Isla Blanca

De entre la quietud del mar apareció como un tremendo fuego aquel volcán.

Sus humaredas hacían señas de rescate a la barca que tomé para llegar a nuestro reencuentro.

A medida que me acercaba a él podía escuchar su voz y su cantar al oído. Habían pasado siglos de nuestro último encuentro. Casi no lo reconocí a lo lejos, pero él no perdió de vista nuestro camino. Con la suave brisa acarició mi piel y en ese instante supe que él me recordaba tal y como fuimos tiempo atrás.

Lloré inexplicablemente cuando me contó sobre su perpetua soledad y de su reconciliación con el destino que lo dejó allí para volverse su propia fuente de vida. Su voz tan tierna y familiar dejó un eco estruendoso en mi interior. Con un solo soplo ahuyentó los miedos y la lluvia. Lo miré justo en el ojo del cráter donde vi mi propia alma y supe que no éramos dos sino uno. Un lazo fraternal y complementario, implícito y puro; yo era el volcán. Yo era lava caliente, esa isla blanca de cal en soledad.

Por eso es que odio al tiempo y al viento.
Por eso es que temo a la velocidad, yo solo puedo aferrarme a la furia para que no se apague la flama que vive en mi.

Bendito regalo el venir y traerte estas lágrimas a pesar de las distancias y los mares que nos separan. Caminar y contarte sobre mis propios fracasos y triunfos. Apartados por el deseo de aventura, el también me miró complacido al saber que algo de él también se encontraba trotando el mundo en busca de más.

Que nunca olvidemos quienes somos y como llegamos hasta aquí. De polvo de estrellas y de arena seremos porque de eso son los ancestros y los sueños.

Cierro la Puerta

Recorro en silencio el mismo camino de todos los días. Paseo entre los comunes mortales que aun no han descubierto la verdadera belleza de esta ciudad. Recorro en cámara lenta esas cosas cotidianas que han hecho de mi vida algo espectacular.

Busco en mi morral azul floreado las llaves del edificio. Miro con melancolía la puerta de madera que tantas veces pasó desapercibida, el código para entrar que se de memoria y he de olvidar sólo el día en que muera. Siento tristeza al subir al diminuto elevador, los vecinos dicen que el mes que entra lo cambiarán. Al igual que yo sólo será otro vago recuerdo.

Por fin, el cuarto piso a mano izquierda, la puerta rota que jamás terminaran de arreglar, mi sello personal supongo; todos saben que no se cuidar bien mis cosas.

Aún recuerdo la primera ves que lo vi, tan frío, tan pequeño, tan poco mío. Recuerdo bien mis primeros sentimientos, mis miedos, las dudas; ¿seré feliz?, ¿quiero estar aquí?, ¿y si mejor buscamos algo más? El rostro de mi madre afligida leyendo mi pensamiento, casi llorando por no poderme dar exactamente lo que quería; sentirme asustada y dudosa.

Heme aquí una última noche, parada en la entrada mirando al balcón, sentir mi aroma en cada rincón, saber que es mío y de nadie más. Quedan pocas cosas que llevarse, pero como puedo guardar en las maletas todo los recuerdos, como puedo llevarme en bolsas de basura las risas y el llanto, como puedo seguir adelante sin soltar una lágrima.

Miro a mi alrededor y cada centímetro cuadrado me dice algo distinto. Se que es estúpido si quiera pensarlo, pero siento que hasta las paredes extrañaran mi voz. La cama añorará sentirme desnuda por las noches como sólo los buenos amantes pueden. La bañera no será más testigo de aquellos largos baños en búsqueda del clímax. En verdad intenté sacar las manchas de vino tinto de la alfombra para que no quede rastro de mi existencia. Siempre será un engaño pensar que esta limpia porque su textura es distinta.

Pienso en los vecinos de enfrente. En todas las veces que camine desnuda frente a la ventana en busca de mi ropa interior, siempre tan libre y sin nada que ocultar, un verdadero libro abierto que no carga secretos. Recordar todas las personas que alguna vez estuvieron aquí, los compañeros de juegos y de platicas interminables. Verlo ahora tan grande me hace imposible verme en otro lugar que no sea aquí.

Me pregunto cuantas noches pasaré soñando con este lugar. Si algún día lejano recordaré aun su decoración. Ser parte de la historia de un lugar que ha de albergar a otras personas y sus manías, saber que mis secretos estarán seguros. Quiero brindar en silencio con este viejo amigo que me ha traído dicha y esperanza, que me ha mostrado una calle colorida y alegre, que siempre ha estado cerca y listo para protegerme. No hay nada más bello que un hogar.

Los cigarros ya no saben igual, el té aún esta caliente y mi alma helada. El futuro es incierto y la vida aún emocionante para darme ánimos; puedo ser lo que quiera, ser un trotamundos sin destino más cercano que el fin del mundo, pero siempre llevaré París en mi corazón.
Generalmente esta calma me comería los huesos, el silencio dentro del apartamento me atormentaría, pero hoy no tengo ganas de compartir con nadie este momento, saborear este adiós es lo único que quiero.

Abro la puerta una última vez. Miro por el balcón a la gente pasar, la tarde cae con gracia sobre el río despidiéndome con una sonrisa; reflexionar un momento hace bien al alma, decidir que he cambiado y ya no hay vuelta atrás. Agradecer a cada cosa que hizo que valiera la pena despertar, saludar por última vez a esas personas que en pocos meses serán sólo extraños, dormir en esa cama que tanto me añora.
Nada es para siempre, ni si quiera yo… momentos, eso es lo único que nos queda al final de día. Que sueño más hermoso es la realidad. Que difícil despedirse y empezar de cero… a eso me dedico, ser una estrella fugaz que ilumina su paso; deslúmbrate y extraña, hermosa y apasionante, no he de despreciar mi naturaleza.

Hasta pronto querido confidente, hasta nunca quizá. Esas cortinas color salmón que hacen juego con la alfombra color vino serán para siempre parte de mí. Es hora de cerrar la puerta y partir. La vida continuara mañana que te deje en manos otro que leerá nuestra historia tan llena de magia. Buscaré consuelo en otras paredes que serán testigos de mis nuevos personajes, pero siempre ha de quedarnos París.

Adiós….

Rue Galande

Por un segundo sentí que podía delinear la rugosidad de sus paredes si cerraba los ojos. Me arrepentí de todo el arrebato y la juventud que derroché sobre esa alfombra; deseando revolcarme en su color carmín como una loca por última vez. Caminé despacio hacia la delicada madera que me separaba del balcón. Los vidrios eran tan débiles como la vista de mis ojos cansados que no daban para distinguir a los vecinos del otro edificio. No era su culpa mi falta de pulcredad, ni la poca idea que tenía sobre la cocina. Ellos se quedaban sostenidos en el viento deteniendo la lluvia y la nieve mientras yo hacía esfuerzos por escuchar.

A veces por puro gusto me paraba en la orilla del balcón y gritaba que este era mi hogar. Tenía que decirle al mundo que aquí viví una corta y fugaz alegría. Me adueñé de las calles, de la gente, de los olores. Me hice guardiana de la neblina y coleccioné centavos tirados en las estaciones del metro.

Mi sello personal nada tenía que ver con la Torre Eiffel; el Paris que viví nada tenía que ver con eso. Lo que mejor retrató mi personalidad era el Senna frente al café. Solía sentarme a solas con un libro y me obligaba a ver; era una mala costumbre beber a medio día e imaginar por donde pasaba la tubería pero no podía detenerme. Notre Dame era el lugar al miraba todas las mañana antes de salir a la uni. Verla me hacía sentir real a pesar de que todo lo otro fuera fantasioso.

De esos días en la ciudad luz sólo queda la sensación de desarraigo a la patria y la obscena necesidad de volver. Extraño el francés como nunca pensé que lo haría. A veces pienso que no volveré hablarlo jamás por temor a perder las últimas palabras que me quedan. Si vuelvo seré muda o moriré en esas tierras porque no tengo forma de regresar el tiempo.

Extraño caminar sin rumbo y perderme entre las calles. Aún en esos tiempos tenía miedo como buena mexicana de los vagos y los secuestros. Sin embargo me sentaba a oscuras con las ratas de la calle y les compartía de mi cigarro con tal de escuchar sus historias. Me arrepiento de no haberme vuelto inmortal, de hacerme omnipresente y seguir allá con todo lo que tengo aquí. Si hubiera sabido que el tiempo seguiría transcurriendo hubiera pintado más, regalado poesías en español malo en el metro, comprado la rebanada de queso que tanto añoré.

París como te guardo en el pecho. Me dan celos los otros que te frecuentan, los que se van pero no te ven. Las otras amantes que tienes encerradas en tus closets, la gente que no busca comprenderte. Insisto, hoy me haces tanta falta que eso me da fuerzas para terminar, para volver a verte aunque eso termine por matarme. Por un segundo sentí que estaba allí de nuevo. Que me acostaba en esa tina vieja y mirada el techo. No hay pobreza ni limitación que no se sienta como mera burguesía dentro de esa tina. Quedarme allí, pensarte. Sentir que eres una persona a quien puedo dedicarle poesías.

Abandonado

Todo salió bien desde el inicio. Me serví un baso de leche fría para ver si me dejaba de raspar la garganta y después me senté frente al ordenador a ver si todo regresaba a la normalidad. Pasaron 10 minutos y nada. Descolgué el teléfono y salí a regar las plantas. Me distraje como pude porque no quería pensar más en lo mismo.

No quería aceptarlo. Pareciera de locos que mi mente tenga que andar a pleito pelado con todos. La primera vez creí que tenía razones de peso para odiarle y tiempo no me desmintió. La traición era el cuchillo que guardó en la alacena hasta el día que decidió clavarlo con fuerza en medio de mi espalda.

La segunda vez fue aún más fraternal. La tentación de una vida distinta a la actual. Irse a buscar la moneda que siempre estuvo atorada en el cajón de su escritorio sin que se diera cuenta. El vacío que pegó en su interior fue sólo una reflexión de lo que allá afuera acecha, confusión y melancolía porque lo que no tenemos. Eterna añoranza por los años dorados que vemos insípidos en el presente.

Subí a mi habitación apresurada. Dejé a propósito en celular en silencio y cerré la puerta para que no me molestaran. No tardan en aparecer las malas noticias en el monitor. Puedo sentir como me ladran desde el otro lado, como están esperando a que me equivoque y así quitarme el hueso de la boca. Quisiera no ser tan ingenua a veces o no existir. A penas prepararme para dejar la placenta y ese mundo cósmico que a veces extraño entre sueños.

Me callo un par de cosas para no hacerte mal. Voy recortando las telarañas del closet para hacerme una capa y volverme invisible. Renuncio a mi libertad si es lo que hace falta para terminar con esto, llamen pronto una ambulancia que no creo que sola pueda sacarme la daga del alma.

Sube el paramédico con todo y camilla. Lo observo mientras me desmayo. La computadora sigue alertándome con las nuevas odiosas entradas. Se acerca a mi para ponerme la mascarilla de oxígeno y antes de que haga otra cosa le pido que me ayude a guardar el profundo sentimiento de abandono que cargo.

El Sueter Viejo

Mi mamá siempre me dice que limpie mi closet, que haga espacio para las cosas buenas de la vida.
Repasa los colores gastados de mis camisas, patea las chanclas que se han echo viejas en la espera de nuevas aventuras. Normalmente no me quejaría tanto de esa simple petición, pero siempre queda una cosa que conservas sólo por remordimiento: el sueter viejo.

Cada vez que se termina la temporada es la misma cantaleta. Los reproches y los jalones de pelos causados por mi desovedienza y las excusas que invento para quedarme con él so innecesarias, en el fondo es un objeto despreciable.

Me lo pruebo, eso que más da. Cada vez me queda más corto porque he crecido a pesar de lo mucho que me dolido hacerlo. Sus colores han perdido la calidez. Ya no hay corazón que se refleje en sus tejidos y el opaco deseo de la envidia a mis otros vestidos le ha carcomido el espíritu que una vez existió. Cansado ha sido el camino de descifrar sus posibles combinaciones, su carencia de forma y estilo han resultado evidentes.

Me miro con el sueter puesto una última vez. Ya no lo quiero. Las remembranzas de mi vida no requieren un amuleto de mal agüero ni de un buitre mensajero que vive acechando en la esquina de mi armario. Que desilusión… me tomó tiempo decidir que era momento para otros de disfrutarlo, personas con un toque más azul o melancólicos, personas que vean prioridades distintas a las mías reflejadas en sus prendas.

Me lo sacó. Como se saca un guerrero un arpón de batalla. Lo arrojo al piso como si se tratara de veneno para ratas. Abrazo a mi madre, no hace falta que le diga lo que siento ella conoce bien este sentimiento.

Adiós al tiempo

Sentí la urgencia de hablar con alguien; de contarle como me arranca las muelas el torturador por las noches. Construyo carreteras con las prominentes arrugas de mi rostro. Desvian los caminos el futuro y derriten las esperanzas. Me escondo dentro de un oscuro refugio para tornados sin alabanzas o riquezas; sólo un saco de huesos y el cráneo de un pensador de tercera.

Me siento sobre la cama con la idea de no despertarte. Respiras despacio y temo tu muerte. Te escondo los pies de los demonios para que no tengan como llevarte con ellos durante mi ausencia. Las persianas están a medio bajar y yo me pregunto si habrá algún número donde pueda llamar a los secuestradores y dejar que me lleven.

Desafié mis instintos y me fui sin que supieras. Surgió sobre mi piel la sospecha de que aquel extraño me persiguió a la cocina mientras iba por agua. Puedo escuchar sus pasos pisar mi sombra. Un sólo sonido que me enferma y me impide regresar a la cama por temor a que sepa en donde encontrarme.

Dejo caer el baso… el tiempo se congela y ahuya de dolor. El criminal tiene el descaro de dejar la evidencia sobre la mesa y no descubre por vergüenza su rostro. La sangre se revuelca entre los desperdicios de mi existencia y a mi me parece gracioso el numerito.
No llamaré a la policía porque pensarían que estoy loca. No mencionaré nada a mi madre que sabe de mis pesadillas ni a ti que por el momento descansas.

Dejo que se marche y se lleve con él el cuerpo del delito. No tengo ganas de seguir viendo al tiempo con una bala metida en los sesos y los senos de fuera. Mujeres promiscuas, quien las entiende… me resultan penosos los asesinatos pasionales y más los que victimizan mi sexo. Me quedo admirando la obra de arte de un completo amateur; de un criminal sin agallas que no puede prometerme la gloria.

Fotografía: DCaballero

Carta a Leandro

Marcado por la vida en medio de sus sienes andaba por la calle cuando nos encontró. La cicatriz de su rostro no era la más profunda de las heridas de su ser. Cuando ese hombre me miró a los ojos dejó que lo que le quedaba de corazón se le desangrara. Su voz era profunda como el sonido de los tambores rumberos que se acobijan en los callejones de la Habana.

Se intrigo por nuestro aspecto forastero, como si fuéramos extraterrestres de una planeta llamado Capitalismo. Me dijo su nombre quedito: Leandro. Del resto de la historia me he ido curando con el tiempo. Sé que todo lo demás que me dijo era mentira; quite las palabras del aire y me quedé sólo con sus intenciones.

Agrio como los mamonsillos en las playas de Varadero eran sus ademanes. Un andar de estrella de los 40´s que bien quisiera imitar. Un Leandro lleno de orgullo, algo que no se puede repetir porque este es el centro de su universo. Con una tonada amena y fuerte sentido del humor que comprueba lo poco que entretiene el dinero cuando se goza de las cosas pequeñas. Negro como una pantera que anida en el centro de la selva. Ágil y siniestra de una forma fascinante. Lo bello era su misterio, el mundo que me construyó y lo convirtió en una leyenda. Tan destruido como esos bellos palacios que caminamos por la madrugada envueltos en un juego de moralidades a medias.

Leandro añorando nuestra vida en un país donde la gente se pudre de hambre y frío; yo cuestionando su sistema político creyendo que lo único que vale es lo que yo conozco. Terminamos seducidos por lo menos obvio de Cuba y caminamos junto a él. La nostalgia que lo acompaña se me metió por la piel y ahora espero las olas que se lleven esta tristeza. Puedo delinear las cadenas que deja el tiempo y las marcas que nos agujeran la espalda hasta que nos desmayemos de chorrear esperanza.

Leandro… buscando un ron que le ofrezca un extraño. Fumando un pitillo que encuentra tirado en la calle. Cuestionando su suerte que se rebela entre las mareas de esos ojos puercos; tormentoso torbellino donde nos encontramos. Decifro como puedo tus pasos y separando motivos para no ahogarme con verdades.

Visceral es la belleza de este enigma tuyo negrito. Hombre que naciste esclavo en tu mente y encerrado en esta isla. Santero que quitas la cabeza de los palomos para beber su sangre y ver si te robas sus alas. Negro y revoltoso como el espíritu de tu nación que se ha alejado del mundo quien le dio la espalda mientras flota por el Caribe.

Perdóname Leandro por el abandono, son abismales los espacios entre nuestro corazones. Te ruego disculpes la covardia de mi alma que hoy marcó el final de la intersección en nuestro caminos que sólo se reunirán en el cielo, si es que existe un Dios más justo.

Memorias de Cuba

Me sonrió con esa forma despreocupada para ahorrase un par de palabras. Tartamudeaba de forma insólita mientras buscaba en su vocabulario la coherencia requerida. Se agarraba los pantalones para evitar que se le cayeran y nosotros pensáramos que ese pobre infeliz no era un verdadero hombre.

Me dibujó en el aire una fantasía. Me habló de la mujer que llama su madre. Quien fuera esa dama que puede no existir, quien fuera ella si no una fotografía. Su voz flaquea mientras la describe, me pregunto si siempre dice lo mismo de ella. Si para cada turista su madre trabaja de locutora en Miami o si otras veces será enfermera o cabaretera.

Se acercó más y yo me di cuenta del obtuso símbolo, la lejanía de nuestras vidas y nuestro pobre entendimiento. Mi corazón no guarda en sí la compasión para quienes han vivido una miseria que no comprendo.

Con sus cansados pasos me construyó a una hija perdida. Un alma blanca que transita a solas las calles de la Habana. Una pequeña que creé conocer lo que significa una oportunidad, alguien que sospecha que existen otros colores y quizá otras formas de vida.

De mi mochila sólo salió una triste pasta dental que di en ofrenda de mi ignorancia. Una forma personal de deslindarme del hecho y fingir que quiero hacer las pases con el injusto demonio quien arrastra a ese pobre hombre con su andadera.

Mitómano, loco, vagabundo, buen hombre que jamás revelaste tu nombre para ver si rezamos por ti. Sé que navegas las calles buscando quien pueda escuchar tu historia, sé que vas en busca de otros que tengan más corazón. Alguien que pueda apreciar una lágrima verdadera.

Fotografía: Diego Caballero

El Gran Truco

Mi sombrero de copa se rompió hace un par de años en medio del espectáculo. El conejo que tenía fue lo primero que escapó cuando se reventaron los globos de colores.

Me senté en la banqueta con mi viejo maletín. Caminé con las medias mordisqueadas y los zapatos sucios. Me asomé entre agujeros y ranuras de metal, guardé los naipes y me saqué todos los trucos de la manga.

Colgué mi chaqueta en la puerta de la casa. Había decidido ya no ser maga, ni bruja, ni rana… nada. Me recosté en la cama de mi abuela y le escribí una carta.

“Querida abuela:

A donde van los conejos? El mio esta perdido y no me gustaría saber que está donde dice mi madre que tu pasas las vacaciones; hace mucho tiempo que no vienes de visita y también te extraño…”

– Pero que linda carta.

Solté la pluma y el papel. Lo miré de cerca y sus antenas acariciaron mis dedos. Ingenua pensé que podría guardarlo en mi mano, quería escucharlo cantar hasta quedarme dormida.

– Damas y Caballeros, están preparados para ver algo nunca antes visto?

Inhalé hondo una última vez, jale un poco mi saco para ajustar la flexibilidad de mi brazo e hice una pausa para escucharlos respirar. Fue la sorpresa, la falta de aliento, ese pequeño salto sobre mi hombro… quizá esa sonrisa.

La magia era verde, serpentinas de colores; recuerdo los aplausos, mi alegría. Y después de todo eso, la sorpresa para mi fue cuando desperté años después y ese saltamontes seguía dentro del bolso derecho de mi pantalón.

Cluastrofobia

Reía. Celebraba alegre que hubiéramos regresado de esa recóndita isla donde dejé mis vestidos florales y lo que quedó de la pasta de dientes. No me traje los corales que recogí porque pensé que podrían hacerle falta alguien o que les daría nostalgia la lejanía del mar.

Dejé que otros cortaran el pastel porque no había espacio para esa última rebanada en mi corazón. Dejé de escuchar los sonidos, la música, mis propios pensamientos.

Me acerqué lo más que pude a la salida, no dejé que la flaca me abriera la puerta ni que me asustará con ese feo arpón que usa durante las festividades. Emprendí el camino, adentrarse en las garras de los sedantes y sus variantes me hizo pensar que el cerebro se derretiría mientras caminaba por el frío mármol del mortuorio.

Excavaron con sus palas un par de horas mientras me amarraron en posición. Me informaron que mi madre no vendría y que mi ADN se borraría de la tierra hasta que olvidara por completo quien soy.

Me sepultaron en medio del llanto esas almas insensibles, no píldoras, no sueros, no visitas o palabras de aliento. Se enmascararon antes de que pudiera verlas a los ojos y demostrarles mi desprecio. Cada una de sus punzadas era una nueva navaja encajada en mi pecho y sus preguntas técnicas las jeringas que hicieron explotar mis venas del brazo izquierdo.

La soledad y el frío me calcinó. Vi los cuadros de césped acomodarse sobre mi cabeza. Se fueron acabando el oxígeno y oscureciendo mi juicio, perdí el sentido del ser en ese pasillo.

Claustrofobia, la falta del espacio vital para estirar las alas. Estaba segura que Dios no me encontraría en ese lugar, que me dejaría a pudrirme a mi suerte si no hacía algo al respecto.

Las corrientes del pesar me empujaron por esos solitarios pasillos. Lo único que vi con claridad fue mi tumba desde el fondo. Las luces se alejaron de mi y supe entonces que no habría túnel al final de este camino. El diablo me miro a los ojos y afiló los cuchillos; subió su tapabocas y me despidió aumentando los gases alucinógenos. El fuego de sus ojos fueron las bofetadas que terminaron con el dolor de esta pronunciada muerte que ahora aprieta fuertemente mi pecho contra el tórax.

Ese demonio que no me permite llorar o reír, que me ha quitado el aliento con cada suspiro. El verdadero Satanás que dejará que mejore lentamente mientras intento encontrar la salida de este purgatorio.

La Palabra Perfecta

Recibo una invitación. El sobre, perfecto, con mi nombre gravado en letras de oro, me arranca una sonrisa por el tan elegante convite. El asunto, aunque corto, no dejó de ser conciso y contundente, yo Amelia, he sido invitada a la fiesta del universo.

Como buena niña, me preparo con anticipación para elegir el mejor de mis vestidos y los más elegantes tacones que poseo, no me gustaría no estar vestida para la ocasión. Reniego un rato con mi pelo rizado que más alborotado que yo, no me permite peinarlo. Del baúl de los recuerdos saco un prendedor que diga fuerte y claro lo que he sido. Me desmaquillo con cuidado para borrar los restos de esas máscaras que alguna vez pensé me resguardaban del frío… no hace falta un disfraz de estos, después de todo alguien ya me ha elegido.

Mis pendientes de estrellas descansan pacientes sobre mis oídos que a diferencia de otros días están dispuestos a escuchar. Collares de perlas para ahuyentar a mis enemigos y el toque final: unas medias de seda que tanto me recuerdan a mi abuela.

El carruaje espera afuera, parece que estoy lista…

¡esperen! Olvido lo más importante: ¡el regalo!

Como enloquecida busco en el armario de mi tía un regalo viejo que pueda servirme sin éxito alguno, después de todo que se le puede dar al universo.

A punto estaba de ya no ir, de rendirme por completo y quedarme en mi casa cuando de la nada tuve una idea.

Apresurada me fui, el tiempo perdido hizo que no llegara a la hora exacta. Los guardias estaban por cerrar la puerta y de un zarpazo los detuve: perdone usted señor universo, no fue mi intención ser impuntual, pero puede imaginarse que no es fácil venir a presentarse frente a semejante eminencia.

– Lo bueno es que has llegado… anda pasa

– No quisiera hacerlo sin antes decirle que le he traído algo especial…

Una insignificante pluma y un roto pedazo de papel es lo que mis temerosas manos le ofrecen.

El me mira complacido y como buen anfitrión no me dejó hacer alarde de mi tremendo regalo.