Historias Cortas

El Sueter Viejo

Mi mamá siempre me dice que limpie mi closet, que haga espacio para las cosas buenas de la vida.
Repasa los colores gastados de mis camisas, patea las chanclas que se han echo viejas en la espera de nuevas aventuras. Normalmente no me quejaría tanto de esa simple petición, pero siempre queda una cosa que conservas sólo por remordimiento: el sueter viejo.

Cada vez que se termina la temporada es la misma cantaleta. Los reproches y los jalones de pelos causados por mi desovedienza y las excusas que invento para quedarme con él so innecesarias, en el fondo es un objeto despreciable.

Me lo pruebo, eso que más da. Cada vez me queda más corto porque he crecido a pesar de lo mucho que me dolido hacerlo. Sus colores han perdido la calidez. Ya no hay corazón que se refleje en sus tejidos y el opaco deseo de la envidia a mis otros vestidos le ha carcomido el espíritu que una vez existió. Cansado ha sido el camino de descifrar sus posibles combinaciones, su carencia de forma y estilo han resultado evidentes.

Me miro con el sueter puesto una última vez. Ya no lo quiero. Las remembranzas de mi vida no requieren un amuleto de mal agüero ni de un buitre mensajero que vive acechando en la esquina de mi armario. Que desilusión… me tomó tiempo decidir que era momento para otros de disfrutarlo, personas con un toque más azul o melancólicos, personas que vean prioridades distintas a las mías reflejadas en sus prendas.

Me lo sacó. Como se saca un guerrero un arpón de batalla. Lo arrojo al piso como si se tratara de veneno para ratas. Abrazo a mi madre, no hace falta que le diga lo que siento ella conoce bien este sentimiento.