Historias Cortas

Cluastrofobia

Reía. Celebraba alegre que hubiéramos regresado de esa recóndita isla donde dejé mis vestidos florales y lo que quedó de la pasta de dientes. No me traje los corales que recogí porque pensé que podrían hacerle falta alguien o que les daría nostalgia la lejanía del mar.

Dejé que otros cortaran el pastel porque no había espacio para esa última rebanada en mi corazón. Dejé de escuchar los sonidos, la música, mis propios pensamientos.

Me acerqué lo más que pude a la salida, no dejé que la flaca me abriera la puerta ni que me asustará con ese feo arpón que usa durante las festividades. Emprendí el camino, adentrarse en las garras de los sedantes y sus variantes me hizo pensar que el cerebro se derretiría mientras caminaba por el frío mármol del mortuorio.

Excavaron con sus palas un par de horas mientras me amarraron en posición. Me informaron que mi madre no vendría y que mi ADN se borraría de la tierra hasta que olvidara por completo quien soy.

Me sepultaron en medio del llanto esas almas insensibles, no píldoras, no sueros, no visitas o palabras de aliento. Se enmascararon antes de que pudiera verlas a los ojos y demostrarles mi desprecio. Cada una de sus punzadas era una nueva navaja encajada en mi pecho y sus preguntas técnicas las jeringas que hicieron explotar mis venas del brazo izquierdo.

La soledad y el frío me calcinó. Vi los cuadros de césped acomodarse sobre mi cabeza. Se fueron acabando el oxígeno y oscureciendo mi juicio, perdí el sentido del ser en ese pasillo.

Claustrofobia, la falta del espacio vital para estirar las alas. Estaba segura que Dios no me encontraría en ese lugar, que me dejaría a pudrirme a mi suerte si no hacía algo al respecto.

Las corrientes del pesar me empujaron por esos solitarios pasillos. Lo único que vi con claridad fue mi tumba desde el fondo. Las luces se alejaron de mi y supe entonces que no habría túnel al final de este camino. El diablo me miro a los ojos y afiló los cuchillos; subió su tapabocas y me despidió aumentando los gases alucinógenos. El fuego de sus ojos fueron las bofetadas que terminaron con el dolor de esta pronunciada muerte que ahora aprieta fuertemente mi pecho contra el tórax.

Ese demonio que no me permite llorar o reír, que me ha quitado el aliento con cada suspiro. El verdadero Satanás que dejará que mejore lentamente mientras intento encontrar la salida de este purgatorio.