Cierra los ojos

Cierra los ojos,
pide un deseo.
Pide algo rico;
algo que sea esponjado,
algo que me puedas convidar
para que no me quede con ganas.

Dame la mano,
caminemos por las calles empedradas.
Susúrrame al oído la canción
que compusiste el otro día para mi.

Amame, dame un besito en la mejilla.
Di mi nombre un par de veces,
y descubre lo poco que sabes de mi
cuanto canto junto al río.

Fotografía: Diego Caballero

Viaje Astral

Me recordó a mi abuela, a la única.

El departamento era acogedor. Ordenado de una forma maternal con cierta nostalgia por el pasado estancada en el comedor. Una larga tonada clásica que se trasgiversó en una obligada modernidad que ahora contemplo en verdes tonalidades.

Recorro los surcos del colorido tapete con los tentáculos de mi imaginación. Aspiro hondo en busca de su perfume; de sus verdes ojos que ahora se han azulado en el rostro de la querida Gabriela.

Me alejé del cuarto. Brinqué del precipicio de este alto edificio. Me ausenté, porque lo que más me cautivó fue su normalidad, los entrelazados caminos del destino a quienes regaló girasoles.

La busqué, la busqué en medio de un mundo de extraños. En sus detalles y sus cuchicheos descifré su verdad para escribirles una canción.

Me dieron ganas de abrazarla, de contarle como es él… que pudieran platicar a pesar de que ella nunca escuchó bien. Me dieron ganas de traer mis colores, de ponerle morados y naranjas al cielo gris para pensar que ella me sonríe.

Fotografía de Victoriadosanjos.

Acusada

Acusado es el poeta por los mortales,
por los aún soberbios y egoístas,
por los carentes de un mundo propio,
de uno que puedan llamar suyo.

Acusado el artista de su modus vivendus,
de la forma en que mira con otros ojos lo mundano,
de las cosas que recolecta del tiempo y la arena.

Acusado es el enamorado de idiota,
de haber sido traicionado por sus emociones,
de ser débil y ahora presa de un erotismo que sacia a solas,
de amar algo divino y no terrenal.

Que griten al viento mi nombre,
que me llamen lo que quieran,
mi padre solía hacerlo y de nada le sirvió.

Péguenme con el desprecio,
soy como un perro faldero,
uno fiel, uno que vuelve.

Hago lo que hago porque así soy,
que me lleven por cometer un delito de pasión,
esta inmunda libertad no la quiero,
déjenme en la celda donde pueda gozar de mi esencia: el ARTE.

Fotografía de antoniolite, Gracias!!!

Araña

Suaves medias satinas color negras como sus fantasías.
Labios rojos Chanel que no dejan rastro para que los sigan las ratas
y que no se despintan de tus mejillas cuando me voy de tu lado.

Me cubro el rostro como la viuda negra para nadie me vea llorar…
para que no vean como te extraño mientras sólo te encuentras en la otra habitación.

Me avergüenzo de mi pasado, de los otros hombres que frecuenten mientras te esperaba,
el autoengaño que eso provocó y que ahora me han vuelto una mujer despreciable.
Me tomas de la mano de cualquier forma y me sacas a pasear aunque lo que dicen es lo peor.
Susurran a mis espaldas esos falsos lamentos de nostalgia,
hombres que nunca supieron amarme como tú, hombres que sólo me humillaron.

Descarados los que aún osan marcarme para gritar mi nombre,
mentiras que pudren esa dulzura tuya,
déspotas, malditos, hijos de puta… condenados rabiosos que por culpa de su complejo de Electra
creen que yo soy igual de piruja que su madre.

Fea y podrida como una tarantula es mi alma sin ti.
Grises son mis días y mi vida vacía.
Sin tí, ni el café de la mañana tines sabor…
sin mi sol, sólo soy una araña… una maldita obsesión.

La Carnicería

Me esperaron con reloj en mano para empezar a comer.
Cuando abrí la puerta sabía que era demasiado tarde y no habría manera de salvarme de mi castigo.

El ruido de las llaves me delató o quizá fue el sonido de mis temblorosos tacones, el perfume natural de mi pelo sobre mis hombros.

Me esperaron pacientes a que abriera la puerta, soy una mujer de palabra y no huiré por más miedo que tenga.

Me acompañaron hasta el calabozo que tenían preparado para la tortura, un lugar lleno de cierras eléctricas y torsos de vacas colgadas que se desangraban de forma perversa sobre el frío piso de cemento.
Sentí lastima por esos pedazos de carne, no faltaba mucho para que yo formara parte de su culto.
Un silencio morbosos que haría que otros me saborearan suculenta como una chuleta de primera. Previamente me disculpo por el sabor de mi carne, siempre he sido una mulata de tercera y esas cosas nunca se esconden bien para el paladar. Así como una gata mojada por un carro que se encuentra un charco en su camino, así he sido marcada con la terrible maldición del vagabundo.

El camino de la puerta a mi destino no duró mucho. Como un bolado se decidió la cosa, como irrelevante se tomó mi vida y a manos de un carnicero he de terminarla. Espero de menos servir de entremés, un suculento bife que puedan degustar la realeza y sus acompañantes. Que de algo sirvan todos estos años y el sufrimiento, que no sea todo tan pasajero como mi forma humana.

Tomé mi lugar, el jefe del grupo tomó su hacha más filosa. Me miró con emoción, la única vez que sentí que alguien estaba orgulloso de mi. La piel se me enchinó y sentí mis bragas mojarse un poco por toda la pasión que se desató. Si me hubieran dado permiso me hubiera masturbado una última vez.

Suspiré, dejé ir todo. Conté hasta 3.

3, 2, 1…

La hora del Té

Dio la hora. Me miraste con esos ojos amarillos perdidos en señal de disculpa.
No te dije nada porque no tenía caso molestarte con mis cosas, supongo que bastantes sermones ya te dio tu mamá y no es mi lugar.

Nos sentamos al rededor de tu mesa a charlar un poco sobre la vida, sobre los recuerdos, sobre el olvido.
Encerramos a los perros y las formalidades en el patio. Nos trajeron el té las mucamas perfectamente uniformadas con caras de zombies.
Los pastelillos y las tartas sobre la mesa me recordaron a mi abuela materna, a sus manos de seda y su melódica voz.

Como dos jóvenes rebeldes de sociedad nos enfrentamos a nuestras apariencias a la hora del té. Hablamos de lo inusual, de nosotras.
Espolvoreas tu nariz pensando que no puedo darme cuenta, veo como la helada nieve cae desde las alturas y se espolvorea sobre los bocadillos.
El aliento podrido de tus palabras con sabores a químico danzan dentro de mis oídos.
Decadencia echa vestuario, frialdad hecha banalidad, miedo… que más querías que sintiera.

El chofer nos interrumpe con tu encargo. Te levantas nerviosa de tu lugar y lo jalas del brazo para ocultarse tras las macetas.
No necesito escucharte para saber que te has quedado sin soda y ahora no tienes idea como vas a terminar el día.
Lo regañas, el pobre no puede hacer nada. Quien iba a pensar que agarrarían al desgraciado en la dulcería.

– Ni modo – Me digo, terminaremos antes de lo previsto nuestro encuentro.
Me cuesta trabajo sorber el último trago y dejarte casi desmayada mientras golpeas al chofer.

FOTOGRAFÍA de marcevte

Danilo

Perdió la razón. Desapareció la realidad. Pobre Danilo, su madre no lo encuentra.

El reloj marcó la misma hora que aquella tarde cuando mi padre se decidió. Un disco rayado, una repetición tras otra, el mismo instante, lo peor.

La cargo en sus propios brazos porque ella no respondía al llamado del loquero. No lo culpo, desde que lo contrataron dijo que él no se metía en disputas familiares. Se hizo a un lado cuando ella comenzó a gritar, a culparlo de la misteriosa desaparición de su hijo el más pequeño.

– Señor, no se enfade con ella; llevarle la contraria no la hará reaccionar.

– Absténgase de comentar cualquier cosa si no piensa hacer algo al respecto. Con lo que cobra debería usted mismo hacerla entrar en razón. Un profesional como usted debería tener vergüenza de dejar a mis pobres hijos pasar por esto.

No puedo soportar la conversación. Dejo la mochila en el vestíbulo y abro la puerta para verla antes de que le haga daño. Antes de que se perdiera su figura dentro de ese obscuro sótano.

– ¡Madre!

Ella no volteó. Estaba como muerta sobre el hombro de mi padre. El loquero con su bata blanca se interpuso entre mi frágil cuerpo y el barandal.

– ¡Madre!

– ¡Carajo Adela! ¡Deja de gritarle a tu madre que no te escucha!

– Pero papá… ¿qué le has hecho que no responde?

– No me acuses de cosas como esa Adela.

No hay explicaciones. No hay nada más que cojines blancos dentro de la nueva celda de mi madre.
Las escaleras están cubiertas de un material esponjoso y resbaladizo como si quisieran que alguien rodara por ellas. Una tumba perpetua donde la enterraríamos en vida.

Danilo, hablan de un tal Danilo que no conozco. Me atrevo a desobedecer a mi padre y bajo un escalón más. Quiero retarlo, que confiese su tremendo pecado.

– ¿Quién es Danilo? Te escuché hablando de él. ¿Qué es él de mi madre?

– ¡En verdad quieres saber la verdad! ¿Me estás retando? Primero que nada que quede claro que la encierro en este agujero por tú bien y el de tus hermanos. Que tu madre sea una mala madre no es culpa mía; para tu información el puto Danilo es el bastardo imaginario de tu madre. El único de sus hijos al que recuerda y la pesadilla que me sigue durante el día.

La ira en sus palabras, sus ojos azules destrozándose como un vidrio que se acaba de romper contra la paredes, la desolación… Esa confrontación de realidades y de mundos incomprensibles para mí. Una madre que ama a un hijo que no existe y que olvida una familia. Una madre que olvidé ese mismo día según me cuenta el loquero que estuvo frente a mi todo el tiempo.

No la recuerdo, no puedo. Sus ojos perdidos, su lánguido cuerpo postrado sobre mi padre; su olvido mi más tremendo dolor.

Toma el llavero Abuelita

Toma el llavero abuelita,
quiero que me enseñes tu ropero.
Dicen los otros nietos que tienes collares de perlas.

Desempolvo los albumes de fotografías en blanco y negro,
difícil no darse cuenta que se trata de un pasado lejano;
uno sincelado de secretos sobres las rocas que el río no se llevó.

Quito de la silla tus sombreros,
huele a mar, a ese mar que cruzaste una vez en barco
en busca de otras tierras.

Toma el llavero abuelita,
dicen que ha llegado la hora.
Irreversible el destino de tu cuerpo
que pierde rápido su calor frente a mi.

Guardo las dos lágrimas que me sobran
en tu bolso de mano, que te acompañen en tu nuevo camino.
Te ponen los zapatos junto a la camilla,
afuera se acercan las luces de los distantes faros.

Toma el llavero abuelita,
anda, no hagas la espera más larga,
que aguardar lo inevitable nunca ha sido mi fuerte.

Postrada en esa camilla de hospital,
tan muerta, tan carente de alma, tan sin tí.
Comienzo a desconocerte abuelita,
simplemente no quepo en ese ropero.

Los secretos se derraman sobre las flores,
su perfume impregna la duda, la pérdida.
Adiós abuelita; no digas nada con gusto te cuido el ropero.

Fotografía por stikoe

Hot Cakes

Lo imagino suave, redondo.
Lo veo de colores dar vueltas en mi cabeza.
Le pierdo el gusto a lo demás,
a lo salado al gusto;
a lo que corta mis labios como navajas.

Despertando en una mañana que le hacen falta horas,
la presión del reloj que no hace otra cosa que gritar.
Se caen de la mesa los papeles,
y se salen los animales del arca de Neó;
como si a nadie le importaran lo diluvios.

El teléfono quiere llamar mi atención con sus alaridos.
No hay nadie que responda al otro lado y
para colmo las escaleras de emergencia están en llamas.

Los imagino de nuevo, cálidos, dulces.
Apago el despertador y regreso a la cama.
Cierro las persianas y me rehuso a saber que día es,
me recuesto en tu pecho y termino mi existencia.

Fotografía por chOpki

El Espía

Algo ha pasado en la casa de enfrente,
creo que es culpa de las ratas que me he dado cuenta.
Dicen los vecinos que no se trataba de nadie interesante o distinto,
me pregunto si ellas entenderán las barbaridades que dicen.

La policía no se molestó en venir a ver el triste final de un desconocido.
No parece haber señales de atentados bárbaros,
sólo un simple adiós de otro atormentado más de esta minimetrópolis.

No tiene familiares ni amigos,
ni el tipo que compartía el baño con él lo extraña…
Menos mal que está muerto y no puede vernos
que le daría tristeza su caso.

Desde el tercer piso donde vivo sólo se escuchaba ese distante violín,
ahora no habrá quien de ese melancólico sabor a mi café de media tarde.
No tendré quien me espíe desde su cuarto
y se masturbe pensando en un mundo más placentero;
uno que no lo desconozca.

Aliviada debería de estar de haberme deshecho de un pervertido,
o al menos eso es lo que comentan en las calles.
La verdad es que yo lo hecho de menos;
esos ojos grandes y estrafalarios,
la sensación de que me observa
aquí en la tierra un ángel negro de la guarda.

Fotografía por R.dinali