Historias Cortas

Adiós al tiempo

Sentí la urgencia de hablar con alguien; de contarle como me arranca las muelas el torturador por las noches. Construyo carreteras con las prominentes arrugas de mi rostro. Desvian los caminos el futuro y derriten las esperanzas. Me escondo dentro de un oscuro refugio para tornados sin alabanzas o riquezas; sólo un saco de huesos y el cráneo de un pensador de tercera.

Me siento sobre la cama con la idea de no despertarte. Respiras despacio y temo tu muerte. Te escondo los pies de los demonios para que no tengan como llevarte con ellos durante mi ausencia. Las persianas están a medio bajar y yo me pregunto si habrá algún número donde pueda llamar a los secuestradores y dejar que me lleven.

Desafié mis instintos y me fui sin que supieras. Surgió sobre mi piel la sospecha de que aquel extraño me persiguió a la cocina mientras iba por agua. Puedo escuchar sus pasos pisar mi sombra. Un sólo sonido que me enferma y me impide regresar a la cama por temor a que sepa en donde encontrarme.

Dejo caer el baso… el tiempo se congela y ahuya de dolor. El criminal tiene el descaro de dejar la evidencia sobre la mesa y no descubre por vergüenza su rostro. La sangre se revuelca entre los desperdicios de mi existencia y a mi me parece gracioso el numerito.
No llamaré a la policía porque pensarían que estoy loca. No mencionaré nada a mi madre que sabe de mis pesadillas ni a ti que por el momento descansas.

Dejo que se marche y se lleve con él el cuerpo del delito. No tengo ganas de seguir viendo al tiempo con una bala metida en los sesos y los senos de fuera. Mujeres promiscuas, quien las entiende… me resultan penosos los asesinatos pasionales y más los que victimizan mi sexo. Me quedo admirando la obra de arte de un completo amateur; de un criminal sin agallas que no puede prometerme la gloria.

Fotografía: DCaballero