Historias Cortas

Memorias de Cuba

Me sonrió con esa forma despreocupada para ahorrase un par de palabras. Tartamudeaba de forma insólita mientras buscaba en su vocabulario la coherencia requerida. Se agarraba los pantalones para evitar que se le cayeran y nosotros pensáramos que ese pobre infeliz no era un verdadero hombre.

Me dibujó en el aire una fantasía. Me habló de la mujer que llama su madre. Quien fuera esa dama que puede no existir, quien fuera ella si no una fotografía. Su voz flaquea mientras la describe, me pregunto si siempre dice lo mismo de ella. Si para cada turista su madre trabaja de locutora en Miami o si otras veces será enfermera o cabaretera.

Se acercó más y yo me di cuenta del obtuso símbolo, la lejanía de nuestras vidas y nuestro pobre entendimiento. Mi corazón no guarda en sí la compasión para quienes han vivido una miseria que no comprendo.

Con sus cansados pasos me construyó a una hija perdida. Un alma blanca que transita a solas las calles de la Habana. Una pequeña que creé conocer lo que significa una oportunidad, alguien que sospecha que existen otros colores y quizá otras formas de vida.

De mi mochila sólo salió una triste pasta dental que di en ofrenda de mi ignorancia. Una forma personal de deslindarme del hecho y fingir que quiero hacer las pases con el injusto demonio quien arrastra a ese pobre hombre con su andadera.

Mitómano, loco, vagabundo, buen hombre que jamás revelaste tu nombre para ver si rezamos por ti. Sé que navegas las calles buscando quien pueda escuchar tu historia, sé que vas en busca de otros que tengan más corazón. Alguien que pueda apreciar una lágrima verdadera.

Fotografía: Diego Caballero