Inspiración

Medellín

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– Señorita, despierte. Ya llegamos y se tiene que bajar.

 

A penas y escucho esa tenue voz. Parte de mí no quiere creer que eso está ocurriendo. Me aferro a mi almohada y respiro hondo; ha llegado la hora.

– Ok… ok… no tardo.

 

El resto de los actos ocurrieron más o menos fluidos. Nada de contratiempos y pocas filas para pasar la inmigración.

Me subo a un taxi después de asegurarme que la tarifa ha quedado pactada y me desentiendo entre toda la vegetación. Me recibe un Medellín lleno de neblina y de oscurantismo. Se siente húmedo, denso y un poco frío… me voy alejando de lo conocido, me voy perdiendo.

 

Dan las 7am. No creo que sea una hora apropiada para llegar a tocar a casa de nadie, así que me bajo en el mero centro de la ciudad y comienzo a vagar con todo y mi mochila y mi maleta. La gente me pasa y me identifican como un extranjero, por más que intente ocultarlo ellos saben que yo no soy de aquí. Creo que me delatan el semblante ingenuo, el acento foráneo y el espíritu fatigado.

Me dejo guiar por la música. La ciudad suena y suena con una sabrosura que nunca antes experimenté. Me coloco en una banca para disponerme a disfrutar de esa bienvenida. De inmediato me toma por sorpresa un tufo alcoholizado… Su voz imploraba mi atención, en sus ojos pude ver el vacío y el dolor de un desaventurado.

 

– ¿Sabe usted que es lo que más duele loco?

 

Su nombre era Javier. En sus buenos tiempos solía ser un adicto a la bazuca, la marihuana, las pastillas y al alcohol. Para dar abasto a sus placeres mundanos sobrevivía dando clases de matemáticas en la facultad de Medellín. Él dice que su genialidad fue lo que ocasionó sus problemas, que él de lo único que había pecado era de sensible y enamorado. Dolores, era nombre de esa mítica mujer que le bailaba hasta el alba mientras él bebía y bebía. Entre el dictado de fracciones y las inyecciones, decía que ella era la que le devolvía el aire. Sus caderas eran amplias como las mujeres de Botero, dijo que eso la enamoró. Que al él no le interesaban las proporciones de ninguna modelo, él prefería que hubiera algo de carne para agarrar mientras se fajaban salvajemente.

 

Cuando Dolores quedó embarazada ya no quiso saber más de Javier. Dejó de llegar a la banca de su encuentro y ya no se le escuchó el taconeo en las veladas de baile. La perdió por completo, la dejó ir entre las brisas de las noches húmedas de verano. Él deambulaba perdido sin saber en dónde podría estar ella, sabiendo que cargaba en las entrañas a su hijo; ya con la sospecha de que jamás lo conocería.

 

Lloramos… lloramos porque era domingo y en la plaza no había nadie más que nos acompañara. Era sólo bachata lo que se escuchaba y se suponía que no sería triste, pero era inevitable. En medio de toda esa emoción, él cogió sin anuncio mi mano y la puso sobre su camisa.

 

– ¿Lo siente parce? Dígame por favor que lo siente…

 

Yo lo miré extrañada pero Javier seguía sosteniendo esa angustia que me impidió responderle. Indignado me soltó la mano y se abrió la camisa para mostrarme una herida justo en el corazón. Era la cicatriz de una apuñalada. De sorpresa me toma de nuevo, pero esta vez ya no me siento asqueada por su olor, al contrario, está vez sentí la herida dentro de mí.

 

– Imagine parce… ahora voy por la vida a corazón abierto.

 

Nos abrazamos… la música seguía sonando, el climax se acercaba.

 

– ¿Pero quién te hizo eso Javier?

 

Él decía que fue Dolores con sus manos santas, que esa mujer era una asesina. Que ocho meses después de que lo dejó, él se fue buscándola por toda la ciudad. Preguntó a su madre, a sus primas y hasta en la tienda en la que va al mandado; preguntó por ella a cuanto ser humano logró acercarse. Al fin, una noche alguien se apiadó y le dijo que podía encontrarla en el lote baldío junto a un kinder nuevo en la colonia centro. Él esa tarde se bañó y se perfumó para reencontrarse con su amor. Llevó con él un par de tragos con la intención de compartirlos; brindarían a la luz de la luna; se dirían “te amo” nuevamente…. Cuando al fin llegó ella le quedaba de espaldas. Contemplaba las llamas de fuego que salían de un basurero. Entre que lloraba y no… el fuego seguía contenido e hipnotizante. Ella debió reconocer la pestilencia de Javier; volteó… se miraron. Dolores no le devolvió la sonrisa, sólo le mostró el cuchillo en su mano que reflejaba por un lado la luna y por otro la sangre derramada.

 

– Lo siento parce… tenía que matar al condenado engendro; ese hijo suyo era la reencarnación del mismo demonio.

 

Pobre Javier; ir por la vida sin hijo y sin corazón. Pobre de todo aquel que se expone, que ama…

Pobre de mí, que no tenía ni idea que estaba a punto de encajarme una daga en el alma.