Poemas

Decapitada

Mujeres Tristes 36

Son las 5:45. La gente comienza a llegar a la plaza, yo sólo puedo observarlos desde la ventana del lugar donde me tienen cautiva.
En mi espalda quedaron tatuadas las marcas de las cuerdas con las que me han golpeado toda la noche. Aun retumban en mis oídos los gritos y los reproches de aquellos que vinieron a herirme antes de que llegara la hora de que al fin me ahorcaran.

La multitud afuera grita enfurecida mi nombre. Me acusan de haberles mentido, de haberles hecho daño. Me dicen que ya no puedo cantar porque no tengo la voz de un ruiseñor. Me dicen que ya no puedo soñar porque no valgo la pena. Me dicen que tengo que morir porque estoy condenada a mis adicciones y a mis manías.

Repiten a gritos que no puedo amar porque no se lo que eso significa. Me aseguran que no merezco que nadie me quiera porque no soy valiosa. Condenan mis últimos minutos en esta tierra de mortales a una profunda depresión y me piden que no intente nada porque nunca he sido bastante inteligente.

Me sacan de mi celda y con las manos esposadas me llevan a enfrentar el destino que ellos mismos eligieron para mí si preguntarme. Recuerdo a Jesús en su camino a la cruz, yo sé que en el fondo le he fallado y por eso le pido que me perdone. Yo no he sido valiente para enfrentar a los otros, yo no he sido agradecida como para ser un instrumento de paz, yo no he sido fuerte para decirle no a los otros cuando tuve la oportunidad de hacer algo para cambiar mi actitud apática.

Llegamos al quiosco donde han de quemarme viva. Los rostros de las personas comienzan a borrarse, sólo me quedan sus gritos. Frente a mí sólo hay un ángel.