Inspiración, Poemas

Sol y Luna

la-luna-y-el-sol

Me miré, o al menos creí que esa que veía era yo.

Parte de mí lo intuyó porque aún no compartíamos el mismo rostro ni el mismo ser; nos sentíamos unidas por algo más profundo que la casualidad.

No podría asegurar cuál de las dos era la verdadera, porque yo era esas dos personas…

Por un lado el sol, luminoso y alegre; un fuego capaz de todo. Una mujer con la fuerza que enciende mundos y que trasciende los espacios. Toda es energía para ser adorada y rodeada como si se tratara de una estrella de cine; maquinada para el otro, para ser el otro mientras era yo. Esa capacidad casi camaleónica de ser lo que se requiera… una de mis más grandes cualidades.

Del otro la luna, la oscuridad del inframundo y las profundidades de océanos desconocidos, incluso para buzos experimentados. Era la melancolía, ese azul que había invadido desde pequeña mi vida y con el cual siempre he tenido que conciliar cuando he querido escapar de esta tierra que me aprisiona.

La venda cayó de los ojos y, la sombra que vi, era ojerosa y oscura. Sentí la necesidad de abrazarme para sentirme completa y fue la primera vez que respiré después de tantos años. Vino a mi mente el recuerdo de esos sueños de juventud, cuando tomé mi poder y me ofrecí a resguardarme en lo más interno, con la completa convicción de que nadie podría conocerme, sólo yo.

Como un regalo que administras en pequeñas dosis, con la minuciosidad de un científico que cuida de una especia en extinción. Adecuándome a la cantidad ideal de dolor, vacunándome con la ignorancia de una juventud dormida y ahora, despertar siendo adulta sin comprender como llegó a mí esta misión, esa niña, esta mujer; la otra mitad, la luna.

Camino despacio hacia la reunión, yo siendo esas dos y deseando conocerlas a cada una por separado. Ya sin tener la forma de culpar a los otros de todos mis enredos y de todas mis batallas, destruyendo miedos titánicos que gracias al fuego no pudieron congelarme.

Había estado toda la vida cargando con esos reproches y esos regaños, con esas voces que me gritan que algo faltaba, albergado en el alma esos “no”, que no eran para mí. Es como descubrir que a pesar de todo ese tiempo que anhelaba las respuestas, ellas me encontrarían y ahora me daría más pesar no poder volver a dormir… La incertidumbre de lo que pueda quedar de nosotras me aterra más que la ignorancia.

Me siento débil, susceptible e incrédula… dijeron que esos serían los síntomas; pero al mirarme en esos ojos de sol y luna, sé que me estoy viendo tan verídicamente que seguiré adelante con lo que me cueste.

Nos tocamos, no pudimos decirnos mucho porque no teníamos la confianza o quizá la fuerza para abrazarnos. Ante el temor de que pudiéramos desintegrarnos o de que de la nada comenzáramos a gritarnos, mejor fuimos cautelosas y con timidez nos saludamos.

Que inicie otra aventura; que sea más grande y más gigante de lo que nunca he vivido, porque ahora sí estoy lista.