Vomito Mental

El ladrón de morado

Hoy no fue un buen día. No esperas que a la hora de la comida entre un hombre a escondidas a tu casa, esas cosas no pasan en el mundo de la gente buena y menos a plena luz del sol.

Se llevan lo que pueden. De seguro ni era profesional. Aún me imagino sus dedos pegajosos revolviendo con angustia los libros de odontología sobre la mesa. La sala y el comedor huelen a desesperación; es como si los años de resección hubieran acabado con la economía y la moral de la gente. Los sueños son una paradoja, hay que pasar despierto 20 horas al día para remotamente alcanzar a completar la lista de pendientes.

La comida es cualquier cosa enlatada que te encuentres en la alacena y al final; el hijo de puta que se metió se llevó hasta el abre latas. Las cosas malas pasan en triadas y cuando vi que un extraño se coló por la puerta sabía que sería solo el inicio. Sobre las demás cosas tengo que guardar un poco la apariencia, es vivir sentada frente al reflejo de la desilusión humana y sus carencias. Permití y con esa cortesía me abofetearon en la otra mejilla. Me dieron ganas de dar menos, de flagelar toda esa apatía. De tirar una chuleta en el piso para ver si se arrastran los perros falderos que crié y que ahora voy a matar.

No me hace gracia la impuntualidad ni los malos modales. Los ojos blancos como lienzos frescos y sin candor me dan asco. Ya no he pintado desde hace tiempo por las náuseas que me da el vértigo que siento entre el vacío y yo. Me pregunto porque no se llevó eso también el intruso; que me dejara en paz o con algo de cambio para el parquímetro.

Se llevan el dinero y la dignidad se regala. Los valores son palabras nostálgicas y los ideales estandartes de guerra para voluntariosos modernos. Si tan solo cupieran en aquel saco los latidos de mi corazón, si un poema se fuera con él; lo más seguro es que me lo devolvería todo porque en verdad estoy agotada.