Historias Cortas

Rue Galande

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Por un segundo sentí que podía delinear la rugosidad de sus paredes si cerraba los ojos. Me arrepentí de todo el arrebato y la juventud que derroché sobre esa alfombra; deseando revolcarme en su color carmín como una loca por última vez. Caminé despacio hacia la delicada madera que me separaba del balcón. Los vidrios eran tan débiles como la vista de mis ojos cansados que no daban para distinguir a los vecinos del otro edificio. No era su culpa mi falta de pulcredad, ni la poca idea que tenía sobre la cocina. Ellos se quedaban sostenidos en el viento deteniendo la lluvia y la nieve mientras yo hacía esfuerzos por escuchar.

A veces por puro gusto me paraba en la orilla del balcón y gritaba que este era mi hogar. Tenía que decirle al mundo que aquí viví una corta y fugaz alegría. Me adueñé de las calles, de la gente, de los olores. Me hice guardiana de la neblina y coleccioné centavos tirados en las estaciones del metro.

Mi sello personal nada tenía que ver con la Torre Eiffel; el Paris que viví nada tenía que ver con eso. Lo que mejor retrató mi personalidad era el Senna frente al café. Solía sentarme a solas con un libro y me obligaba a ver; era una mala costumbre beber a medio día e imaginar por donde pasaba la tubería pero no podía detenerme. Notre Dame era el lugar al miraba todas las mañana antes de salir a la uni. Verla me hacía sentir real a pesar de que todo lo otro fuera fantasioso.

De esos días en la ciudad luz sólo queda la sensación de desarraigo a la patria y la obscena necesidad de volver. Extraño el francés como nunca pensé que lo haría. A veces pienso que no volveré hablarlo jamás por temor a perder las últimas palabras que me quedan. Si vuelvo seré muda o moriré en esas tierras porque no tengo forma de regresar el tiempo.

Extraño caminar sin rumbo y perderme entre las calles. Aún en esos tiempos tenía miedo como buena mexicana de los vagos y los secuestros. Sin embargo me sentaba a oscuras con las ratas de la calle y les compartía de mi cigarro con tal de escuchar sus historias. Me arrepiento de no haberme vuelto inmortal, de hacerme omnipresente y seguir allá con todo lo que tengo aquí. Si hubiera sabido que el tiempo seguiría transcurriendo hubiera pintado más, regalado poesías en español malo en el metro, comprado la rebanada de queso que tanto añoré.

París como te guardo en el pecho. Me dan celos los otros que te frecuentan, los que se van pero no te ven. Las otras amantes que tienes encerradas en tus closets, la gente que no busca comprenderte. Insisto, hoy me haces tanta falta que eso me da fuerzas para terminar, para volver a verte aunque eso termine por matarme. Por un segundo sentí que estaba allí de nuevo. Que me acostaba en esa tina vieja y mirada el techo. No hay pobreza ni limitación que no se sienta como mera burguesía dentro de esa tina. Quedarme allí, pensarte. Sentir que eres una persona a quien puedo dedicarle poesías.