Historias Cortas

En ese momento te vi.

En ese momento te vi, no eras tú. Esa ira, ese rencor, esas mentiras; no eras tú. El diminuto apartamento, la acalorada discusión; el estar frente a ti y no reconocerte. Creé un monstruo y ahora no sé como detenerte. Los ojos de tu madre decepcionada, cansada de tus drogas, de tus planes sin futuro, el francés incompresible para mis oídos y sin embargo tú. ¿Cómo puedo amarte? ¿Cómo puedo si quiera mirarte a los ojos si no te reconozco?

Vi como la golpeaste con toda tu furia. Vi como la agrediste y como lloraste pidiendo misericordia a dios. Nadie puede amarse a sí mismo si es capaz de algo así. Heme aquí, sin poder decir nada que haga detenerte, sin poder contener la respiración al ver su cara morada y sus brazos lastimados. ¡Cómo pudiste hacerlo!, ¡Cómo pudiste! Yo te amo te lo juro. Yo creí que estaban bien tus mentiras, que estaba bien hacer lo que hacíamos pero hoy me doy cuenta que solo te hice daño…

Me quedo callada, sólo observo tus manos llenas de sangre, sangre de tu madre, de la única mujer que te amará sin importar que pase. Eres su único hijo y yo no puedo darle una explicación a tu actitud mas que las drogas. No puedo mirarla a la cara porque la vergüenza no es suficiente para excusar tus actos. ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Por qué me haces esto a mí?!

No me pidas que te perdone porque no sé como podré olvidar las lágrimas de esa mujer que me abrió las puertas de su hogar. Que me abrió su alma y me hizo sentir como una hija más, mientras tú y yo hacíamos de las nuestras en tu cuarto.

No tengo a donde ir esa es la verdad. Ruego a dios que nadie me haga preguntas de lo que ha sucedido esta noche. Te advierto que no te quiero más en mi casa, que no te quiero más en mi vida. Me duele… me duele verla así. Me duele verte a los ojos y me duele más aun que me digas que ella no entiende. Aquí los únicos que no entendemos nada somos tú y yo porque nadie puede ser capaz de golpear a su propia madre.

Sebastián; ¿en quién te has convertido? Dímelo tú, porque yo ya no puedo seguir respondiendo por ti. Ya no es la edad el problema, ya no es el tiempo, ya ni si quiera es cuestión de amor; sabes que siempre soy sincera; pero hoy, al verla golpeada me doy cuenta que no puedo estar contigo. Si eres capaz de levantarle la mano a la mujer que te dio la vida que puedo esperar de lo nuestro, que puedo esperar de ti. En el fondo te agradezco que esa mujer no tendré que ser yo.