Historias Cortas

Isla Blanca

De entre la quietud del mar apareció como un tremendo fuego aquel volcán.

Sus humaredas hacían señas de rescate a la barca que tomé para llegar a nuestro reencuentro.

A medida que me acercaba a él podía escuchar su voz y su cantar al oído. Habían pasado siglos de nuestro último encuentro. Casi no lo reconocí a lo lejos, pero él no perdió de vista nuestro camino. Con la suave brisa acarició mi piel y en ese instante supe que él me recordaba tal y como fuimos tiempo atrás.

Lloré inexplicablemente cuando me contó sobre su perpetua soledad y de su reconciliación con el destino que lo dejó allí para volverse su propia fuente de vida. Su voz tan tierna y familiar dejó un eco estruendoso en mi interior. Con un solo soplo ahuyentó los miedos y la lluvia. Lo miré justo en el ojo del cráter donde vi mi propia alma y supe que no éramos dos sino uno. Un lazo fraternal y complementario, implícito y puro; yo era el volcán. Yo era lava caliente, esa isla blanca de cal en soledad.

Por eso es que odio al tiempo y al viento.
Por eso es que temo a la velocidad, yo solo puedo aferrarme a la furia para que no se apague la flama que vive en mi.

Bendito regalo el venir y traerte estas lágrimas a pesar de las distancias y los mares que nos separan. Caminar y contarte sobre mis propios fracasos y triunfos. Apartados por el deseo de aventura, el también me miró complacido al saber que algo de él también se encontraba trotando el mundo en busca de más.

Que nunca olvidemos quienes somos y como llegamos hasta aquí. De polvo de estrellas y de arena seremos porque de eso son los ancestros y los sueños.