Inspiración, Poemas

El imaginario

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Después de un inimaginable terror pude mirar el cielo y fue cuando por fin comprendí todo. Sabía que estaba por terminar y que sólo me quedaban unos cuantos segundos porque así es esto siempre… Cuando al fin comprendes, abre los ojos y lo olvidas todo de nuevo.

Esa ansiedad que me incitaba a aferrarme a lo terrenal, a lo que en un momento tenía sentido, me jugó sucio y se escondió entre las sombras para sacarme un susto. Yo y mi ego, asegurándonos que teníamos que permanecer en control de una verdad que de la nada ya no me pertenecía.

Sentía que al arrojar los remos al mar me perdería en un viaje del que no podría volver ni aunque quisiera. Sentí miedo, porque de pronto me vi con tantas cosas que podía perder… Recordé las otras veces que también me sentí aterrada. Cuanto resentía la falta de realidad, esa vulnerabilidad absoluta de no saber si existes o si apenas y sabes cómo gatear.

Era deslumbrante ese amanecer. Ese renacer de la oscuridad que alguna vez sintió mi mente. Ahora corría, galopaba, intentaba con todo mi ser llegar hasta donde sabía que se encontraba mi mente, con otro cuerpo y con otras extremidades que me brotaron.

Mi cerebro se estremecía, pero de una forma divina y alegre de la cual se exprimían colores que pintaron los cielos. Me liberé, salí sin querer de esa cárcel propia a donde incluso intenté llevar a quien me amaba con todas sus fuerzas. Porque a veces hacemos eso, nos jalamos en lugar de empujarnos para poder respirar. Nada tiene que ver el espacio en los sentimientos, se pueden estar cruzando universos y fronteras pero nunca separaremos dos almas que se han encontrado.

Lo demás fue todavía más disparatado, porque ahora en medio de esa playa virgen sólo caminábamos los dos. Entre las olas y arena había una cama del tamaño perfecto para nosotros, en donde nos recostamos y miramos el cielo que nos habló. Ya no éramos sólo tú y yo, ya no éramos sólo este cuerpo material; era la perfecta explicación para alguien que sabe qué se siente estar flotando en el espacio.

Nuestros ojos eran las ventanas ideales para esos movimientos cadenciosos de las nubes que creamos para decirnos en toda la expresión de la palabra: TE AMO.

Era feliz, era inmensamente feliz de saber que esto estaba pasando aunque no lo entendiera. Adueñarme de la confianza que sabía que llevaba dentro, para conquistar todas esas fronteras que plantaron en mi cerebro cuando era niña. Ya no tenía que ser esos miedos de mi madre o de mi padre, ya no era esas frases hechas por mis abuelos, ni lo que la sociedad quería de mí. Era yo, una hija rebelde, alguien que estaba mal y en el mismo sentido estaba bien. Amelia… ese era mi nombre y el mar lo gritaba.

Me sentía tan valiente que aprendí a caminar. Mi ego se fue y admití en voz alta que extrañaba a mis ancestros y a mis antecesores. Esperaba con ansias reunirme con los astros y volverme polvo, aunque no entendiera nada de eso.

Amaba. Con los dedos cursaba las imaginarias montañas del horizonte. Cantaba con júbilo una canción que le dediqué a la vida y, sólo me abracé de él, como si el mundo pudiera acabarse en ese momento… Lo único que terminó pasando fue el sentimiento, fueron las visiones; los brincos que da el estómago cuando siente que está por subir la culebra y ataca el veneno de la mente. Era como si de ahora en adelante lo fuera a hacer una vez cada tanto para recordar cómo nacimos y moriremos algún día.

Cuando desperté ya no éramos los mismos, aunque nos costara trabajo acoplarnos, ya no éramos esos individuos de la noche pasada. Eso que vivimos nos unió en una completa gratitud.