Fotografias, Poemas

La Carnicería

Me esperaron con reloj en mano para empezar a comer.
Cuando abrí la puerta sabía que era demasiado tarde y no habría manera de salvarme de mi castigo.

El ruido de las llaves me delató o quizá fue el sonido de mis temblorosos tacones, el perfume natural de mi pelo sobre mis hombros.

Me esperaron pacientes a que abriera la puerta, soy una mujer de palabra y no huiré por más miedo que tenga.

Me acompañaron hasta el calabozo que tenían preparado para la tortura, un lugar lleno de cierras eléctricas y torsos de vacas colgadas que se desangraban de forma perversa sobre el frío piso de cemento.
Sentí lastima por esos pedazos de carne, no faltaba mucho para que yo formara parte de su culto.
Un silencio morbosos que haría que otros me saborearan suculenta como una chuleta de primera. Previamente me disculpo por el sabor de mi carne, siempre he sido una mulata de tercera y esas cosas nunca se esconden bien para el paladar. Así como una gata mojada por un carro que se encuentra un charco en su camino, así he sido marcada con la terrible maldición del vagabundo.

El camino de la puerta a mi destino no duró mucho. Como un bolado se decidió la cosa, como irrelevante se tomó mi vida y a manos de un carnicero he de terminarla. Espero de menos servir de entremés, un suculento bife que puedan degustar la realeza y sus acompañantes. Que de algo sirvan todos estos años y el sufrimiento, que no sea todo tan pasajero como mi forma humana.

Tomé mi lugar, el jefe del grupo tomó su hacha más filosa. Me miró con emoción, la única vez que sentí que alguien estaba orgulloso de mi. La piel se me enchinó y sentí mis bragas mojarse un poco por toda la pasión que se desató. Si me hubieran dado permiso me hubiera masturbado una última vez.

Suspiré, dejé ir todo. Conté hasta 3.

3, 2, 1…