Vomito Mental

El Cassette

cassete

Todo fue culpa de ese casete. Empuje con ahínco la reja del jardín, estoy segura que era primavera porque aún no se podían tronar los gusanitos de las flores. El jardín se sentía tímido, joven como mis pisadas y mis sueños.

Los adultos estaban sentados en la terraza del otro lado. Sus voces eran distorsiones agudas de sus quejas y el miedo del cuero grabado con violencia bajo las rodillas. Yo jugaba a las escondidas con las sirenas imaginarias mientras volcaba las manecillas del reloj en espera de que fuera navidad para salir del escondite predilecto de mi abuelo. Las notas del piano antiguo ya no escucharon más ese año ni algún otro. La perfección de la vida se termino demasiado pronto; antes de saber que el fuego quema y que la edad no presta sabiduría.

De nuevo me encerré en la caja del piano y espere a que la marea se calmara. La furia de sus puños lastimó mis oídos más de lo que se imagina. Ahora reconozco a distancia el olor del cuero mojado contra la piel de un inocente. Mi pedestal se derrumbó junto con esos días en familia, ahora era cada quien por su parte.

Quería cumplir quince para ser grande, para hacer cosas sorprendentes y en la promesa de verdades me desprendí de la infancia. Desconocí a mis padres, su conducta irracional y la falta de valores. Dejé el coro de la iglesia, no hacía falta ir, nuestra situación incomodada a los otros feligreses.

Mi padre me aseguró que todo lo que necesitaba era tener edad para escuchar el casete y así que esperé. El odio encontró su oscura esquina y se alojó en mis pensamientos. El dolor de crecer condicionada a las respuestas, creer que la casa esta llena de fantasmas y mentiras; cuando para otros es tan simple caer en la categoría de normales.

Llegué a los quince. Nada de chambelanes ni pasteles con betunes de colores. El único festejo fue una cena apresurada y un regalo que no se me permitió abrir hasta que llegué a casa. Nadie pudo ver mis lágrimas de desilusión al darme cuenta que me habían timado; las respuestas no yacían dentro de la caja de madera. La vida no se simplificó, me defraudó la fantasía o la imaginación de un manipulador. La adolescencia fue turbulenta y escarbando las heridas me remonté en ese jardín diez años atrás.

Recordé lo mejor que pude a lo que olía la grama recién cortada. Mis sandalias creo que eran blancas. El pasillo me parecía inmenso, jugaba a no pisar las líneas que dividían el piso. No sabía cuantos años tendría al morir, pero estaba segura que lo tenía todo. Las corrientes de aire levantaron el último aliento de ese lluvia de oro. De haber sabido que ni el árbol era infinito hubiera reído con más fuerza, hubiera cantando alrededor a Doña Blanca sin sentir vergüenza. Hubiera disfrutada de ser una niña porque ahora no la encuentro y eso me duele más que no saber nada de ese casete.