olas. Olió la sal en cada roca y acercó su rostro para sentir el contacto entre su piel y el mar que tanto había extrañado. Lloró, porque del todo esa imagen era pasajera. Esa no era la libertad, ese no era el amor.

Mientras corrían de su rostro las lágrimas, sintió que había escuchado un quejido del otro lado. Su corazón revivió al pensar que podía ser su madre o su padre, cualquier persona dispuesta a escuchar su tragedia y a ofrecerle un abrazo. Se paró. Se limpió el rostro y respiró tan profundo que en su interior sintió que era capaz de todo.

Con el peso de su cuerpo y el de todos los planetas que le habían regalado su piedad, ella empujó y empujó. Al primer intentó cayó al piso. Notó que se había raspado las rodillas, pero se limpió con un poco de saliva y siguió. Al segundo intento nada ocurrió; el quejido parecía alejarse y sintió ganas de dejarlo ir. Molesta se alejó también. Se regañó por haberse permitido una ilusión, ella ya sabía que la vida siempre le daba su peor cara y que esta no sería la excepción.

Se quedó sentada, molesta y distante. Se quedó haciéndose más daño, pensando que jamás lograría nada. Le vinieron a la mente muchas razones para rendirse; peleas del pasado y reproches tontos y juveniles. Esa ira sin embargo le reveló que también habían tenido tiempos mejores. Que no muy atrás se habían abrazado y habían sido una familia. Repasó pasajes ocultos y se vio capaz de seguir viviendo a pesar de todo. Sus padres habían creado una princesa que estaba lista para reinar su propia vida. Una mujer que sería capaz de derribar muros y de seguir adelante; de amar y de formar algún día su propia familia.

Esa princesa vio brillar algo en su interior que le dio el poder que requería para empujar esas paredes. Con cada centímetro que la pared se movía, su cuerpo entero se estremecía y siguió luchando hasta que se derrumbó, creando una nube de polvo que le impidió mirar de inmediato.

Se disipó la polvareda. Apareció otro mundo; era el paraíso. Sí, aún estaba sola y sí, aún estaba algo triste pero estaba en calma y se sentía segura fuera de su fortaleza de roca; era el momento de respirar y aprender de memoria el aroma de las flores. Quería correr por los interminables pastizales y cantar a todo pulmón pues sabía que al fin había comprendido que por más lejos que pudieran estar el rey y la reina; ellos siempre estaría con ella, dentro de ella. 

Sol y Luna

Me miré, o al menos creí que esa que veía era yo.

Parte de mí lo intuyó porque aún no compartíamos el mismo rostro ni el mismo ser; nos sentíamos unidas por algo más profundo que la casualidad.

No podría asegurar cuál de las dos era la verdadera, porque yo era esas dos personas…

Por un lado el sol, luminoso y alegre; un fuego capaz de todo. Una mujer con la fuerza que enciende mundos y que trasciende los espacios. Toda es energía para ser adorada y rodeada como si se tratara de una estrella de cine; maquinada para el otro, para ser el otro mientras era yo. Esa capacidad casi camaleónica de ser lo que se requiera… una de mis más grandes cualidades.

Del otro la luna, la oscuridad del inframundo y las profundidades de océanos desconocidos, incluso para buzos experimentados. Era la melancolía, ese azul que había invadido desde pequeña mi vida y con el cual siempre he tenido que conciliar cuando he querido escapar de esta tierra que me aprisiona.

La venda cayó de los ojos y, la sombra que vi, era ojerosa y oscura. Sentí la necesidad de abrazarme para sentirme completa y fue la primera vez que respiré después de tantos años. Vino a mi mente el recuerdo de esos sueños de juventud, cuando tomé mi poder y me ofrecí a resguardarme en lo más interno, con la completa convicción de que nadie podría conocerme, sólo yo.

Como un regalo que administras en pequeñas dosis, con la minuciosidad de un científico que cuida de una especia en extinción. Adecuándome a la cantidad ideal de dolor, vacunándome con la ignorancia de una juventud dormida y ahora, despertar siendo adulta sin comprender como llegó a mí esta misión, esa niña, esta mujer; la otra mitad, la luna.

Camino despacio hacia la reunión, yo siendo esas dos y deseando conocerlas a cada una por separado. Ya sin tener la forma de culpar a los otros de todos mis enredos y de todas mis batallas, destruyendo miedos titánicos que gracias al fuego no pudieron congelarme.

Había estado toda la vida cargando con esos reproches y esos regaños, con esas voces que me gritan que algo faltaba, albergado en el alma esos “no”, que no eran para mí. Es como descubrir que a pesar de todo ese tiempo que anhelaba las respuestas, ellas me encontrarían y ahora me daría más pesar no poder volver a dormir… La incertidumbre de lo que pueda quedar de nosotras me aterra más que la ignorancia.

Me siento débil, susceptible e incrédula… dijeron que esos serían los síntomas; pero al mirarme en esos ojos de sol y luna, sé que me estoy viendo tan verídicamente que seguiré adelante con lo que me cueste.

Nos tocamos, no pudimos decirnos mucho porque no teníamos la confianza o quizá la fuerza para abrazarnos. Ante el temor de que pudiéramos desintegrarnos o de que de la nada comenzáramos a gritarnos, mejor fuimos cautelosas y con timidez nos saludamos.

Que inicie otra aventura; que sea más grande y más gigante de lo que nunca he vivido, porque ahora sí estoy lista.

La Nave

Hoy al despertar ya no me sentía derrotada.

Había sobrevivido a una noche de pesadillas y lamentos,

que al sonar del despertador desaparecieron

como toda la ansiedad y la preocupación.

Un momento antes de abrir lo ojos todo era tan lúcido, 

como si por un instante el mundo de ambas realidades

coexistieran en un mismo punto y luego perdí la memoria.

Esa claridad me abandonó,

olvidé quienes éramos y al empezar este día

sucumbí ante la idea de que éramos sólo extraños. 

Al salir de la cama abandoné la nave,

ahora era sólo otro mortal,

sólo otro cansado viajero

que no sabía si se había perdido o si este era su destino.

De un momento a otro la rutina ya no me cayó tan mal,

no añoré los desiertos que me prometieron

ni las profundidades del océano que conocí.

Había hecho las pases con todas las cosas que no logré.

Había tenido una racha de reproches

y de lamentos que por fin terminaron.

Que importaba si no era ligera como una pluma,

o una estrella en el cambiante firmamento;

aún si miraba al espejo veía mi rostro

y si me esforzaba más veía mi alma y con eso tuve.

Me prometí que no me rendiría,

aún cuando hubieran desventuras.

La vida es lo que vale la pena,

no las metas cotidianas

ni los premios ni los halagos.

Si algo no me sale a la primera

habrá otra oportunidad y

hoy era eso: otra oportunidad.

En el camino al trabajo una mariposa se paró en mi hombro. Me llamó la atención porque ni los animales ni los insectos se me acercan. La miré con cuidado y podría jurar que con ojos cariñosos ella me dijo que este era el fin de mi maldición. Quería preguntar sobre que maldición hablaba, pero del miedo no me atreví. ¿Qué tal si esa suerte antes no me hizo falta y menos ahora? ¿Qué tal si de esa pesadilla no me despertaba?

Pensé que se iría volando cuando cruzara la calle pero no, se mantuvo aferrada a mi blusa sin apartarse. Le dije muy quedito que ya podía irse, pero no me hizo caso. Dejamos de comprendernos y simplemente se quedó. Toda esa tarde me acompañó en mis tareas hasta que murió de pie. Lo supe porque parte de mi también se esfumó. La delicadeza de su cuerpo, su mortalidad, me hizo guardar sus alas dentro de mi cuaderno de notas.

Acuerdos en silencio hicimos, yo usaría su libertad para alcanzarla esta noche cuando regresara a la nave. ¿A quién pretendía engañar todo este tiempo? Nunca he sido sólo humano. Pero una parte de mi no sabía si podría traicionar a la especia y me terminaría quedando. Apague la luz y cerré los ojos. Me volví ella, lo sentí, levitaba. Pasado querida amiga… tiempo atrás o quizá circular que me recordó ese mal augurio del que antes hablaste. Reí, porque no era nada malo ser de carne y hueso; ya habría oportunidad después de ser de nuevo fuego.

La Brasileña

Otoño… has venido a traer atardeceres de colores y cielos altos.

Con tu llegada, también ha venido la caída del follaje

que ahora adorna todo el asfalto de mi calle.

Del clóset comienzan a asomarse las chaquetas y los sacos,

en algunos bolsillo me sorprendo cuando encuentro recuerdos de tiempos mejores;

de tórridos inviernos y rastros de olores que me recuerdan tu partida.

Salí a caminar como cuando era pequeña.

Sabía de memoria las calles,

pero igual iba lento para que no te cansaras al andar.

Tu mano a pesar de la edad continuaba tersa,

y si me cansaba de mirar la profundidad del cielo,

siempre podía voltear a mirar tus zapatos

y eso me hacía sentir que la tierra tenía sentido.

Ese tiempo junto a ti me enseñó a no tener miedo a lo desconocido.

Incluso el día que te fuiste

sentía la calma que te elevó a otras vidas acompañada de gaviotas.

Conservé gran parte de tus posesiones

con la idea de usarlas cuando te extrañara.

El perfume que usaste toda la vida

seguía impregnado en el cofre

y en cada uno de mis memorias.

Me hice esta mujer gracias a tus valores, a tu valentía…

una mujer que lo dejó todo en esa patria brasileña,

incluyendo ese título universitario

porque creyó que su lugar era aquí…

Salí a dar la vuelta y de pasó me compre un frapuchino

en el lugar que solíamos visitar.

Al contacto con ese sabor de canela y helado

te encontré mirándome con ternura…

Te dije al oído que te amaba

y aunque seguido de eso sentí tristeza

porque ya no te encuentras entre nosotros;

me sentí feliz de haber tenido la oportunidad de conocerte,

de seguirte amando aún cuando no pueda tocarte.

La Espina

Jugaba en el jardín mientras brillaba el sol.

Las risas contagiaban cada recoveco,

Las memorias de la infancia se tornaron legendarias

hasta que vi en una rosa las espinas del amor.

Con esos sentimientos de lujuria y deseo,

dejé de ser una niña.

Sufrí y lloré cuando esa espina me pinchó.

El poco de sangre que me brotó se esparció en la memoria,

y me quedó claro que esas heridas eran capaces de matar.

Amar era cosa de valientes,

de cualquiera que no le importe estar expuesto y fracasar.

Porque a veces se ama con más de lo que uno tiene,

con más de lo que uno es.

Y pasó el tiempo…

me alejé de ese jardín, de esa vida.

Tenía miedo de esas heridas,

de esas decepciones que ya había vivido.

No tenía esperanza de comprender

y en su lugar deseé conocerme.

Para que cuando de nuevo me encontrara en ese jardín,

yo también supiera lo que significaban esas palabras.

Para que si fuera necesario

yo también sacara espinas.

Nos hicieron falta horas para esas historias de desamor,

porque cuando en esos lagos amarillos me miré

yo ya sabía el final de la historia.

No fue lo que pensé,

hasta ese momento solo conocía alejadas falacias.

Eso es el amor… inesperado, crucial, envolvente.

Así fuimos desde ese momento;

él el agua y yo un lirio que descansa

sobre su extensión en espera de más atardeceres.

Palomas

Me dieron ganas de darte un consejo, de pedirte unos segundos de tu atención o un té caliente para los nervios.

No tenía puestos mis zapatos para caminar, calamidad para una vagabunda como yo que no tiene rumbo.

Te mandé un beso, uno tibio que arrojaste a la fogata por culpa del frío.

Seguí con la mirada a las palomas suicidas que transitan sin compromiso los tejados de mi abandonada capital.

Ellas me miraron con esos ojos rojos que me gritaron rencor. Osaron enfermarme con su angustia y esas alas cortas que Dios les dio.

Me sentí con ganas de espantarlas y poner fin a esta isla discreta, arrojarles migajas y que coman de mi puño para ver si me llevan con ellas.

Intenté dormirme a tu lado bajo los periódicos que juntamos. Se inclinaron a vernos celosas como si fuéramos un par de soñadores enamorados; pero no lo éramos… a penas y éramos un par de locos.

Decapitada

Son las 5:45. La gente comienza a llegar a la plaza, yo sólo puedo observarlos desde la ventana del lugar donde me tienen cautiva.
En mi espalda quedaron tatuadas las marcas de las cuerdas con las que me han golpeado toda la noche. Aun retumban en mis oídos los gritos y los reproches de aquellos que vinieron a herirme antes de que llegara la hora de que al fin me ahorcaran.

La multitud afuera grita enfurecida mi nombre. Me acusan de haberles mentido, de haberles hecho daño. Me dicen que ya no puedo cantar porque no tengo la voz de un ruiseñor. Me dicen que ya no puedo soñar porque no valgo la pena. Me dicen que tengo que morir porque estoy condenada a mis adicciones y a mis manías.

Repiten a gritos que no puedo amar porque no se lo que eso significa. Me aseguran que no merezco que nadie me quiera porque no soy valiosa. Condenan mis últimos minutos en esta tierra de mortales a una profunda depresión y me piden que no intente nada porque nunca he sido bastante inteligente.

Me sacan de mi celda y con las manos esposadas me llevan a enfrentar el destino que ellos mismos eligieron para mí si preguntarme. Recuerdo a Jesús en su camino a la cruz, yo sé que en el fondo le he fallado y por eso le pido que me perdone. Yo no he sido valiente para enfrentar a los otros, yo no he sido agradecida como para ser un instrumento de paz, yo no he sido fuerte para decirle no a los otros cuando tuve la oportunidad de hacer algo para cambiar mi actitud apática.

Llegamos al quiosco donde han de quemarme viva. Los rostros de las personas comienzan a borrarse, sólo me quedan sus gritos. Frente a mí sólo hay un ángel.

Donde quedó el Corazón

Porque no me acordé antes lo mucho que me gustaba pintar, hubiera creado algo bello.

Porque decidí callar cuando alguien me hizo daño, de haber conocido antes la razón, hubiera entendido que era sólo el reflejo de su propio dolor.

Porque no me acordé antes lo mucho que me gustaba pintar, hubiera creado algo bello.

Porque decidí callar cuando alguien me hizo daño, de haber conocido antes la razón, hubiera entendido que era sólo el reflejo de su propio dolor.

Porque me sentí sola todos esos días, él nunca se fue de mi lado… alguien siempre estuvo allí para llorar mis pérdidas y reír con mis alegrías.

Camino por desiertos y busco llegar a un oasis. Olvido guardar en mi memoria el atardecer más bello que fue lo que me calmó.

Olvidé que era valiosa porque otros me dijeron que no servía para nada. Aguanté golpes y groserías. Pensé que eran verdad las cosas lastimosas que me dijeron porque olvidé que soy hija de Dios.

Me acerqué a las personas equivocadas y dejé que se aprovecharan de mí, me consumió la apatía y los vicios se volvieron mis amigos. Una vez más, fui yo la que me hice más daño.

En el fondo de mi oscuridad, guardada en el closet, me encontré de la caja de mis tesoros. En ella estaba la foto de mi corazón. Algo tan bello, tan puro, tan humano y divino que sin pensar condené a vivir en las tinieblas; este corazón que me dio la fortaleza que me hizo falta tanto tiempo.

Me volví hermosa porque me regalaron de nuevo la luz. Me volví capaz porque ahora creo en mí. Me rencontré porque me di cuenta que en verdad nunca nada me hizo falta.

Soy feliz porque así lo elegí. Soy la voz del progreso porque quiero superarme. Soy amor porque así me hizo mi creador.

Soy yo, con mis limitaciones y mis dones. Ya no tengo que esperar a que alguien venga y me diga las cosas para darme valor. Yo ya encontré mi lugar en el mundo y tengo fe en que en mi camino libraré las batallas que sean mientras no olvide nunca donde quedó mi corazón.

Fotografía de: vive siempre a tu manera*

Imperfección

Voy a perder la razón, el camino, el amor. Me voy a derretir entre tus sueños y las plantillas de tus zapatos. Cantan los pájaros tan fuerte que no puedo escuchar mi corazón y mi rostro se transforma en el de una extraña que anhela su libertad.

Te olvido mientras me desintegro. Me convierto en ti y entonces desaparezco. Ya no sé como podrás amarme si no hay suficiente espacio en estas fronteras. Los secretos que no te confesé son ahora los abismos entre nuestras almas y la razón. Sin querer me conoces más que cualquier otra persona.

Me vuelvo de cero a éxtasis, redescubro la vida en las cajas abandonadas de cartón. Salgo a jugar y soplar burbujas de jabón para que no te alejes tanto como para desentenderte de mi nombre y mis locuras.

Sin berrinches o risas, hay que nacer y luego morir. Que me desprecies tanto que no haya nada en el mundo que pueda hacer para que dejes de amarme. Si no soy perfecta, no tendrás pretexto para aceptarme como soy. No tendré que responder a la mujer del pedestal sobre tu cama.

No seré una madre, ni seré una amiga. Seré un tórrido romance con la locura y la belleza. Si pierdo todo córtame los brazos de la cintura. Ya no tendrás permiso de tocarme ni de mencionar mi nombre, la necesidad de vivir conmigo se disipará y olvidarás el olor de mi cuerpo en verano sobre las sábanas.

Sin idealizar, eso es lo único que te pido. No me des falsas esperanzas de quien soy o quien eres tú. No voy a fingir que todo esta perfecto, pero si voy a morir si es necesario intentando que seamos felices hasta el último día de este universo.