Poemas, Poesía

La Princesa

ff691cf93c875e1e4f45036f611d3afd

Luna era una princesa que todo lo tenía. Una de esas de cuentos de hadas, con caireles rubios. Sus ojos eran del color del alma y su piel de porcelana; pecas cubrían sus hombros y la adornaba una sonrisa maravillosa. Luna era un tesoro oculto dentro de una torre arrumbada en el fin del mundo donde todo era oscuridad.

Sus noches eran largas y sus pesadillas densas. Las estrellas no le alcanzaban al alba para despejar las nubes del pasado. Abandonada a su suerte por un rey y una reina que no sabía si regresarían de su misión en las frías tierras de Neptuno.

Ella miraba por la ventana del faro. esperando noticias de sus queridos padres. Nunca pasaba nada, pero ella igual subía y se ponía a escuchar el mar. Si al menos no regresaban, podía entonar la melodía que le susurraba.

Una de esas veces, después de muchos años, llegó una gaviota con malas noticias: su padre había enloquecido al perder a su madre en medio de un laberinto. A la reina se le escuchó gritar por un par de días, pero después su voz se apagó y ahora es el silencio el que reina en esas tierras de melancolía.

El rey, se había vuelto un vagabundo que quería regalar las joyas de la corona a un grupo de hienas y les decía que nada valía su vida; que nada valía la pena. La joven princesa se sintió herida. ¿Cómo aquél hombre aseguraba que no valía nada, si allí estaba ella esperándolo?

A falta de abrazos y cuentos para dormir, la niña se acurrucó entre dolores y espejismos del pasado. Sufrió la muerte de un padre y de una madre, hasta que creció y ese dolor se convirtió en odio. Odio porque era injusto que ella, no había tenido nunca lo más importante que era el amor.

El castillo se volvió un lugar lúgubre y escabroso. Se perdieron los días y los años debajo de los anticuados muebles. Su piel se tornó dura por culpa de la oscuridad y sus ojos perdieron la inocencia para construirle una muralla. Sobre ese muro fue edificando su persona, cubierta en lamentos y reproches. Torres inmensas de ladrillos y ladrillos que terminaron uniendo esa construcción con el laberinto aquel del que venía huyendo. Tan perdida como esos monarcas, tan sola como cada loco…

Sin ver el sol, sin conocer el mundo exterior, se topó un día con la parte más ancha del muro. Le llamó la atención porque tenía grietas porosas como si fuera el mar que las había carcomido. Al pensar en eso le vinieron recuerdos de cuando vivía cerca del mar y escuchaba como tronaban las olas. Olió la sal en cada roca y acercó su rostro para sentir el contacto entre su piel y el mar que tanto había extrañado. Lloró, porque del todo esa imagen era pasajera. Esa no era la libertad, ese no era el amor.

Mientras corrían de su rostro las lágrimas, sintió que había escuchado un quejido del otro lado. Su corazón revivió al pensar que podía ser su madre o su padre, cualquier persona dispuesta a escuchar su tragedia y a ofrecerle un abrazo. Se paró. Se limpió el rostro y respiró tan profundo que en su interior sintió que era capaz de todo.

Con el peso de su cuerpo y el de todos los planetas que le habían regalado su piedad, ella empujó y empujó. Al primer intentó cayó al piso. Notó que se había raspado las rodillas, pero se limpió con un poco de saliva y siguió. Al segundo intento nada ocurrió; el quejido parecía alejarse y sintió ganas de dejarlo ir. Molesta se alejó también. Se regañó por haberse permitido una ilusión, ella ya sabía que la vida siempre le daba su peor cara y que esta no sería la excepción.

Se quedó sentada, molesta y distante. Se quedó haciéndose más daño, pensando que jamás lograría nada. Le vinieron a la mente muchas razones para rendirse; peleas del pasado y reproches tontos y juveniles. Esa ira sin embargo le reveló que también habían tenido tiempos mejores. Que no muy atrás se habían abrazado y habían sido una familia. Repasó pasajes ocultos y se vio capaz de seguir viviendo a pesar de todo. Sus padres habían creado una princesa que estaba lista para reinar su propia vida. Una mujer que sería capaz de derribar muros y de seguir adelante; de amar y de formar algún día su propia familia.

Esa princesa vio brillar algo en su interior que le dio el poder que requería para empujar esas paredes. Con cada centímetro que la pared se movía, su cuerpo entero se estremecía y siguió luchando hasta que se derrumbó, creando una nube de polvo que le impidió mirar de inmediato.

Se disipó la polvareda. Apareció otro mundo; era el paraíso. Sí, aún estaba sola y sí, aún estaba algo triste pero estaba en calma y se sentía segura fuera de su fortaleza de roca; era el momento de respirar y aprender de memoria el aroma de las flores. Quería correr por los interminables pastizales y cantar a todo pulmón pues sabía que al fin había comprendido que por más lejos que pudieran estar el rey y la reina; ellos siempre estaría con ella, dentro de ella.