Si el viento me lo pide

Somos el reflejo de un otoño largo y cansado, el suspiro de un cálido verano del que me hubiera gustado guardar algún nítido recuerdo. Esos días que caminé por la playa sin sandalias para sentir la arena y rabiar de manera descomunal al notar mi verdadera diminuta dimensión.

Un helado invierno, cortante y sinuoso, ventiscas arrolladoras que congelan mis lágrimas. Soy un espejismo, soy una irrealidad, soy la muerte. Primavera, retoño y vivacidad que espero no perder o estar derrochando de más. Me siento como un niña extraviada en medio de la floresta, me siento indiferente ante las penetrantes miradas de estos mutantes que se dejan llamar humanos, me siento capaz de perder la razón si el viento me lo pide.

Vaya tiempo… vaya hombre, vaya condena.

Soneto

Te miro de lejos con ganas de no quebrar tus alas, de no robarte el aire que ha de empujarte otro día lejos de mí. Aún aguardo paciente por noticias que traerá el viento a su debido tiempo, si es necesario tomar un píldora, que elijan por mi.

Yo estoy agotada y sin comprender a quien debo ocultarle las cosas que siento. Camino con los ojos cerrados por una vereda angosta con temor de caer al río del que nadie ha de rescatarme. Lucho contra dragones en los intermedios de las películas, ironía que sean románticas, infame que haya dejado que otros las escriban para mí. En el fondo ya había perdido la esperanza de encontrarnos porque no estaba segura si tendría que mostrarme honesta o viviríamos montados en una farsa.

Inerte como una hoja que cae de los árboles muertos de mis otoños, te rejunto con cuidado para no hacerte polvo antes de que toques el suelo. Te acerco a mis labios para empaparte con sus recuerdos, para mentirte sin tregua acerca de su verdadero paradero.

Apago la luna para que no nos moleste esta noche antes de que aúllen los lobos. Te transformas de camino a tu estudio en 20 criaturas distintas. Quieres engañarme y confundirme con tu verdadera naturaleza, dices ser un hombre pero a veces te observo y no estoy tan segura. Mi fascinación por ti y tus largas extremidades me ha trastornado de tal forma que no se si podré querer a otros después de ti. Si aprenderá a separar el tiempo y conocerte real sin cuestionarme.

Quiero entender que has hecho y donde has estado. Darte la oportunidad de que me muestres tu alma sin antes juzgarla para que no te sientas en desventaja. Hablaré con tus secretos arrumbados en los cajones que iré desempolvando para guardar nuevos que puedas contar a tu madre.

Sin querer me haces salir de mis casillas, de ese centro cómodo donde no pueden herirme aquellos que me adoran. Me resigno y dejo mis zapatos junto a la puerta. Tengo que ser de carne y hueso para poder morir, tengo que llorar durante el verano para que germine la cosecha en los áridos campos, tengo que ser vulnerable si quiero algún día volver amar.

Te dejo a solas en la otra habitación para que medites acerca del silencio. Dormiré en tu cama como la guardiana de tus sabanas y lo demás lo ocultaré bajo la cama.

En llamas

El teléfono suena en la otra habitación. Nadie contesta, estoy sólo y la casa está en llamas. El fuego arrancó mi piel en cachos, las yagas sangran manchando el piso, mis gritos son inútiles, se consumen como el aire entre el humo. Me desvanezco lento, la muerte rápida nunca ha sido trágica.

 

Rezo, ya sin fe, todos mis miedos se destapan al ver caer el techo encendido; bombas y mísiles caen sobre mi cabeza, el infierno está en llamas.

Veo como se desangra mi vida sobre mis brazos; afuera llueve, mis ojos no distinguen su color, es roja eso lo sé.

 

El teléfono sigue sonando, ¡me muero tan lento!, soy sólo restos de existencia. Quisiera atender, podrías ser tú; o quizá la vida que se despide de mi y yo sólo puedo vomitar sangre. Posiblemente me queden diez segundos más de vida, nueve arrepentimientos, ocho caras que recordar, siente ventanas y seis puertas, cinco historias me caen encima, escucho cuatro canciones para tres palabras de amor, dos por un momento, ahora sólo quedan uno.

Ya no tengo rostro, ni piernas ni vida.

 

Ahora nadie me tendrá que levantar por la mañana, ya no existiré. Me estoy cayendo bajo las escaleras, ya no tendré de que preocuparme en confiar, ya ni siquiera volveré a escuchar el teléfono.

 

La casa es una ruina encendida, yo desaparezco sin misericordia. Ya no tendré que dormir, estoy explotando a falta de oxigeno, ya ni siquiera tengo ojos que cerrar.

Dislexica

Escribiendo las respuestas del examen en un acordeón con las letras volteadas me di cuenta que mi terrible mal; ese regalo que me había dado el diablo según las monjas de mi primaria, no tenía nada de malo. La presión de ser una pequeña dama de 7 años con moños y comprender el ABC  de corazón  me hicieron dudar que fueran correctas esas respuestas; así que mejor tire a la basura esos papeles y aprendí lo que pude. Racionalizar las lecciones no las hace más comprensibles, no es que seamos disléxicos; es que quizá leemos otras cosas entre las líneas.

Descarte toda posibilidad de encajar o de si quiera escribir algo que valiera la pena porque no me sienta bien el fracaso. Me comí la luz y luego dejé que emanara de mi lo que podía; no soy ninguna clase de Cristo pero los eclipses que se generan a mi paso me llenan de momentum.

Soy disléxica porque no logro memorizar reglas, porque no logro concebir los límites y detesto los cubículos de oficina. He sido en este par de vidas una mal criada, una mala hija, la gemela diabólica, la tonta, la redundancia, la media, lo opuesto. Tristemente soy la chica que no sabe nada sobre la música de ahora, la que no tiene ganas de subirse a una montaña rusa, la que no sabe mentir.

Una cosa buena es todo lo que hace falta al momento de declararse completamente loco, o como prefiero definirlo yo: original. Las verdades siempre terminan por ser mentiras, como los listos siempre terminan sintiéndose tontos o los buenos malos por culpa de vanos arrepentimientos.

Disléxica es honesta, pero no es la verdad. Disléxica es poeta pero no sabe rimar porque siempre se me ha hecho eso mundano. Disléxica suele definirse la gente con una condición o problema, yo soy disléxica porque trasgiverso sentimientos para volverlos reales.