Isla Blanca

De entre la quietud del mar apareció como un tremendo fuego aquel volcán.

Sus humaredas hacían señas de rescate a la barca que tomé para llegar a nuestro reencuentro.

A medida que me acercaba a él podía escuchar su voz y su cantar al oído. Habían pasado siglos de nuestro último encuentro. Casi no lo reconocí a lo lejos, pero él no perdió de vista nuestro camino. Con la suave brisa acarició mi piel y en ese instante supe que él me recordaba tal y como fuimos tiempo atrás.

Lloré inexplicablemente cuando me contó sobre su perpetua soledad y de su reconciliación con el destino que lo dejó allí para volverse su propia fuente de vida. Su voz tan tierna y familiar dejó un eco estruendoso en mi interior. Con un solo soplo ahuyentó los miedos y la lluvia. Lo miré justo en el ojo del cráter donde vi mi propia alma y supe que no éramos dos sino uno. Un lazo fraternal y complementario, implícito y puro; yo era el volcán. Yo era lava caliente, esa isla blanca de cal en soledad.

Por eso es que odio al tiempo y al viento.
Por eso es que temo a la velocidad, yo solo puedo aferrarme a la furia para que no se apague la flama que vive en mi.

Bendito regalo el venir y traerte estas lágrimas a pesar de las distancias y los mares que nos separan. Caminar y contarte sobre mis propios fracasos y triunfos. Apartados por el deseo de aventura, el también me miró complacido al saber que algo de él también se encontraba trotando el mundo en busca de más.

Que nunca olvidemos quienes somos y como llegamos hasta aquí. De polvo de estrellas y de arena seremos porque de eso son los ancestros y los sueños.

Adiós 2016

De acuerdo a mi calendario hoy es el último día del año; ciertamente estoy feliz de poner punto final al 2016 y seguir adelante hacia nuevos tiempos.

Este año me arriesgue y probé cosas nuevas. La mayoría de esas apuestas no surtieron efectos positivos; pero esos errores me permitieron ver que es lo que realmente quiero hacer con mi vida y finalmente fui valiente para dejar atrás lo que no tenía caso que me acompañara en mi nueva vida.

Las 16 lecciones que me dejó el 2016 son estas:

1. Se necesita fracasar para entender que es lo que en verdad se quiere.

2. Me queda claro que hay que elegir siempre el amor y no el dinero.

3. De ser posible apuesta por la libertad para que seas tú quien tengas las riendas de tu vida.

4. No sueltes los sueños en vano.

5. Lucha con la certeza de que siempre ganarás la batalla aunque no sea así.

6. Exprésate; no temas mostrarte vulnerable o transparente. Eso es de personas valientes y no débiles.

7. Recuerda que siempre hay gente a tu alrededor que te necesita.

8. Ya es hora de asumir responsabilidades.

9. Renuncia a lo que no sea para ti sin mirar atrás.

10. A veces un paso más es la diferencia entre lograr un imperio o caer.

11. Este año estuve tan ocupada que los días simplemente se fueron sin dejar rastro; que así no sea la vida porque se transforma en una neblina.

12. La mejor terapia es la que te da escuchar tu propio corazón.

13. Este fue el año en el que más valoré ser emprendedora y en el que a la mala reafirmé mi compromiso con este estilo de vida.

14. Este año no fui a un viaje por perseguir un sueño y otro por trabajo; podrán imaginarse cual me pesó más.

15. Vi con mis propios ojos la miseria que viven muchas personas en mi ciudad y eso me hizo reconocer mi fortuna.

16. Me hizo click algo que me dijo mi abuela Alicia antes de morir: La vida al final de los tiempos resume muy bien el camino de cada persona. Para la mayoría de la gente la vida es el día a día; levantarse, comer, ir a trabajar, tener hijos. Eso en el lecho de muerte eso no significa mucho, lo importante son los recuerdos de todos eso que fue extraordinario.

Con los brazos abiertos doy la bienvenida al 2017 que llega con nuevas aventuras, yo le prometo que le llega a una mujer más madura, más preparada y alguien que aunque sea a palos ha aprendido a escuchar su corazón.

Mi vida está cambiando

Mi vida está cambiando, puedo sentirlo.
Mis pies se están separando de la arena que antes los cobijaba.
Mi mirada hoy fue más dura que de costumbre,
no dejé que se asomara esa niña que solía ser.

Que fácil se olvida el mar y la libertad.
En ese muelle de nuevo añoré la simpleza del pasado,
los tiempos en los que no tenía idea de lo que era bueno o malo.
Pensé que eso solo le pasaba a las gaviotas que se enferman de locura por volar siempre en círculos.

Ya no hay palmeras danzantes entre mis sueños,
La realidad tiene una oscura forma de presentarse
Aún en medio de las fantasías más color de rosa.

Con respeto bajo la mira para no ver a los ojos sus demonios,
cuerpos dolidos de una soledad y una violencia que no tiene aún palabras que los describan.
Luego me abrazan y me voy tropezando con abrazos que no están rotos,
con personas llenas de entrega y de pasión por la vida.
Personas como yo, que entienden que la vida ya no será la misma después de estas luchas.

Las realidades que tenía tan bien divididas,
ahora se han entrelazado dejándome ver que el mundo siempre tuvo algo de amargo
y a aún así, a mí siempre me supo dulce.
Me ha confrontado una gratitud tan grande que no me cabe en el cuerpo
y ahora transito entre laberintos escapando minotauros, de esos demonios que no vi.

Puede sonar trillado, pero en efecto mi vida hoy es diferente:

Con casi treinta,
Con el amor conquistado y la cotidianidad sin terminar por aterrizar,
Con enemigos cegados por la envidia,
Con el alma expuesta sobre las manos,
Con un hermano nuevo llamado riesgo,
Con un poco más de certeza;

Así hoy. Con todo por delante.

Hoy es mi Cumple

Menos de una semana para cumplir los tan temidos 29… temidos porque cuando a penas tenía 20 años pensaba que llegar a los 30 significaba que había terminado mi juventud. Por un lado la expectativa de todo lo que tendría que tener o lograr me agobiaba inmensamente y a veces no sabía como podría convertirme en esa persona que sabía que quería ser.

Quería liberarme de los ideales sociales y las encomiadas familiares. Deseaba hacer mi propio camino, quería experimentar y equivocarme rápido; sentía que era la única forma en la que en verdad estaría viviendo. Me negaba a adoptar esos falsos modelos que me hacía añorar la perfección, que fuera un desastre, pero que fuera yo.

Heme aquí, justo a la orilla de ese instante y confieso que con menos miedo del que imaginé. El tiempo y la vida son muy relativos, porque aunque sabemos que estamos vivos, no es hasta que nos detenemos y contemplamos el ocaso que verdaderamente notamos lo que ha pasado. Los días que componen nuestra existencia no es lo que importa, si no hemos perdido o arriesgado, si no hemos amado y reído con todas nuestras fuerzas; entonces que pena si llegas a cincuenta años o a veinte… Aún habrá que buscar el tiempo para salir de esta burbuja.

Y bueno, ¿qué aprendí?

La gente no le pertenece a nadie, No tienes, ni tengo la responsabilidad de cargarte o aguantarte.
Elige siempre el amor, lo otro pasa.
Busca incansable el sentido de TU vida.
Ten sueños y todos los días despierta para hacer algo que te acerque a ellos.
Rétate, no hay nada peor que estar aburrido de uno mismo.
Viaje.
La medida del éxito tiene que ver con las acciones, no con lo material.
Ayuda a alguien, esa satisfacción te retribuirá infinitamente más.
Agradece lo bueno y sobretodo lo malo.

Puede sonar todo muy cliché, no me importa, 29 años lo ameritan.

Los voy a celebrar con júbilo,

con un nuevo trabajo que me encanta,
con una empresa que es mi orgullo,
con un corto sobre mi infancia,
con una nueva novela sobre las dificultades que me he enfrentado.
con mi compañero de vida.
con tranquilidad

La vida ciertamente no se termina a los casi 30 y agradezco que todo fuera como fue.

Aún cuando mi familia se haya separado brutalmente cuando a penas era una niña.
Aún cuando mi abuela muriera antes de ir juntas a Europa como siempre planeamos.
Aún cuando sufriera porque era rara y nunca encajé…
Aún cuando dentro de mi hubo ira y dolor…

Porque sin ninguna de esas cosas no sería esta mujer y si de algo estoy segura, es que no hay nadie más en todo el mundo que preferiría ser.

La Envidia

El fenómeno de “no alegrarnos por los demás” siempre me ha llamado la atención.
Y puedo decir que lo desarrollamos desde nuestra infancia. Lo vivimos cuando tenemos la compañera que viene a clases con todo el kit de Hello Kitty, y las demás apenas y teníamos una caja de colores. Obvio, desde allí sembramos esa semilla de “maldita, yo quisiera”. Luego vienen cosas más complejas, como desear el trabajo de otro o simplemente desear que al compañero que le va bien, le vaya mal.

Esa semilla de envidia, crece dentro de nosotros y más tarde nos impide trabajar en equipo y nos llena de rencor que poco a poco nos aleja de los demás. Las personas que verdaderamente saben colaborar y están comprometidas con su desarrollo, apuestan por el ganar-ganar y no añoran lo ajeno sino que construyen lo propio.

Los mexicanos contamos el chiste de los cangrejos que estaban en el fondo de un balde, queriendo todos salir de allí; pero que en lugar de ayudarse, cada vez que uno lograba casi alcanzar la cima, los demás lo jalaban hacia abajo nuevamente. Esto se debe a la estructura de una sociedad muy cerrada y a la falta de visión triunfadora. Todos queremos ser el jefe máximo y pensamos que para lograrlo tenemos que aplastar a los demás; desearle el mal a esa persona que tiene más ideas o más cosas que nosotros.

Dicen los investigadores que esto se llama el “fenómeno de la casa llena”. Un lugar en donde los roles están tan marcados que sólo un puñado muy selecto alcanzarán la fama y la fortuna que todos deseamos. Esa sensación de incapacidad para lograr lo que anhelamos, nos ha vuelto un país de envidiosos y de seres poco productivos y muy reactivos.

No puedo decir que jamás he sentido envidia, al contrario, sí me ha pasado. Y ese sentimiento siempre me hacía sentir mal. Entonces me di cuenta que podía cambiar esa envidia o cualquier sentimiento negativo que pasara por mi mente, simplemente respirando y haciendo conciencia de que ese pensamiento me hacía daño. La realidad es que no me agrada el fracaso de otros porque eso conlleva a una sociedad mediocre. La verdad es que entre más ecosistemas de personas creativas, felices y realizadas logremos; mucho más rápido erradicaremos cualquier tipo de sentimientos negativos.

Hay que ser agradecidos. Hay que dejar de compararnos con otros, porque tampoco la vida de los demás es perfecta. Si llego a sentir que merezco más, tendré que luchar más y hacer todo lo posible para lograr superar mis propios horizontes. Intentemos cambiar nuestro enfoque negativo por uno positivo. Así, en lugar de envidiar, nos motivaremos a seguir adelante porque veremos a otras personas lograr lo que nosotros también queremos.

Mi recomendación es que aprendamos a trabajar en equipos; que hagamos alianzas estratégicas, que tengamos objetivos y metas claras. Para triunfar se necesita conocimiento, perseverancia y ante todo, humildad para dejar las pretensiones y los sentimientos negativos. Una persona feliz es una persona productiva.

Saludos

A

Andar

Hoy caminé por esta ciudad, como hace tiempo que no lo hacía.

Por las calles me topé con seres de todos los colores, ya no era sólo yo, la gris y la morada. Ya no era sólo yo la que añoraba ser encontrada para derribarle la soledad.

Sentía coraje y sentía dolor, pero igual anduve.
Sentía alegría y sentía esperanza, así que seguí.

Me perdí entre los cruces de las esquinas y encontré almas más desdichadas que la mía. Me topé con niños que apenas comienzan su vida y ven con ojos grandes a los extraños. Escuché como con trabajo respiraban los árboles en el camellón. Cada vez más conquistados por el hombre y por los autos, como si esta ciudad fuera de las máquinas y no de nosotros.

El cielo era el único lugar sin dueño. Todas las banquetas tenían los conos de apartado que pone cada “vieneviene”. Era la lucha por buscar en dónde colocamos todo eso que no necesitamos y, cómo olvidamos que tenemos piernas y que tenemos brazos.

Tenía ganas de encontrar a mil personas del pasado, así, casualmente y saludarlas como si hubiera sido ayer nuestra última conversa. Quería ver a los muertos y preguntarles cómo es el cielo o el infierno, para ver si me rebelo y mejor comienzo a creer en las reencarnaciones.

Pisando las cosas malas que a veces nos pasan, iba camino a casa, a resguardarme de la vida que a veces te golpea y no te deja. Pensaba en liberarme de las cosas cotidianas que me atan, como la esclavitud al teléfono y a todas las telecomunicaciones que me enferman pues en lugar de conectarnos con la gente, nos desconectan. Deseé quitarme esa fobia a quedarnos sin internet y sin saber cómo le haremos para subir una foto del atardecer que ni siquiera hemos disfrutado pero queremos compartirlo de inmediato. Y me dio hasta risa. Me alegré de aún tener idea en dónde estaba mi corazón y mis sueños.

Quería confrontar a mis enemigos, preguntarles por qué me odian y pedirles que me perdonen si les hice mal. Quería que nos gritáramos y que luego recordáramos como era todo antes de que fuéramos adultos. Quería abrazar a un amigo, pero en ese momento no tenía ninguno… Quería amar, así que de nueva cuenta me reconcilié conmigo.

Anduve perdida por las calles de esta ciudad creada para los autos.

Anduve y de tanto andar me salieron alas.

Anduve para encontrarme y así fue.

Un poco más de tiempo por favor…

Es curioso cómo se desencadena la vida. No hay reglas; tal parece que la moral es como un termómetro descompuesto que a veces marca qué está bien y qué está mal; pero en la mayoría de los cosas no hay una sola forma de ver las cosas.

A menudo me encuentro esperando, como que avanzo ocho mil veces más rápido que las otras personas. O quizá es que las decisiones importantes la gente se las guarda para después, y eso, admito que me enloquece porque yo siempre he sabido lo que quiero y no me hace falta esperar más. Creo que cuando no actúas de inmediato, las cosas pierden su sabor y su sentido hasta deteriorarse en la mente como algo desconocido y ajeno.

Entro en pánico cuando llego alguna parte y no sé quiénes son las personas que me esperan. Me pongo a revisar sus rostros y termino memorizando sus semblantes para no sentir que he perdido el control del tiempo. Camino entre las copas y los espejismos de otros, sin mirar para atrás porque algo que me prometí hace tiempo es que no añoraría lo que no puedo cambiar.

Hoy entiendo que no todo en la vida va a ser un 100% placentero y, que más me vale encontrar la forma de superarlo y no gastar demasiada energía luchando contra cosas que no puedo cambiar. Intento ser más paciente, ojo; no conformista. Nunca dejo mi lucha de lado y encuentro aunque sea a regañadientes la voluntad.

Hay esperanza, lo sé porque la he visto. La he experimentado en carne propia y estoy segura que aunque parezca locura, los sueños sí se cumplen.

Adulthood

Llegué a pensar que nada me importaba tanto. Era joven, supongo que eso influía. Pasaba las noches en vela y bailaba hasta que la música se difuminaba en el horizonte. Los párpados me alegaban y yo jamás les hice caso. Me aterraba perderme algo de la vida, desaparecer inesperadamente y no tener idea de los secretos que aguardaba las jóvenes noches de esos años de rebeldía.

Sentía que nada podía sucederme, que era inmortal. Había cierta prisa por crecer, por entender las cosas de las que hablaban los adultos. Nunca se me ocurrió pensar que muchos de ellos no dicen nada y sólo se miran molestos y decepcionados, como si otros tuvieran la culpa de ser el reflejo de todas esas cosas que no fueron.

Cuántas veces escuché esas mismas frases de madre preocupada, donde me aseguraron que para ser adulta tendría toda la vida, que mejor disfrutara ser niña y me fuera a jugar con mis muñecas. En lugar de eso me las ingenié para salirme de mi casa por la ventana y perder la inocencia con cuentos de a peso. De nada de eso me arrepiento, pero ahora no entiendo en dónde queda lugar para esa vida… o simplemente fue una de esas siete vidas que tuve.

Añoré varios días tener otro rostro, ser otra persona. Ser distinta me dolía y ya no sabía en dónde podía ocultarme. A mi padre lo busqué hasta que nos encontramos y me di cuenta de que no nos conocíamos, y que eso no era culpa de mi madre por dejarlo, era simplemente que fue más sencillo extrañarnos que conocernos. A mi madre le vi ir a trabajar mientras le hacía promesas de que encontraría la forma de hacerme la comida. Me volví extrañamente independiente, porque no quería herirla. Muchas veces me quedé contenida en la puerta de la entrada con ganas de pedirle que se quedara, pero no lo hice porque parte de mí sabía, que ella no podría con esa carga.

Lo abandoné todo y vine a esta ciudad a reinventarme. No quería decirle a nadie quién era y esperaba que nadie lo notara, porque es difícil explicar la ausencia. Desconocía tantas cosas del mundo, que por primera vez en muchos años extrañé el mar y rogué porque vinieran un par de olas a derretírseme en los pies.

Deambulé más de una vez por las calles esperando a que algo ocurriera. Total, no tenía miedo porque sentía que no había nada que perder. Eso no se siente bonito, y no creo que nadie deba sentirse así alguna vez. La vida no es cualquier cosa, y si al menos hay oportunidad de seguir aquí no deberíamos salir a retar al destino porque puede ser que en una de esas, sí lo perdamos todo. Cada vez el tiempo transcurrió más rápido. No sé si era mi culpa, si interiormente tenía prisa de llegar a alguna parte, pero así fue.

Heme aquí acostada repitiendo con gusto el pasado, pero ya sin heridas. Me siento completa y con el más grande temor de que todo se pueda fugar. Me atemoriza pensar que puedan venir a cobrarme los desdenes y las tonterías. Que ya no me imagino un día sin estos ojos, sin esta boca, sin el calor del sol junto a mí. Me da gusto que los años hayan pasado y que ya no me dé pena decir que no, o hablar con alguien y confrontarlo. Me alegra que ya no tengo que ocultar las cosas que me gustan, y que mi confianza en mí va creciendo lentamente. No me importa si aún no llego a la cima de la montaña, no es lo que quiero, quiero que de ahora en adelante el viaje sea un poco más lento para disfrutarlo con todo lo que tengo. Quiero irme deteniendo y mirar el horizonte en lugar de borrarlo, como cuando era más joven. Quiero hacerme vieja junto a la persona que amo y nuestro gato, haciendo un montón de tonterías para tener de que reírnos, y que de ahora en adelante, si recuerdo mi historia personal sienta satisfacción en lugar de abandono.

Ya se terminaron por fin los tiempos de añoranza. Puede que aún haya algo de incertidumbre, pero eso lo hace emocionante. Quiero cantar fuerte, y no me importa si los que me escuchan piensan que soy un tonta. Ya no voy a pedir perdón por las cosas que no me corresponden y voy a vivir. Voy a perseguir sueños tan locos que quizá tenga que regresar algún día en otra forma para cumplirlos, pero nada de eso me importa si un desierto de ojos amarillos me acompaña.

El imaginario

Después de un inimaginable terror pude mirar el cielo y fue cuando por fin comprendí todo. Sabía que estaba por terminar y que sólo me quedaban unos cuantos segundos porque así es esto siempre… Cuando al fin comprendes, abre los ojos y lo olvidas todo de nuevo.

Esa ansiedad que me incitaba a aferrarme a lo terrenal, a lo que en un momento tenía sentido, me jugó sucio y se escondió entre las sombras para sacarme un susto. Yo y mi ego, asegurándonos que teníamos que permanecer en control de una verdad que de la nada ya no me pertenecía.

Sentía que al arrojar los remos al mar me perdería en un viaje del que no podría volver ni aunque quisiera. Sentí miedo, porque de pronto me vi con tantas cosas que podía perder… Recordé las otras veces que también me sentí aterrada. Cuanto resentía la falta de realidad, esa vulnerabilidad absoluta de no saber si existes o si apenas y sabes cómo gatear.

Era deslumbrante ese amanecer. Ese renacer de la oscuridad que alguna vez sintió mi mente. Ahora corría, galopaba, intentaba con todo mi ser llegar hasta donde sabía que se encontraba mi mente, con otro cuerpo y con otras extremidades que me brotaron.

Mi cerebro se estremecía, pero de una forma divina y alegre de la cual se exprimían colores que pintaron los cielos. Me liberé, salí sin querer de esa cárcel propia a donde incluso intenté llevar a quien me amaba con todas sus fuerzas. Porque a veces hacemos eso, nos jalamos en lugar de empujarnos para poder respirar. Nada tiene que ver el espacio en los sentimientos, se pueden estar cruzando universos y fronteras pero nunca separaremos dos almas que se han encontrado.

Lo demás fue todavía más disparatado, porque ahora en medio de esa playa virgen sólo caminábamos los dos. Entre las olas y arena había una cama del tamaño perfecto para nosotros, en donde nos recostamos y miramos el cielo que nos habló. Ya no éramos sólo tú y yo, ya no éramos sólo este cuerpo material; era la perfecta explicación para alguien que sabe qué se siente estar flotando en el espacio.

Nuestros ojos eran las ventanas ideales para esos movimientos cadenciosos de las nubes que creamos para decirnos en toda la expresión de la palabra: TE AMO.

Era feliz, era inmensamente feliz de saber que esto estaba pasando aunque no lo entendiera. Adueñarme de la confianza que sabía que llevaba dentro, para conquistar todas esas fronteras que plantaron en mi cerebro cuando era niña. Ya no tenía que ser esos miedos de mi madre o de mi padre, ya no era esas frases hechas por mis abuelos, ni lo que la sociedad quería de mí. Era yo, una hija rebelde, alguien que estaba mal y en el mismo sentido estaba bien. Amelia… ese era mi nombre y el mar lo gritaba.

Me sentía tan valiente que aprendí a caminar. Mi ego se fue y admití en voz alta que extrañaba a mis ancestros y a mis antecesores. Esperaba con ansias reunirme con los astros y volverme polvo, aunque no entendiera nada de eso.

Amaba. Con los dedos cursaba las imaginarias montañas del horizonte. Cantaba con júbilo una canción que le dediqué a la vida y, sólo me abracé de él, como si el mundo pudiera acabarse en ese momento… Lo único que terminó pasando fue el sentimiento, fueron las visiones; los brincos que da el estómago cuando siente que está por subir la culebra y ataca el veneno de la mente. Era como si de ahora en adelante lo fuera a hacer una vez cada tanto para recordar cómo nacimos y moriremos algún día.

Cuando desperté ya no éramos los mismos, aunque nos costara trabajo acoplarnos, ya no éramos esos individuos de la noche pasada. Eso que vivimos nos unió en una completa gratitud.

La Princesa

Luna era una princesa que todo lo tenía. Una de esas de cuentos de hadas, con caireles rubios. Sus ojos eran del color del alma y su piel de porcelana; pecas cubrían sus hombros y la adornaba una sonrisa maravillosa. Luna era un tesoro oculto dentro de una torre arrumbada en el fin del mundo donde todo era oscuridad.

Sus noches eran largas y sus pesadillas densas. Las estrellas no le alcanzaban al alba para despejar las nubes del pasado. Abandonada a su suerte por un rey y una reina que no sabía si regresarían de su misión en las frías tierras de Neptuno.

Ella miraba por la ventana del faro. esperando noticias de sus queridos padres. Nunca pasaba nada, pero ella igual subía y se ponía a escuchar el mar. Si al menos no regresaban, podía entonar la melodía que le susurraba.

Una de esas veces, después de muchos años, llegó una gaviota con malas noticias: su padre había enloquecido al perder a su madre en medio de un laberinto. A la reina se le escuchó gritar por un par de días, pero después su voz se apagó y ahora es el silencio el que reina en esas tierras de melancolía.

El rey, se había vuelto un vagabundo que quería regalar las joyas de la corona a un grupo de hienas y les decía que nada valía su vida; que nada valía la pena. La joven princesa se sintió herida. ¿Cómo aquél hombre aseguraba que no valía nada, si allí estaba ella esperándolo?

A falta de abrazos y cuentos para dormir, la niña se acurrucó entre dolores y espejismos del pasado. Sufrió la muerte de un padre y de una madre, hasta que creció y ese dolor se convirtió en odio. Odio porque era injusto que ella, no había tenido nunca lo más importante que era el amor.

El castillo se volvió un lugar lúgubre y escabroso. Se perdieron los días y los años debajo de los anticuados muebles. Su piel se tornó dura por culpa de la oscuridad y sus ojos perdieron la inocencia para construirle una muralla. Sobre ese muro fue edificando su persona, cubierta en lamentos y reproches. Torres inmensas de ladrillos y ladrillos que terminaron uniendo esa construcción con el laberinto aquel del que venía huyendo. Tan perdida como esos monarcas, tan sola como cada loco…

Sin ver el sol, sin conocer el mundo exterior, se topó un día con la parte más ancha del muro. Le llamó la atención porque tenía grietas porosas como si fuera el mar que las había carcomido. Al pensar en eso le vinieron recuerdos de cuando vivía cerca del mar y escuchaba como tronaban las olas. Olió la sal en cada roca y acercó su rostro para sentir el contacto entre su piel y el mar que tanto había extrañado. Lloró, porque del todo esa imagen era pasajera. Esa no era la libertad, ese no era el amor.

Mientras corrían de su rostro las lágrimas, sintió que había escuchado un quejido del otro lado. Su corazón revivió al pensar que podía ser su madre o su padre, cualquier persona dispuesta a escuchar su tragedia y a ofrecerle un abrazo. Se paró. Se limpió el rostro y respiró tan profundo que en su interior sintió que era capaz de todo.

Con el peso de su cuerpo y el de todos los planetas que le habían regalado su piedad, ella empujó y empujó. Al primer intentó cayó al piso. Notó que se había raspado las rodillas, pero se limpió con un poco de saliva y siguió. Al segundo intento nada ocurrió; el quejido parecía alejarse y sintió ganas de dejarlo ir. Molesta se alejó también. Se regañó por haberse permitido una ilusión, ella ya sabía que la vida siempre le daba su peor cara y que esta no sería la excepción.

Se quedó sentada, molesta y distante. Se quedó haciéndose más daño, pensando que jamás lograría nada. Le vinieron a la mente muchas razones para rendirse; peleas del pasado y reproches tontos y juveniles. Esa ira sin embargo le reveló que también habían tenido tiempos mejores. Que no muy atrás se habían abrazado y habían sido una familia. Repasó pasajes ocultos y se vio capaz de seguir viviendo a pesar de todo. Sus padres habían creado una princesa que estaba lista para reinar su propia vida. Una mujer que sería capaz de derribar muros y de seguir adelante; de amar y de formar algún día su propia familia.

Esa princesa vio brillar algo en su interior que le dio el poder que requería para empujar esas paredes. Con cada centímetro que la pared se movía, su cuerpo entero se estremecía y siguió luchando hasta que se derrumbó, creando una nube de polvo que le impidió mirar de inmediato.

Se disipó la polvareda. Apareció otro mundo; era el paraíso. Sí, aún estaba sola y sí, aún estaba algo triste pero estaba en calma y se sentía segura fuera de su fortaleza de roca; era el momento de respirar y aprender de memoria el aroma de las flores. Quería correr por los interminables pastizales y cantar a todo pulmón pues sabía que al fin había comprendido que por más lejos que pudieran estar el rey y la reina; ellos siempre estaría con ella, dentro de ella. 

Estamos Locas

Supongo que todas pasamos por esos días en donde odias tu cuerpo y darías todo por ser tres tallas más delgada o simplemente te preguntas por qué fregados te comiste ese chocolate en lugar de la manzana que estaba en el refri. A mi me dan ganas de castigarme y busco la forma de torturarme hasta que termino olvidando el delicioso sabor de aquel chocolate.

Me imagino que ustedes también desearían que la gente que no tiene interés en seguir adelante con cualquier tipo de relación se los dijera y les ahorrara el tiempo y energía que toma perseguirlos. Con eso de que ahora hay whatsapp, mail y múltiples perfiles de redes sociales, una no sabe si es idiota o perseverante.

Todas tenemos de esos días en que no sabes a dónde se fueron las horas. Ya es de noche y pareciera que aún quedan miles de cosas por hacer y que no tienes ni idea de cuándo se avecina un descanso como dios manda.

Odio el silencio repentino que viene acompañado de la apatía y el desgane. Una reunión en pareja, en la cama sin decirnos nada, mientras yo veo cómo le hago para quitarme ese mal humor que no tiene sentido. No sé a qué se deba, pero hay algo que me enoja y me pone rabiosa y, a veces ni idea de cómo explicarle al pobre qué es lo que me pasa.

Sí… creo que todas las mujeres algo tenemos de locas y espero que eso, más que miedo, se les haga adorable. En caso de que no, tendremos que hacernos a la idea de estar solas o esforzarnos por comunicarnos mejor.

A veces no entiendo por qué simplemente no fuimos todas bellas e inteligentes y punto. Por qué  tanto maldito estrés y esfuerzo para estar en forma, ver si subimos en la escalera profesional y de paso pensar en los años mejores para tener hijos. Son demasiadas responsabilidades y además de eso, tenemos que ingeniárnoslas para pasar por seres cuerdos que no van a degollar a su pareja o a su mamá.

Y me atrevo a escribir esto porque creo que el primer paso hacia el cambio es aceptar lo que una tiene de malo. No es que ya mañana no voy hacer rabietas de nada, ni a no encapricharme con una bolsa o unos zapatos para los que no me alcanza la quincena. No… eso no va a pasar. Pero tengo fe, en que si al menos lo digo en voz alta, mis otras compatriotas no me dejarán mentir y dirán con cierto aire de dignidad que ellas también aceptan que las hormonas nos vuelven locas. Entonces podré respirar más a gusto.

Nada se gana ocultando la verdad y no quiero que alguien crea que mi vida es perfecta porque se llevaría una terrible decepción. Tengo los mismos miedos y las mismas dudas que cualquiera, lo diferente de mi fortuna es que siempre he sabido que quien me acompaña en este camino, me tiene bien agarrada de la mano y no me suelta.

Me encanta ser mujer. Es difícil, pero cómo podría renunciar a eso si me encantan tanto los labiales y los tacones… Entiendo bien que todo representa sacrificio y que hasta las más bonitas del mundo, seguro sienten que algo les hace falta. Por eso me quedo con la inteligencia emocional que me permite amarme y aceptarme como soy. Total, todo lo demás pasa, pero esto que llevo adentro ¿quién me lo quita?